Otra prueba del mal uso del Atuel

Por diferentes causas -todas ellas valederas- el conflicto interprovincial por el río Atuel ha pasado a tener trascendencia en los medios, no sólo regionales sino también de todo el país. Posiblemente la noticia de mayor trascendencia en lo inmediato ha sido la actitud de la Corte Suprema en relación al comportamiento del subsecretario de Recursos Hídricos durante la reciente audiencia de conciliación. Como se recordará el funcionario estaba citado para declarar en ella pero, en una actitud incomprensible -e injustificable- se retiró sin ofrecer aviso, delegando su responsabilidad en una funcionaria de menor rango que, ciertamente, la pasó mal ante los requerimientos de los jueces.
Aquel desaire, como no podía ser de otra manera, cayó muy mal en el ánimo de la Corte, que se sintió agraviada en su jerarquía y por eso acaba de pedir explicaciones de semejante proceder a los estamentos ministeriales de los que depende el funcionario, con inusuales notas de reclamo. El episodio subraya la inconsistencia del Poder Ejecutivo en el tema, algo que La Pampa conocía y sufría desde hace mucho tiempo. Ahora resta esperar de qué forma concluirá este cortocircuito institucional.
Pero en cuanto a lo específico y central de los problemas que alimentan la controversia sobre el río, se ha producido una novedad de mucha trascendencia que, es de esperar, sea advertida y debidamente valorada tanto por los jueces nacionales como las autoridades pertinentes de la provincia. Es que nada menos que el Departamento de Irrigación mendocino acaba de informar la existencia de más de dos centenares de fincas que se riegan con aguas del Atuel y que se encuentran en estado de abandono total o con muy pequeños espacios de producción. La superficie en esas condiciones supera las veinte mil hectáreas. Según el informe oficial esa espectacular reducción de las áreas cultivadas en el oasis del sur mendocino se debe a la escasa rentabilidad económica que lleva a las parcelas a transformarse “en tierras blancas”.
Constituye una casualidad sugestiva que el dato haya sido dado a conocer con posterioridad a la audiencia pública de conciliación entre ambas provincias, donde hubiera constituido un elemento de juicio, además de empalmar con la aseveración pampeana de que cuando ha habido excesos de agua al menos una parte de ella se ha derivado a antiguos paleocauces y cañadones del río, sin utilidad alguna.
Más allá de las implicancias económicas del tema la noticia viene a dar mayor fundamento a uno de los principales argumentos que presentara nuestra provincia en sus reclamos sobre el río: Mendoza riega mal, con baja eficiencia en el uso del agua y esa forma de irrigación provoca el ascenso de sales desde el subsuelo que, además de complicar o arruinar los cultivos, justifican el calificativo de “tierras blancas” para esos terrenos.
La circunstancia, señalada desde hace mucho tiempo por los técnicos pampeanos, es claramente advertible al observar las imágenes de sensores remotos y respalda el planteo pampeano: con un riego adecuado sobraría agua como para derivar a nuestra provincia.