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Otra vez emigración

En el campo de la ciencia la Argentina es un país con rasgos muy peculiares dentro del continente latinoamericano. La aceptación, en los centros científicos y tecnológicos más renombrados del mundo, de los especialistas de nuestra nacionalidad es una realidad bien conocida, y por ello muchos suelen migrar en busca de mejores horizontes.
Las dictaduras que asolaron el país mostraron su falta de visión estratégica pues no solo no impidieron la emigración de especialistas altamente capacitados sino que hasta la fomentaron y, en casos extremos, los persiguieron y hasta asesinaron. El colmo de esa necedad fue que algunas de aquellas mentes eran esenciales para un viejo sueño de los militares: el desarrollo de la tecnología nuclear y misilística.
Esas fuga de cerebros disminuyeron notablemente durante el gobierno anterior, e incluso la tendencia llegó a revertirse con el regreso al país de calificados científicos cuando ese objetivo se adoptó como política de Estado. Bajo el kirchnerismo se aplicó el programa Raíces que logró la repatriación de más de 1.500 investigadores de reconocida trayectoria. En cambio desde diciembre de 2015, aquella cifra se redujo drásticamente y, peor todavía, la tendencia comenzó a revertirse pues con el ajuste los becarios doctorales y posdoctorales del Conicet quedaron desamparados y con sus carreras truncadas. En apenas tres años de gobierno macrista aquel flujo positivo se invirtió y la emigración de científicos vuelve a imponerse.
Para las instituciones del exterior es un gran negocio recibir personal altamente capacitado sin invertir un centavo en su formación. En cambio para el país es una pérdida dolorosa y otro obstáculo al desarrollo. Las carreras científicas en la Argentina -según expresó uno de sus protagonistas- no ofrecen ninguna salida más que Ezeiza.