Penurias laborales

En los últimos días los pampeanos brindamos algunos ejemplos que vinieron a corroborar lo que están mostrando las encuestas de opinión: el problema del empleo constituye la mayor preocupación de los argentinos.
Un aviso clasificado publicado en este diario para ofrecer dos puestos de trabajo reunió a decenas de mujeres que se agolparon en la recepción de un hotel de la ciudad: sesenta postulantes se hicieron presentes con sus respectivos currículums. Horas después, un emprendimiento industrial de la localidad de Arata que va iniciar en breve su actividad y requiere de quince trabajadores recibió el ofrecimiento de 120 interesados. La iniciativa, una planta procesadora de carne porcina, proyecta a futuro ampliar a cuarenta los puestos de trabajo, pero por el momento su oferta es de solo quince a pesar de la oleada de postulantes que desbordó toda previsión.
En tanto, días atrás se registró en La Adela el cierre de una planta salinera que significó la pérdida de quince empleos, una cifra muy difícil de recuperar en el corto plazo en esa localidad.
Mientras los funcionarios del gobierno nacional hablan todos los días por los medios oficialistas -los más grandes y de mayor audiencia del país- y tratan de convencernos sobre las bondades de sus medidas económicas, la realidad indica una cosa muy distinta. En nuestra provincia lo estamos padeciendo en carne propia con ejemplos como los citados que hablan a las claras del deterioro en materia de empleo a pesar de que se intente mostrar otra cosa. Lo mismo ocurre en el resto de las provincias argentinas en donde el cierre de industrias sigue a ritmo escalofriante impulsado por una apertura suicida de las importaciones y un sistema financiero que torna imposible el acceso al crédito.
Cada día resulta más evidente que el interés primordial de las políticas que viene desplegando el macrismo no apunta a beneficiar a quienes viven de un salario sino a los grandes grupos económicos concentrados, los únicos que vienen cosechando beneficios a manos llenas.

Muertes silenciadas
La discriminación, a la hora de informar, puede llegar a extremos nauseabundos. Bien se sabe que un atentado terrorista recibirá muy diferente tratamiento por parte de las grandes corporaciones de medios occidentales según el lugar en donde haya ocurrido. Veinte muertos en Londres o en París merecerán muchísima más atención y despliegue mediático que la misma cantidad de víctimas en Afganistán o Siria. Pero esa detestable manipulación no solo ocurre en el plano internacional. En nuestro país ocurre lo mismo y se puede ver con harta frecuencia. Los diarios, la radio y la TV porteñas no tratan de igual manera a las muertes ocurridas en las zonas más exclusivas de la Capital Federal o del norte del conurbano -especialmente si afectan a integrantes de las clases medias o altas- que las registradas en las villas o en los sectores más humildes del Gran Buenos Aires.
La espantosa muerte de cuatro niñas en el incendio de la modestísima casilla de madera que habitaban en un barrio precario del partido de Lanús pasó poco menos que desapercibida entre las informaciones del último fin de semana. Los diarios de mayor circulación no publicaron semejante noticia en sus tapas -sí lo hizo LA ARENA a pesar de no ser un medio de esa región- y tampoco la televisión brindó una cobertura acorde a la trascendencia del hecho. Si esa tragedia hubiera ocurrido en una de las zonas opulentas de la CABA y afectado a personas de otra condición social -a “gente como uno”- la prensa porteña estaría hablando semanas enteras, con informes, consultas a “expertos” y exigiendo “mayor seguridad”.
Las pequeñas, de tan corta edad, sufrieron el duro castigo de una vida de pobreza. Y ya muertas otro castigo no menos cruel: la indiferencia de un periodismo que valora a las personas por sus cuentas bancarias.