¿Por qué no convertirnos en vencidos vencedores?

UNA PELICULA DE TERROR

Marcelo Figueras – El reconocido periodista y escritor, autor de novelas y guiones inolvidables como Kamchatka, Plata quemada, Las viudas de los jueves… nos cuenta una ficción que algunos creerán estar viviendo en estos días.
Hay días en que creo estar viviendo una remake de Back to the Future, dirigida por Cronenberg.
Imagino la sinopsis de esa peli. Podría empezar así: media Argentina se sube al Delorean, convencida de que va a conducirla a un futuro venturoso. Todo lo que hay que hacer es meter el cambio adecuado. Pero, una vez que culmina la acelerada y descienden del vehículo, comprenden que han sido víctimas de un ‘error de carga’: la máquina tenía registrada una fecha que no era la deseada, sino una incorrecta.
En vez de ir a parar a un mañana mejor, terminan en la Argentina de los años ’30. Donde sus antepasados negrean para engordar el puchero y carecen de derechos como laburantes y ciudadanos. Donde las casas están desprovistas de servicios esenciales. Donde la política es patrimonio de la oligarquía y el voto es una herramienta imperfecta. (En aquel entonces, las mujeres no podían votar. En la Argentina del voto electrónico, van a estafar a los votantes de todos los géneros por igual.) Donde la prensa es un placebo, que finge informar cuando se limita a distraer. Donde los jueces tienen un poder sacrosanto -y por ende incuestionable- y los policías hacen lo que quieren sin rendir cuentas.
Ya no pueden subir al Delorean para volver. Porque, al arribar a aquel pasado, el auto se desintegró. Revisándolo con cuidado, descubren que el logo Delorean es trucho, como el de las carteras Guchi y Vuilton que venden los manteros. Lo que dice debajo es, más bien, Eslabón de Lujo. Lo cual no les deja ni siquiera el consuelo del valor de reventa. ¿Quién compraría un Eslabón de Lujo recauchutado, pudiendo acceder a una lavadora importada a menor precio?
Para colmo, Doc Brown no asoma por ninguna parte. Lo más parecido que hay es un Doc Peña Braun, que comparte con su casi homónimo la obsesión por el tiempo: su muletilla favorita es tarde o temprano.

Dios no lo quiera.
Varada en aquel pasado, la media Argentina que creyó subirse a un Delorean comienza a desintegrarse. Los que llevaron consigo fotos de sus hermanos advierten que la imagen empieza a desaparecer, como si sobrasen en aquel orden nuevo. Las pilchas que eligieron para el viaje, símbolos de su status deseado antes que del real, se convierten en andrajos. Ya no pueden darse muchos de los gustos a que se habían habituado, porque en ese pasado no existen. (No hay sushi. No hay wifi. No hay iPhones.) Y al cruzarse delante de un espejo, se desconocen. Se ven más bajos y regordetes de lo que habían creido ser, su pelo luce duro y renegrido. Alguien aventura una hipótesis: no han viajado solos en el tiempo, sino en compañía de una mosca, cuyo ADN se entreveró con el de los pasajeros. Es la única forma en que logran explicar el temor de estarse convirtiendo en -Dios no lo quiera- latinoamericanos.
Esa es la parte donde empieza a pesar la mano de Cronenberg. En las pelis de Cronenberg no hay happy endings. Aspiran, más bien, a que la tragedia que narran no sea absurda; a dotarla de sentido, para que cumpla con el sentido pedagógico del género: persuadir a los mortales de no incurrir en los errores de los protagonistas. Ya sé, ya sé: la repetición de ciertos patrones en materia de crisis sugiere que esto no debería ser una tragedia, sino una farsa. Pero esta historia involucra muchas vidas malogradas y el sacrificio de una nueva generación -¡otra más!-, que debería darse por satisfecha si sobrelleva una vida de mierda y llega a vieja. Cuando se puede redactar un listado de víctimas, ya no hay farsa posible.
Lo que queda por dirimir -la parte de la sinopsis que se nos escapa- es el tercer acto, o sea el desenlace de esta película que todos creemos haber visto en una versión u otra. ¿Tragedia absurda, tragedia ejemplar… o una tercera opción, que aún permanece velada? Porque el daño esencial ya se produjo, aún cuando no haya terminado de derrumbarse todo lo dinamitado. El representante simbólico de esa media Argentina / Argentina media, Martincito McMosca, está frito: otra víctima más de hybris, de su inseguridad patológica, de su compulsión a preferir los atajos a los caminos. Ni siquiera un rayo prodigioso puede transformar al Eslabón de Lujo en un Delorean y al Delorean en una máquina del tiempo. Y tampoco cabe esperar la aparición de una Liga de la Justicia que nos libre de este cáliz. La Embajada está chocha con Mr. Ni Idea, pero no al punto de prestarnos su staff de superhéroes. En el relato del imperio, los latinos estamos para interpretar papeles de extras, narcos o carne de cañón.

