Otra vez bien lejos de la gente

Otra vez sucedió. Como el 25 de Mayo o el 20 de Junio, este 9 de Julio, Día de la Independencia, el gobierno nacional estuvo amurallado en un acto protocolar bien lejos de las multitudes populares que se convocaron para celebrar -y protestar- en otro lugar. Como si fueran dos términos excluyentes de una ecuación, en este caso no matemática sino política.
Desde el retorno de las instituciones democráticas que no se registra un fenómeno parecido. Con mayor o menor fervor popular, los gobiernos nacionales anteriores asumieron los actos patrios en tribunas públicas, con festejos, comidas tradicionales, altos niveles de participación de instituciones educativas, castrenses, sociales, tradicionalistas, desfiles nutridos con diversos protagonistas -según el paladar de cada gobernante-, pero todos ellos sin rehuir el contacto con la gente. El macrismo vino a romper con esa tradición y lo está haciendo con tal entusiasmo que resulta muy difícil de camuflar.
Lo ayuda en este trance el hecho, nada menor, de contar con una estructura de propaganda como nadie tuvo antes. El batallón de guardaespaldas mediáticos que protege al macrismo es la envidia de todos los gobernantes anteriores. Y se volvió a ver este lunes con la raquítica cobertura periodística que mereció el gran acto popular que tuvo lugar en Buenos Aires. Si bien no fue tan numeroso como el del 25 de Mayo, igualmente la concentración alcanzó una magnitud más que considerable. Si ese acto hubiera sido protagonizado por militantes del macrismo en apoyo al gobierno habría calentado las pantallas de todos los canales de la TV porteña y luego figurado en las tapas de los diarios con grandes fotografías.
Pero a pesar de ese gran aparato mediático, cada vez le resulta más arduo al macrismo disimular que la distancia geográfica con las mayorías populares es reflejo fiel de la distancia política. Cada vez más argentinos se atreven a expresar su decepción con el gobierno. Lo reflejan muy bien las encuestas de opinión, incluso las que realizan las consultoras más cercanas al oficialismo. Hoy muchos de los votantes de Cambiemos se animan a decir lo que hasta ayer ocultaban: que están peor, que sus perspectivas son malas y que se siente defraudados por un gobierno que prometió mucho y cumplió poco y nada.
En el acto que tuvo lugar en Buenos Aires estuvo muy presente -en los oradores y en las consignas del público- el nuevo acuerdo con el Fondo Monetario Internacional. No fue casualidad, la soberanía económica del país está otra vez en la picota con este nuevo desembarco de un organismo que los argentinos conocen muy bien. Cada intervención suya dejó secuelas difíciles de olvidar: empobrecimiento, aumento de la marginalidad, debilitamiento del Estado, incremento de la brecha entre ricos y pobres, etc. Y lo peor es que esas calamidades solo tienen un objetivo: no el desarrollo del país sino garantizar a los acreedores externos el cobro de la deuda que el propio gobierno llevó a niveles colosales.
Este fue el tema central que dividió aguas ayer entre las multitudes en la calle y el macrismo encerrado en la “Casita de Tucumán”.