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Otra promesa pulverizada

«Pobreza cero», la gran promesa de campaña de Mauricio Macri quedó pulverizada en el tercer año de su mandato. Otra pomposa declaración suya: «Quiero ser evaluado como presidente por la evolución de la pobreza», corrió igual suerte. Quizás por eso el jefe de gobierno mandó al frente a otros funcionarios para hablar del tema y se mantuvo bien alejado de cámaras y micrófonos.
Los últimos datos del Indec mostraron que prácticamente uno de cada tres argentinos vive en la pobreza: exactamente 12,9 millones de personas están en esa condición. El año pasado la pobreza aumentó 6,3 puntos para afectar al 32% de la población, en tanto la indigencia creció 1,9% para ubicarse en el 6,7%. Y estos datos escalofriantes podrían ser aún peores, pues corresponden a un promedio de los últimos seis meses. Sobre el final de 2018 los números se habrían agravado todavía más aunque no se hayan reflejado en el informe del organismo responsable de las estadísticas oficiales.
Otro dato impactante es la cantidad de compatriotas que el año pasado «cayó» en la pobreza desde la clase media: fueron 2,9 millones los que descendieron por debajo de esa línea ominosa.
A la hora de buscar razones de semejante desastre, los argentinos que prefieren pensar con su propia cabeza y mirar con sus propios ojos en lugar de atragantarse con las fake-news que derraman día a día los grandes medios porteños saben muy bien de qué se trata. Estos datos que le ponen números a la realidad no los sorprenden demasiado.
Una inflación que rozó el 48%, salarios que perdieron entre 10 y 20 puntos frente al alza de precios, permanentes cierres de fábricas y despidos de trabajadores al por mayor, aumento de la canasta alimentaria por encima del promedio inflacionario y las tarifas dolarizadas que saquean a las economías hogareñas conformaron un combo que en 2018 no hizo otra cosa que acelerar el deterioro de las condiciones de vida de las clases medias y humildes del país.
Esta es la consecuencia ineludible del programa económico del gobierno, profundizado por el acuerdo con el Fondo Monetario que aceleró la parálisis económica y el consecuente vaciamiento de los bolsillos populares. Un analista lo dijo con envidiable síntesis: «no son daños colaterales, son objetivos buscados», en obvia referencia al rumbo económico elegido por el macrismo que persiste en presentarlo como «el único camino posible». Semejante empecinamiento habla con crudeza de la falta de sensibilidad del gobierno frente al enorme sufrimiento que está imponiendo al grueso de la sociedad. La carencia absoluta de empatía con quienes la están pasando mal y cada vez peor es quizás el rasgo más saliente de este gobierno de clase, de ricos que gobiernan para ricos, sin importarle el altísimo costo social.
Neoliberalismo recargado, de paladar negro, que piensa únicamente en los intereses de una elite y utiliza una formidable maquinaria de propaganda para llevar a cabo sus objetivos. Por eso los medios de comunicación concentrados son corresponsables de este descalabro aunque en los últimos tiempos muchos de sus periodistas estrella hayan dejado de aplaudir y busquen desmarcarse de un gobierno cada vez más devaluado.