Otro paro del sindicalismo opositor

CINCO CONTRA CRISTINA

La quinta huelga general convocada por las centrales obreras opositoras al gobierno de Cristina Fernández, no le impiden llegar al fin de su mandato con una alta valoración de la ciudadanía.
IRINA SANTESTEBAN
En la Argentina, casi todos los gobiernos democráticos tuvieron que enfrentar luchas obreras y paros generales. Quizás el más hostigado por el sindicalismo peronista fue Raúl Alfonsín, que soportó 13 paros generales y debió entregar anticipadamente el poder a Carlos Menem, en medio de una inflación de 3 dígitos, saqueos a supermercados y una espantosa crisis económica.
En ese momento, la CGT Azopardo, dirigida por el cervecero Saúl Ubaldini, levantaba un programa de 25 puntos, figurando en el primer lugar el no pago de la deuda externa. Entre otros reclamos, estaba la nacionalización del comercio exterior y de la banca financiera.
Lejos quedaron esos puntos, que aunque no eran tan combativos como los de Huerta Grande, La Falda, la CGT de los Argentinos y Sitrac-Sitram, a la luz de las reivindicaciones que hoy levanta la dirigencia sindical, parecen cuasi-revolucionarios.

Sindicalistas empresarios.
Muchos de esos dirigentes sindicales apoyaron luego al gobierno menemista, que no cumplió ninguno de los 25 puntos por los cuales se había luchado en los ´80, y entregó el patrimonio estatal, privatizó Aerolíneas Argentinas, Entel (la telefónica estatal), el Correo, la industria del acero (Somisa), los trenes, etcétera.
Entre esos dirigentes, un caso testigo es Gerardo Martínez, de la Uocra (construcción) que hoy es el representante sector obrero de la Argentina ante la OIT. Acusado de haber actuado como personal civil de inteligencia (PCI) durante la dictadura militar, se alinea con la CGT oficialista, que dirige Antonio Caló (UOM) y es número puesto para las comitivas oficiales a Ginebra, para los foros de la OIT.
Otros en cambio, como el camionero Hugo Moyano, tuvieron una posición más digna durante el neoliberalismo. Como integrante del Movimiento de Trabajadores Argentinos (MTA), participó junto a Víctor De Genaro, líder de la Central de Trabajadores (CTA), de históricas movilizaciones. En aquellos años, el interior también daba una dura pelea contra los ajustes del FMI y el desguace del Estado, con dirigentes como el “Perro” Santillán.

Aristocracia obrera.
Cristina Fernández suele decir que los que hoy paran son una especie de “aristocracia obrera”, porque reclaman contra el impuesto a las Ganancias, que se aplica a quienes tienen sueldos superiores a los 15.000 pesos. Si bien es cierto que ese reclamo afecta a un 10% de los trabajadores formales, es erróneo tildar a un obrero bien pago, como “aristócrata”.
Sin hacer comparaciones que no corresponden, la presidenta de la Nación, debería recordar que un ministro de Economía -Adalbert Krieger Vasena- del gobierno militar de Juan Carlos Onganía, se preguntaba cómo fue que los “obreros mejor pagos” habían protagonizado el Cordobazo. Y era así nomás, tanto los obreros de IKA (SMATA) como los de Luz y Fuerza, que dirigía Agustín Tosco, tenían buenos salarios, en relación a la situación económica de fines de los años ´60. Pero salieron a luchar por reivindicaciones económicas (las quitas zonales y el sábado inglés) y terminaron con una rebelión popular que puso fin al Onganiato.

Reclamos obreros.
Las banderas de las centrales que convocaron al paro son principalmente dos: el impuesto a las Ganancias y la devolución de los fondos de las obras sociales. Otros reclamos son: aumento de los haberes jubilatorios y del salario mínimo, vital y móvil, y el control de la inflación. Pero en este caso no hay una denuncia de los verdaderos responsables de la carestía de la vida, que son las 200 empresas formadoras de precios, la mayoría monopólicas y extranjeras.
Cuando Moyano rechaza el impuesto a las Ganancias sobre los salarios de los trabajadores, no plantea una reforma tributaria que ponga énfasis en gravar la renta financiera, o los sectores más concentrados.

