Percepción de la seguridad y motivación del crimen

Señor Director:
Ya he contado que acostumbro a dar forma al título antes de escribir mis notas y que lo hago porque si logro el título es porque siento que puedo decir algo y creo haber atrapado la sustancia del proyecto. Rara vez, hecha la nota, he cambiado el título. El que acabo de escribir viene de los apuntes que he tomado sobre un caso en Buenos Aires, otro caso en Santa Rosa, apreciaciones de comentaristas que respeto y la lectura de una interpretación desde la psicología y el psicoanálisis.
El caso porteño es el de un ex militar y abogado. Unos motochorros le robaron su maletín con dólares en la calle, luego de lo cual, cuando los delincuentes escapaban, sacó su propia arma y empezó a disparar contra la moto que se alejaba, mató a un transeúnte ajeno al hecho y pasó a su lado sin detenerse. Tenía arma registrada y autorización. Como abogado penalista está articulando su defensa como una reacción ante el despojo y haber sido amenazado con un arma. Lo actuado por la justicia no define una actitud y revela que se está a lo que resulte de las pruebas y testimonios. No se descarta que haya sido un homicidio en el cual pudo existir culpa puesto que tiró a matar (a otro, pero para matar). Incluso dijo, en un primer momento, que creyó haber abatido a uno de los ladrones.
Lo de Santa Rosa es la sentencia que condena a una mujer que aparece como partícipe de un homicidio. Dos personas participan de un asado, con ingesta de alcohol, discuten, pelean y uno de ellos, que lleva la peor parte, se va, retorna armado y mata a quien había sido su contrincante. La mujer, primero absuelta y finalmente condenada como partícipe, lo ha traído manejando una moto; lo ha llevado después del homicidio y, además, ha hecho desaparecer el arma y tratado de ocultar al homicida.
Un psicoanalista, Sergio Zabalza, comenta el caso porteño. Cita a Borges (en su relato Deutsches réquiem) donde quien acaba de dar muerte a un judío se explica diciendo: “Ante mis ojos no era un hombre, ni siquiera un judío: se había transformado en el símbolo de una detestable zona de mi alma. Yo agonicé con él, yo de algún modo me he perdido con él; por eso, fui implacable”. Zabalza dice que la civilización comienza con el control del impulso, de lo contrario entramos en la barbarie y que, por eso (en el caso porteño) nada mejor que atribuir al motochorro la alteridad radical que nos habita: “cruel paradoja; una víctima de un robo se convierte en un asesino”, y eso por creerse con derecho a ejercer justicia por mano propia, acto que quiebra la norma que permite la vida en comunidad. La cita de Borges es pertinente para el psicoanalistas porque revela que el hombre (todos los hombres) conllevamos mitos, delirios y prejuicios, y de esta manera el semejante “se constituye como el espejo de nuestros más oscuros aspectos”. Desde ese fondo que llevamos surge el impulso y se consuma la violencia. Matamos algo nuestro: “yo agonicé con él”.
El caso de Santa Rosa podría ser comprendido por lo que dicen Borges y el psicoanalista. El criminal no respondió al primer impulso porque no tenía un arma. Fue a armarse, buscó colaboración, volvió y mató. Tuvo tiempo sobrado para contener el impulso, pero debía matar al otro (quizás) porque al humillarlo exhibió su inferioridad: al matarlo, se reconciliaba con esa oscuridad propia arrinconada por efecto del proceso civilizatorio, pero latente.
También leí el comentario de una psicóloga (Marcela B. Giandinoto) acerca del delito contra la integridad sexual, que alude a las mismas zonas oscuras que conllevamos, en este caso expresadas por prejuicios: de cuando se dice (o se decía) que la mujer violada había sufrido un delito “contra la honestidad”. O sea que, violada, dejaba automáticamente de ser honesta. Hemos convivido mucho tiempo con esta idea. Ahora la ley habla de “delito contra la integridad sexual”. No se destituye a priori a la mujer de su honestidad.
Atentamente:
Jotavé