Pese a obstáculos, hoy firman otra vez la paz en Colombia

DERECHA COLOMBIANA SE OPONE A ACUERDOS CON LA GUERRILLA

Ojalá esta vez se pueda concretar el acuerdo de paz entre el gobierno y la guerrilla de las FARC. Lo volverán a firmar hoy en Bogotá el presidente Santos y el líder rebelde Timochenko. La semana próxima el tratado irá al Congreso para su refrendación.
EMILIO MARÍN
Se sabía que acordar la paz luego de 52 años de conflicto armado, con un saldo de 260.000 víctimas, no iba a ser asunto fácil. Desde noviembre de 2012 estuvieron negociando en La Habana los representantes del gobierno de Santos y los de la guerrilla, con los buenos oficios de Cuba y Noruega, y la ayuda de Venezuela y Chile.
Se llegó así a un acuerdo plasmado en 297 páginas, dado a conocer el 26 de agosto pasado en la capital cubana, firmado por Juan Manuel Santos y Timoleón Jiménez, Timochenko. Ambos lo rubricaron otra vez un mes después en Cartagena de Indias, en un acto con 2 mil invitados especiales. Hoy se firmará por tercera vez en Bogotá.
En el interín, la X Asamblea Nacional Guerrillera, en los Llanos del Yarí, había aprobado lo actuado por sus dirigentes. Sin embargo, cuando los términos de ese acuerdo fueron sometidos a un referendo, el 2 de octubre, el resultado fue negativo pues por apretado margen ganó la opción del No. Los impulsores del rechazo fueron los opositores ubicados bien a la derecha, comenzando por el senador Álvaro Uribe, del Centro Democrático, el también ex presidente Andrés Pastrana y el ex procurador general Alejandro Ordóñez.
Detrás de esa primera línea de políticos operaron medios de comunicación y ruralistas preocupados porque pudieran ser afectadas sus propiedades por los módicos acuerdos sobre régimen agrario negociados en el Palacio de las Convenciones.
En el resultado adverso a Santos-Timochenko incidió la prédica de la iglesia católica y las iglesias evangélicas, que empujaron a la feligresía a votar No. La primera, obsesionada por el riesgo de que avanzara un enfoque de género y a favor del aborto; las segundas, homofóbicas y temerosas del matrimonio igualitario, que no estaba en agenda.
No fue una victoria neta y clara. El No obtuvo 50,21% de los votos y el Sí el 49,78%, con una escasa concurrencia porque la abstención fue del 60%.
Quienes fogonearon la opción ganadora no objetaron los términos de los acuerdos, que pasaron a un tercer plano. Sobre todo, hicieron campaña con frases rimbombantes como que Santos haría presidente a Timochenko, que se pactaba con el narcotráfico, que los crímenes no tendrían sanción, que Colombia sería convertida en una nueva Venezuela, etc. Además, que no se respetaría la propiedad privada y se venía el matrimonio entre personas del mismo sexo, con aborto legal.
Ese combo mentiroso abonó el proselitismo de Uribe, Pastrana, Ordóñez, obispos e iglesias evangélicas. Pareció que lo negociado en cuatro años se iba al bombo, pero Santos y la guerrilla reanudaron las negociaciones en la capital cubana, que si todo termina bien se habrá ganado el título de capital internacional de la paz, como la elogiaron varias personalidades, entre ellas el Papa Francisco.

Dura negociación.
Desde el 28 de octubre hasta el 12 de noviembre -en rigor hasta la madrugada del lunes 14 porque hubo que hacer retoques al ensamble de documentos- los negociadores analizaron el tratado original y la posibilidad de hacerle cambios, no todos los solicitados por partidarios del No.
Tuvieron reuniones de muchas horas diarias la delegación gubernamental de Humberto de la Calle, Sergio Jaramillo, el ministro del Interior Trigo y algunos senadores, con la representación de las FARC encabezada por Iván Márquez, el número dos de la guerrilla.
De la Calle y los suyos llegaron a la isla luego de encuentros con Uribe, Pastrana, Ordóñez y los tres precandidatos de Centro Democrático -Carlos Holmes Trujillo, Iván Duque y Óscar Iván Zuluaga- que se aprestan a disputar la presidencia en 2018. Los abanderados del No habían redactado 700 páginas sobre 57 temáticas donde querían cambios en contra de las FARC (y en el fondo, también contra Santos, por razones políticas y electorales). ¡Pensar que uno de los argumentos del sector había sido que el Acuerdo de Paz tenía 297 páginas!
La delegación oficial que reanudó los diálogos en Cuba llevó esas 57 temáticas y presionó a las FARC para que las aceptara. Su negocio era redondo: si lograba concesiones, aparecía como más duro con la guerrilla. Y eso le permitía reacomodarse frente al sector que votó por el No, tanto de la sociedad civil como de las Fuerzas Armadas. Les quitaba votos a Uribe y sus tres precandidatos, para decirlo en términos electorales.
Las FARC estaban en una posición difícil. Si se mantenían firmes en lo firmado en agosto y septiembre, iban a ser cuestionados porque sólo pensaban en ellos y despreciaban el resultado democrático del plebiscito. Al mismo tiempo, si hacían concesiones grandes a Uribe y Santos, podían terminar fortaleciendo al primero, que quiso eliminarlos y les hizo una guerra muy sucia. Peor aún, podían ser acusados por su base guerrillera de no haber sabido defender posiciones y firmado acuerdos perjudiciales que exponían sus vidas en los campamentos de reubicación.
Fueron dos semanas de intensa negociación donde De la Calle consultaba cada decisión importante con Santos, y Márquez hacía lo propio con Timochenko. Hubo momentos en que se llegó a pensar que todo se iba al diablo. Afortunadamente no fue así y el 12 de noviembre se parió un nuevo acuerdo, perfeccionado en la madrugada del 14, cuando se ensamblaron el documento original y los cambios. Recién allí se pudo fumar la pipa de la paz.