Paro político.
Así lo calificó Hugo Yasky, secretario general de la CTA de los Trabajadores, que apoya al gobierno de Cristina Fernández. En realidad todos los paros son políticos, y eso no es en sí mismo un demérito. Lo que hay que preguntarse es: ¿hay motivos para hacer medidas de fuerza? Y en segundo lugar, ¿se justifica una quinta huelga nacional contra este gobierno y en este momento?
A juicio de quien escribe, las respuestas son afirmativa la primera y negativa la segunda. Porque motivos para luchar tienen de sobra los trabajadores argentinos, y así lo entendieron, por ejemplo, los aceiteros, que mantuvieron una huelga prolongada, por aumento salarial, parando la exportación de granos con perjuicios para las cerealeras, y también para el Estado. Pero su lucha era más que correcta, porque esas empresas tienen margen de sobra para otorgar mejoras salariales. Y finalmente se llegó a un acuerdo, por un porcentaje menor al reclamado, pero que se aumenta con una serie de adicionales que se pactaron con las patronales.
Lo mismo sucedió con los bancarios, que desde hace meses venían realizando paros, en un sector también muy beneficiado en los últimos años.
Que la mayoría de los salarios sean bajos, que un 34% de los trabajadores esté fuera del circuito formal, que no se modifique el régimen de Ganancias sobre los salarios, entre otros reclamos, ¿justifica una huelga general? ¿Está bien culpar al gobierno nacional de todos los males que sufren el pueblo y los trabajadores? Creemos que no, porque durante los gobiernos de 2003 a la fecha, se han recuperado muchas de las conquistas perdidas en los nefastos años de ajustes fondomonetaristas y políticas neoliberales.

A quién ayudas.
Cuando el movimiento obrero va a tomar una medida tan importante como un paro general, no puede aislarse del contexto en el que la realiza. Tiene que analizar muy bien, en la convocatoria, quiénes son sus amigos y sus enemigos, máxime si se está en medio de un período pre-electoral, donde todos los movimientos de los actores sociales y políticos tendrán influencia en los comicios.
Los dirigentes sindicales deben analizar “hacia qué molino están llevando el agua” de sus acciones. Porque si los candidatos de los partidos de la derecha, que prometen, si ganan las elecciones, ajustes y “achicar el gasto público”, se pronuncian a favor de la huelga, no es una buena señal para dicha medida.
Que el grupo Clarín, que no permite la actividad sindical entre sus trabajadores y que ha despedido a decenas de ellos, entre ellos delegados gremiales (como el abogado Pablo Llonto), les brinde a los sindicalistas opositores un amplio espacio en sus medios y canales, como nunca los tuvo ningún dirigente sindical, debería llamar a la reflexión a las bases sindicales.

Sindicalismo independiente.
A los gremialistas les gusta decir que son “independientes” de los partidos políticos, las patronales y el Estado. Pero muchos de ellos, por no decir la mayoría, tienen militancia política y alineamiento, sobre todo en tiempos electorales.
En realidad, más que independiente, los gremialistas tienen que ser representativos de sus bases, defensores de los derechos de sus afiliados y no dejarse llevar por los “cantos de sirena” de aquellos a los que no les importa en lo más mínimo el bienestar de los trabajadores.

Derrotar la burocracia.
La dirigencia burocrática se ha caracterizado siempre por acordar con las patronales a espaldas de los trabajadores que debería defender. Han priorizado negocios personales y familiares, que los ha llevado a convertirse en verdaderos empresarios. El reclamo de devolución de los fondos de las obras sociales tiene más que ver con esos negocios, que la defensa de un sistema que priorice la salud de los trabajadores.
Moyano es un ejemplo claro de sindicalista con intereses en empresas de transporte y de la basura. Gerónimo “Momo” Venegas tiene un stand todos los años en la exposición de la aristocrática Sociedad Rural, y es una infaltable presencia en la Expoagro de Clarín y La Nación. Su partido Fe ahora arregló con el PRO de Mauricio Macri.
Y Luis Barrionuevo, aquél que en épocas de Menem pronunció la famosa frase: “hay que dejar de robar durante dos años”, ahora se despachó, durante la jornada de paro de ayer, elogiando a los militares porque con ellos “se podía negociar”, cosa que supuestamente no puede hacer con el kirchnerismo. Hasta sus aliados salieron a repudiar esas declaraciones, de un dirigente que nunca reclamó por los miles de sindicalistas desaparecidos por la dictadura militar.

Izquierda perdida.
Detrás de estos impresentables dirigentes de la huelga de ayer, como furgón de cola marchan sectores troskistas. Fueron el “toque combativo” de una jornada que no tuvo siquiera un acto central, adonde quienes convocaban pudieran hablar y explicar, tanto a sus bases como a la ciudadanía toda, los objetivos del paro, sus principales reclamos y sus propuestas.
Cristina dijo en su discurso del 25 de mayo que si los dirigentes no cambian, habrá que cambiar a los dirigentes, en una versión más “aggiornada” de aquella famosa frase tan cara a los peronistas: “con los dirigentes a la cabeza o con la cabeza de los dirigentes”.
Lástima que los líderes sindicales que suelen rodearla, son muy parecidos a los que ella critica (y algunos hasta peores, como Martínez).
En realidad el cambio vendrá de la mano de las nuevas generaciones de trabajadores, quienes deberán asumir las tareas sindicales desechando estas prácticas burocráticas, los negocios personales, las traiciones a las bases. Deberán convertirse en una conducción que pelee honestamente, que promueva la participación y el debate democrático, y tome el ejemplo de dirigentes sindicales de nuestra historia reciente. Como Agustín Tosco, muy diferente a Barrionuevo, quien dejó a sus hijos el legado de su trabajo y de su lucha, ninguna fortuna ni cuantiosos bienes personales.