Paridad de género para las funciones electivas

Señor Director:
El gobierno nacional está empeñado en sacar ya la reforma electoral, que incluye el uso de la boleta electrónica, a cuyo objeto ha incluido en ese proyecto de ley el tema de la paridad de género para las funciones electivas.
Esto se debe a que la aprobación, que exige un número especial de votos favorables, se muestra dificultosa. La paridad de género, que es demanda de organizaciones femenina, puede acercar votos a la reforma de la ley electoral, que recibe muchas objeciones, incluso porque ahora existen motivos para dudar de la seguridad del sistema electrónico de votación.
La paridad de género consiste en modificar la ley actual, que asigna el treinta por ciento como mínimo para la mujer, estableciendo la proporción de 50 y 50%.
Esta propuesta también genera diferencias, incluso en el propio grupo de diputados del PRO. En efecto, el presidente de la Comisión de Asuntos Constitucionales de la cámara de Diputados, Pablo Tonelli, rechaza esta iniciativa porque, según expresó, “el mérito para ser diputado tiene que ser la capacidad y no el género”. También hay disidencias en las bancadas del FpV y del PJ. Y se ha escuchado decir que con el actual 30 por ciento ya hay más legisladoras, por encima de este porcentaje.
El argumento del mérito por capacidad impresiona bien, a pesar de que no se conoce cómo se mediría la capacidad. Se supone que Tonelli y quienes piensan como él saben que esta medición presenta dificultades. El sistema anterior, que no excluía a la mujer, no aseguraba tampoco que todos los elegidos resultarían ser buenos legisladores. Por el contrario, lo corriente es que haya un grupo líder y una mayoría de legisladores que se hacen presentes en las iniciativas porque acompañan con sus firmas todas las iniciativas con las que coinciden y para las cuales les es solicitado su apoyo. Algunas de las mediciones del trabajo legislativo siempre permiten saber que hay miembros de las cámaras que faltan con frecuencia, tanto en el trabajo de las comisiones como en las sesiones ordinarias. Y que también los hay que rara vez presentan iniciativas propias y poco nada se los escucha en los debates. Estos antecedentes no alientan a esperar que los partidos, en cuyo seno nacen o se formalizan las listas de precandidatos, hallen la manera de hacer una selección por mérito que resulte eficaz. Los partidos que con mayor frecuencia tienen posibilidad de contar con una representación numerosa, no dejan de lado a los legisladores que se han destacado ni a las personas que han sobresalido en el quehacer político o que reúnen merecimientos reconocidos, pero lo más habitual es que las disponibilidades no sean tantas y que se dé preferencia a sectores internos y aun a merecimientos desconocidos. Los políticos que llegan a instalarse bien en la memoria colectiva con frecuencia son los que se han distinguido desde la militancia y en cada uno de los cargos que ocuparon.
Como se aprecia, el criterio de elegir los candidatos según el mérito que se les reconoce en el partido o que son aceptados por la estructura partidaria porque se han mostrado valiosos en otros quehaceres que también llegan a conocimiento del votante, aparece como el más razonable, pero tropieza con la inexistencia es un meritómetro objetivo y confiable. Además, importa el hecho de que la presencia numerosa de la mujer en las cámaras sea cosa reciente y que una inmensa mayoría de las mujeres, si bien tiene derecho al voto desde 1947 y lo ejercita desde l951, ha seguido tropezando con dificultades para hacerse presente en la vida pública, porque el tema de la igualdad de opciones todavía tiene metas por alcanzar para que se establezca una igualdad efectiva.
Lo razonable puede parecer que este tema de la paridad o el mérito sean determinantes, merece un tratamiento separado y no que sea usado para facilitar la aprobación de otra ley, también compleja.
Atentamente:
Jotavé

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