Otra migración que estremece

A lo largo de la historia humana la palabra éxodo ha tenido numerosos ejemplos, casi todos ellos teñidos de horror y con muertes masivas como corolario. Por cierto que los ha habido también menos manifiestos en su cuota de espanto, pero por su misma naturaleza los recordados son los que causaron más dolor.
La modernidad no es ajena, ni mucho menos, a los movimientos multitudinarios que abandonan todo en pos de una posibilidad de vida mejor, acorralados por la miseria o la barbarie, que suelen ir juntas. Basta con apelar a la actualidad para ver ese doloroso tránsito de habitantes de países africanos en busca de una tierra en donde tengan un mínimo mejor pasar; en esa triste aventura miles de hombres, mujeres y niños han sido tragados por las aguas del mar Mediterráneo. Y la tragedia continúa, con el agravante de una cada vez mayor falta de solidaridad en los países que podrían recibirlos. Lamentablemente las posturas fascistas crecen frente a la diversidad de culturas y el distinto color de piel.
Por estos días uno de esos mismos movimientos ocurre en nuestra América. Corridos por la miseria y la desesperanza miles de centroamericanos pobres han hecho que su brújula personal apunte al norte. El éxodo se inició en la paupérrima Honduras, a través de una caravana que creció a lo largo de su recorrido y fue incorporando desheredados de los países que atravesaba. Honduras fue el primer país latinoamericano en donde se ensayó un golpe de Estado palaciego que derrocó a un presidente electo “populista” y contó con el inmediato apoyo de EE.UU. La experiencia se repetiría en Paraguay y más tarde en Brasil.
En el reino animal las migraciones son producto de un instinto que acaso la ciencia no ha determinado del todo; en el caso de los hondureños que marchan como pueden hacia la meca estadounidense las causas son perfectamente conocidas: sistemas de gobierno insensibles y sociedades castigadas por una distribución extremadamente desigual de la riqueza. En Honduras los niveles sociales predominantes son los pobres y los muy pobres.
Si a la elocuencia de las imágenes televisivas se le agrega un mínimo de sensibilidad, estremece pensar en esa multitud que recorre a pie centenares de kilómetros bajo sol y lluvias, con hambre, pasando necesidades y viviendo en promiscuidad. Junto a los hombres caminan mujeres con bebés y niños de corta edad. Movidos por la necesidad y la esperanza avanzan hacia una meta muy incierta.
En su afán de una vida mejor el anhelo que abrigan no está exento de gran ingenuidad. En el supuesto edén al que quieren llegar, Estados Unidos, su presidente dijo categóricamente que no los admitirá y calificó la situación como “emergencia nacional”. Con su habitual brutalidad y paranoia, increpó a los países vecinos por su “falta de acción” para con los caminantes. De paso -faltaba más- advirtió que entre ellos marchan también algunos terroristas de filiación árabe.
Uno de los portavoces de la caravana fue claro: “No somos criminales -dijo-, no somos terroristas, las únicas armas que traemos son las ganas de salir adelante y de proteger nuestras vidas”. Toda una síntesis del horror que están padeciendo.