Mucho sigue y algo cambia.
¿Cómo valorar aquellos cambios en cuanto al original?
Junto con echar una ojeada sintética a las modificaciones, en política hay que mirar sobre todo las reacciones de las partes, que analizan y votan “con los pies”. Uribe y los suyos consideraron que en La Habana se validó el acuerdo primigenio y burlado el voto por el No. Él juzgó que no se recogieron la mayor parte de sus observaciones y va a votar en contra del acuerdo en el Congreso. En poco tiempo más su sector comenzará su campaña presidencial para 2018 con la bandera de que “Santos traicionó al país y lo entregó a las FARC”.
En realidad hubo varias concesiones de la guerrilla en el nuevo texto.
Una, se aclaró que no habrá reforma agraria sino respeto a la propiedad privada.
Dos, se puntualizó que no habrá “enfoque de género”, aborto ni matrimonio igualitario, como para que obispos y evangélicos bajen el tono de diatriba.
Tres, la guerrilla tendrá 30 por ciento menos financiamiento como partido legal que el convenido en septiembre. Y no tendrá asegurados cinco curules en Diputados y cinco en el Senado por dos mandatos, como antes. Tampoco podrá presentar candidatos en 16 circunscripciones de las zonas de conflicto, donde podría haber ganado bancas.
Cuatro, los guerrilleros que deban responder ante la Justicia Especial de Paz y admitan sus delitos, tendrán que estar en lugares rurales bien delimitados y pequeños, sin poder moverse por razones de trabajo ni de militancia. Antes podían fijar un domicilio allí y trabajar en otro lado, o viajar por razones políticas.
Cinco, la guerrilla no logró introducir el acuerdo de paz en la Constitución, que le hubiera dado una garantía legal mayor y a prueba de futuros gobiernos adversos, como sería si el Centro Democrático llega a la Casa de Nariño dentro de dos años.
Seis, las FARC detallarán sus bienes, para indemnizar a las víctimas.
De los 57 temas que portó De la Calle a la capital cubana hubo 56 que tuvieron cierta recepción. Ninguno fue para mejorar la situación de la guerrilla a punto de desmovilizarse y que desde el 29 de agosto está en un alto el fuego bilateral y definitivo.
Eso debería satisfacer a Uribe y los suyos, pero no fue así. El único tópico donde Márquez y sus compañeros no aceptaron introducir ninguna reforma fue en la elegibilidad política de los guerrilleros. Éstos, como miembros del nuevo partido político legal en que se reconviertan las FARC, podrán ser candidatos, incluso si están recluidos en alguna vereda y pequeña zona rural. Cabe aclarar que éste no es un privilegio de los futuros ex combatientes pues la ley en Colombia permite ser candidato a quien esté preso sin condena firme (Ver “Candidato preso gana alcaldía en elecciones locales en Colombia”, 26/10/2015). Y no sería el caso pues los desarmados estarían en una especie de “arresto domiciliario” y haciendo tareas sociales como en una “probation”.
También en este punto los ex militares acusados de crímenes de lesa humanidad estarán en situación ventajosa porque cumplirán sus condenas en guarniciones militares.
Santos y “Timochenko” firmarán este jueves en Bogotá el Acuerdo Final de Paz, en una ceremonia en el teatro Colón y la semana próxima el texto irá a refrendación al Congreso.
Un país agobiado por el conflicto generado por la oligarquía colombiana y su aliado mayor, EE UU y el Comando Sur, requiere ya un largo tiempo de paz. Y también lo reclaman los familiares de las víctimas, que siguen muriendo como dos guerrilleros de las FARC abatidos en el sur de Bolívar. Según el Comité Permanente por la Defensa de los Derechos Humanos, este año fueron asesinados 70 líderes campesinos y sociales.
Esa Colombia sufriente pide paz. Que la tercera firma, la de hoy, sea la vencida, o sea la vencedora.

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