Otra vez represión

Parecían imágenes de la dictadura pero era una transmisión en vivo, en plena era macrista. Otra vez se descargó con fuerza la represión policial y otra vez las víctimas fueron trabajadores. Hoy los apaleados fueron los despedidos de Pepsico, como ayer los cooperativistas y trabajadores de la economía social, como anteayer los docentes y aún antes los aborígenes de Cushamen, Chubut, entre muchos otros casos menos conocidos.
El “diálogo” y el “consenso” que publicita el macrismo por su gigantesca cadena de medios oficialistas no es para todos. Si se trata de los grandes empresarios y banqueros no hay problema para dialogar y conceder todo lo que exigen: brutales aumentos tarifarios, quita de retenciones a las exportaciones, libertad para jugar a la bicicleta financiera sin controles, importaciones libres, cierre de fábricas y despidos en masa de miles de asalariados. En cambio si los interlocutores son trabajadores que piden que sus salarios no pierdan demasiado ante la inflación, o que no cierren sus fuentes de empleo, o desocupados que demandan trabajo y comida para sus merenderos, o aborígenes que reclaman por sus tierras la cosa es bien distinta y entonces el gobierno manda las tropas policiales, pertrechadas como para la guerra y el “diálogo” se reemplaza por palos, balas de goma, gases y camiones hidrantes para “convencer” por la fuerza. Después la prensa oficialista suavizará todo hablando de “desalojo” o de “incidentes”, evitando escrupulosamente la palabra “represión” que solo la reservan para Venezuela.
En el caso de Pepsico el cierre de la planta y los despidos se vuelven mucho más indignantes cuando se conoce que la empresa -una de las más grandes multinacionales de la alimentación- viene ganando fortunas en Argentina y aún así deja en la calle a seiscientos trabajadores para cambiar de lugar una planta y pasar a fabricar en Chile productos que elaboraba acá. La indiferencia del gobierno ante este estrago es patético y desnuda su ideología de clase que lo vuelve un socio de la elite económica y un gendarme dispuesto a aplicar toda la fuerza necesaria para reprimir a los perdedores de este modelo que es copia fiel del que impuso Martínez de Hoz bajo la dictadura militar y Domingo Cavallo bajo el menemismo. Y como ya se demostró con esas dos trágicas experiencias, el modelo no cierra sin represión.
El “cambio” en todo su esplendor.