Pequeñas tragedias del existir contemporáneo

Señor Director:
Al ver en el calendario que el día de hoy está marcado en rojo me dije que el tiempo también me cambia.
Sucede que durante mucho tiempo de mi quehacer periodístico, iniciado “aquí mismo y hace tiempo”, no omitía escribir acerca de este día. Ahora lo recordé y caí en la cuenta de que ha dejado de figurar entre las fechas relevantes de este tiempo. Me dije que este olvido es tema para meditar, pero me atuve a la intención de abordar hoy otra temática, de modo que la parodia del título de un libro de Guillermo Enrique Hudson, “Allá lejos y hace tiempo”, fue mi manera de frenar el tropel de recuerdos de una militancia propia para atenerme al propósito de abordar “pequeñas tragedias de la vida contemporánea”, expresión que pongo entre comillas porque también parodia otro título que está en mi memoria.
Lo que me disponía a proponer al lector es detenernos en la noticia que nuestro diario publicó el pasado miércoles: el de un hombre de General Pico que se considera rebasado por la situación que le ha deparado el hecho de encontrarse solo después de años de vivir en pareja (varios años, puesto que alcanzaron para engendrar seis hijos), a cuatro meses de su separación. Habla de ella incidentalmente. Habla de sí mismo y del problema que le significa la relación con los hijos. Dice que algunos de ellos han llegado a insultarlo en la vía pública, dato que parece indicar que no conviven con él. El problema que denuncia está configurado por el hecho de algunos de esos hijos han estado apareciendo en sucesos delictivos, que él mismo dice haber denunciado al tiempo que solicitaba alguna forma de ayuda pública para reencarrilarlos, sin hallar respuesta ni consejo que le haya sido orientador.
Hay seguramente más de una manera de comenzar a pensar ese problema de un hombre de ahora y aquí, de la realidad y no de la ficción ni de la especulación teórica. Digo esto y no puedo dejar de advertir que no ignoro que hay una tercera actitud posible: la de quienes, sin dejar de escapar un suspiro, echan el caso al olvido, ya por decirse que es cosa de otro o ajena ya porque no quieren ocuparse de lo que no pueden resolver. Los pocos que rompen la indiferencia ante el drama de otros que sale a la luz pública pueden simpatizar con el hombre que se declara superado por el acontecimiento que se le impone y lo interpela de manera tan cruel como el insulto de su prole. Habrá también quienes se pregunten si en realidad ese hombre no está tratando de sacudirse las solapas, valga este modo de decir que quiere sacarse el problema de encima, descargándolo en la sociedad y en los servicios sociales. Y habrá también quienes remontarán ese nivel de razonamientos para encontrarse con la idea de que no es un problema singular, sino que se repite con llamativa frecuencia y que, por esto, permite inferir que “algo está pasando” en la sociedad, algo se ha desajustado. Yo mismo he entrado más de una vez en esta cadena de razonamientos no para anclar en esa conclusión, sino para abrir el panorama y entender que no estamos ante tragedias individuales; que estamos ante un fenómeno social de transformación y cambio y que estos sucesos que avanzan hasta convertirse en noticia, son los síntomas de uno de los procesos históricos que no encuentran trámite espontáneo y que reclaman ser asumidos por la conciencia colectiva. No abundaré ahora en este punto, pues lo he abordado más de una vez, incluso para señalar que el acontecer político al que asistimos, con tanto enfrentamiento, revela el conflicto de fondo y la dificultad que hallamos para en definir una respuesta que sea compartida porque se termine por entender que el problema no es de los otros. No es ajeno.
Hace unos años, una mujer de la misma ciudad hizo público el problema, al repetir “qué hacer con mi muchacho”. En su caso, es de esperar que haya visto confirmada su convicción de que sabía muy bien qué hacer. Y no pedía asistencia.

Atentamente:

JOTAVE