Comedia dramática.
Suelo pensar que toda vida viene a este mundo inscripta en algún género. Cuando uno nace en una familia a la que nada le falta, tiende a verse envuelto en una comedia dramática. Cuando nace durante una guerra o entre pobreza extrema, viene sesgado para la tragedia. Cuando uno puede racionalizar su circunstancia y cuenta con elementos que le permiten elevarse por encima de ella, aspira a la aventura o al género épico. Pero de esto nadie escapa: la historia de todos comienza en un setting dado, que no elegimos. Somos arrojados allí, nos guste o no. Nuestro primer acto transcurre sí o sí en ese escenario, al que fuimos a dar sin mérito -o desmérito- alguno.
El segundo acto es aquel durante el cual nos ponemos en marcha para cambiar algo. (Para mejor, se entiende. Al menos esa es la idea, aunque puede estar equivocada y ser la antesala de una trampa.) Pero aquí es donde la narrativa le guiña un ojo a Marx y se pone clasista. Aquellos que tienen poco y nada tienden a cambiar poco y nada, porque el juego está arreglado en su contra: necesitarían formación y recursos que les han sido negados. Aquellos que tienen suficiente se dan por hechos si consiguen la salvación individual, porque el juego está arreglado para que crean contar con algo que perder (¡espejitos de colores!) y funcionen, así, como freno a los que nada poseen. Y los que lo tienen todo no quieren cambiar nada por razones obvias, pero ojo: lo que sí quieren es tener más. Porque lo único que los calienta, que los hace sentir vivos, es su voracidad infinita.
Si las cosas saliesen bien, los que tienen poco y nada comprenderían que al menos ligaron un par de ases: son muchísimos y el país no puede funcionar sin ellos. Si las cosas saliesen bien, los que tienen suficiente advertirían que también recibieron un par de ases: la lucidez de comprender que su salvación individual es ilusoria, porque una vez que los ricos expriman a los pobres, dirigirán la aspiradora en su dirección; y la generosidad que los incita a actuar antes de que eso ocurra y los que nada tienen hayan sido diezmados.
Pero ninguno de ellos puede ganar tan sólo con su par. Por ende, nada garantiza aún que las cosas vayan a salir bien.

La peonada en negro.
Es inevitable. Desde mediados de los ’70, el poder nos metió a palos la idea de que la épica -cualquier épica, a excepción de la deportiva- nos está vedada. Mientras consumamos épicas ajenas -de Lord of the Rings a Game of Thrones, de la lucha contra el apartheid a la Primavera Arabe-, todo bien. Pero guay con que imaginemos una propia. Porque la épica es el género de los héroes. Y los héroes son aquellos que dan un paso hacia adelante -o, cuanto menos, que no dan un paso atrás- y cambian algo más grande que su propia historia. Y acá se nos negó durante décadas el poder de decidir sobre nuestras vidas. No estábamos para eso. Estábamos para tolerar, obedecer, pagar puntualmente y encima aplaudir. A eso se nos compele hoy otra vez. Somos la peonada en negro de los patroncitos de la estancia. Debemos expresar agradecimiento por las migajas que nos tiran.
Lo único bueno de esta película es que no terminó. Pero aquel que no juegue el rol a que se lo llama, verá su historia contada de un modo que le disgustará. ¿Por qué no convertirnos en vencidos vencedores? ¿Quién dejaría la narrativa de su futuro en manos de alguien tan fenicio y berreta? (Infonews Cooperativo).

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