Poeta pampeano en el ensayo de una analista

Señor Director:
Al leer la columna semanal de analistas argentinos me sorprendió la publicación de un breve ensayo acerca de la singularidad de la relación entre nuestro poeta Juan Carlos Bustriazo Ortiz con el lenguaje.
Por cierto que quienes han leído a Bustriazo han observado esa especificidad de su relación con la lengua, tal que supone de su parte una actitud de rechazo a la línea habitual, que para la mayoría es de sometimiento voluntario a las normas de las academias o, al menos, al uso que le han dado los grandes autores, muchos de los cuales, por cierto, no se privan de ensayar giros y acepciones no ortodoxas para su tiempo. Aparte de que la lengua no es nunca algo quieto o congelado sino que su constante enriquecimiento es testimonio de que es algo que vive y, por ende, está sujeto a cambio constante.
Quiere esto decir que si bien ordinariamente tendemos a respetar la pauta académica por creer que así hacemos nuestro aporte a la posibilidad de entendernos y comunicarnos hay en nosotros una actitud primaria de rebeldía que no siempre nos resulta posible someter. Si bien el hombre ha conocido y conserva el uso de formas más elementales de comunicación (voz, gestos, ademanes, posiciones de manos o pies, tonalidades…) ha venido generando y aceptando las reglas académicas porque no hay otra manera de salvar unas distancias físicas que van más allá del alcance de la voz o de la mirada, distancias que han estado creciendo desde los inicios del clan, la tribu y las sucesivas formas de la también cambiante socialización.
Sin embargo, el poeta, aunque sea conocedor de lo académico, es habitualmente la persona que restablece la lucha inicial y quizás insuperable con un sistema codificado de signos y sonidos, sobre todo cuando el que quiere expresarse poéticamente siente la presión de esa disconformidad original con la imposición de un lenguaje sistematizado y controlado por academias. Simplemente es así porque lo que se quiere comunicar es una visión o la intuición de una realidad original que se resiste a tomar formas estables. Es el suyo el mismo problema que halla el músico para expresarse con sonidos también codificados, pero que cada autor creativo somete a su propio examen porque lo que han establecido ambos (poeta y músico) es un contacto con lo que algunos llaman inefable, que se deja sugerir y no decir. O será que eso otro que incluso nos habita, es de suyo indecible.
El ensayo a que hago referencia es de Natalia Neo Poblet, psicóloga y analista, quien trabaja sobre el libro de Bustriazo titulado Herejía Bermeja y se detiene a considerar la lengua que usa el poeta, el cual se comporta con mucha libertad en cuanto a las pautas académicas y a las acepciones que acoge el diccionario. Poblet llega a concluir que Bustriazo Ortiz genera “una lengua errante” que “trastorna el orden gramatical”. Una lengua que canta o que es para ser cantada. Que “muestra la liberación del canon… excede las posibilidades del lenguaje común y cotidiano… crea nuevos significantes, nuevos sentidos…”. En suma, nuestro poeta ha llegado a crear un lenguaje propio. Poblet cita a Lacan cuando dice: “La poesía es creación de un sujeto que a su modo asume un nuevo orden de relación simbólica con el mundo”.
El trabajo de Poblet se pudo leer el pasado viernes en la sección semanal de los analistas en el diario porteño Página/12, titulado “La lengua errante de Juan Carlos Bustriazo Ortiz”.
Al margen de otras apreciaciones posibles, lo que asimismo resalta en el abordaje que realiza la analista Poblet es la trascendencia que ha logrado nuestro poeta, incluso por afuera del habitual marco literario y de las formas más frecuentes del trabajo del crítico. Si bien este ensayo de una analista no se detiene en la valoración del mensaje poético, importa porque aborda desde otro ángulo lo que es la primera observación de quien empieza a conocer la obra de Bustriazo.
Atentamente:
Jotavé