¿Podrá la religión?

En su reciente visita a Medio Oriente, el papa Francisco sorprendió a todo el mundo al ofrecerse como mediador en el largo y sangriento conflicto que enfrenta a israelíes y palestinos. ¿Podrá la religión lo que no pudo la política? (Aunque es ingenuo creer que las instituciones religiosas no hacen política).
Un historiador podría decir, sin errar demasiado, que las tres grandes “religiones del Libro”, es decir, los grandes monoteísmos -el judaísmo, el cristianismo y el Islam- no están libres de pecado. Guerras, cruzadas, persecuciones, enfrentamientos, discriminación estuvieron presentes en diversos períodos con estas creencias como protagonistas.
La intolerancia religiosa, muchas veces fogoneada por los líderes de cada credo, ha regado de sangre los campos de buena parte del mundo. En nombre de las religiones se conquistaron territorios, se sometieron naciones, se cometieron crímenes. Hubo papas que condujeron ejércitos.
Pero hoy el Papa argentino abrió una nueva puerta a la esperanza a una tierra arrasada por la violencia. Y por eso puede decirse que las tres grandes religiones tienen la oportunidad de reivindicarse, de contribuir a la paz en la castigada tierra palestina, de mostrar al mundo que han evolucionado, que se han quitado de encima los dogmatismos que antaño provocaron tantos enfrentamientos y derramamientos de sangre.
El Estado de Israel, que nació con el apoyo de las potencias -y la lógica oposición del mundo árabe- luego de la Segunda Guerra Mundial, a la sombra del genocidio nazi perpetrado contra los judíos europeos, devino en una nación colonialista, guerrerista que nunca permitió que los palestinos, cuyo territorio fue -y sigue siendo- amputado, organizaran su propio Estado.
El apoyo irrestricto de Estados Unidos posibilitó que Israel impusiera siempre sus condiciones a los palestinos, invadiera sus territorios, aislara sus poblaciones, echara a millones al exilio que hoy sobreviven en condiciones infrahumanas en campamentos miserables en Jordania y El Líbano. Gaza ha sido convertida en un gigantesco campo de concentración, con su población rehén del Estado hebreo, que no permite entrar ni salir a nadie, ni siquiera la ayuda humanitaria.
Las diferencias entre ambas partes es abismal. Israel, con su gigantesco aliado incondicional norteamericano, se permite violar reiteradamente decenas de resoluciones de las Naciones Unidas sin recibir ni siquiera una tibia amonestación.
La enorme maquinaria propagandística proisraelí, sumado al poderoso lobby judío en Estados Unidos, opera también para darle al conflicto un “certificado” de igualdad. Es decir, se presenta como un desencuentro entre pares, cuando Israel es una potencia militar con arsenal nuclear y los palestinos son un pueblo empobrecido, diezmado, que no solo no tiene ejército, ni siquiera tiene Estado. En cada episodio armado que enfrenta a ambas partes, los palestinos caen en una proporción de veinte a uno. David contra Goliat en una inversión inaudita del relato bíblico.
Todas las negociaciones de paz fracasaron por una razón muy simple: el principal mediador fue siempre EEUU, que nunca fue ni será neutral. Por eso Israel sigue avanzando, construyendo viviendas en territorio palestino sin ningún costo político ni sanción, y los palestinos deben sufrir humillaciones al por mayor, ante la indiferencia o la impotencia del mundo. Nunca EEUU pudo garantizar una paz justa y duradera.
Por esa razón hoy adquiere tanta relevancia el ofrecimiento de Francisco, y tantas expectativas favorables despierta. El trasfondo político de este conflicto, y su innegable consecuencia religiosa, puede ser ahora destrabado desde una mediación inesperada. Un Papa que viene del tercer mundo, con un perfil diferente a los dos conservadores que sucedió -Juan Pablo II y Benedicto XVI-, hace retornar la esperanza.
Todo el mundo, no solo israelíes y palestinos, aguarda que esta vez sí sea posible la paz sobre bases de justicia.