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Por sus frutos los conocerás

DOMINICALES

De las varias pérdidas irreparables para el arte en 2018, la muerte de Bernardo Bertolucci (77) sobre fines de noviembre, fue de las más lamentables. Uno de los últimos representantes de la generación dorada de directores cinematográficos italianos, deja tras de sí una obra tan vasta como polémica.

Mil horas.
Cada quien tendrá sus favoritas. La más monumental, la más abarcadora, la que pretendió decirlo todo, fue sin dudas «Novecento», una película que con sus casi seis horas de duración, rompió todos los cánones de la industria. Para él era un momento de apogeo -tanto comercial como creativo- y Bertolucci se propuso narrar la historia del siglo italiano, contando la vida de dos amigos nacidos el primer día de 1900 -uno aristócara, el otro plebeyo- y las múltiples vicisitudes de dos guerras mundiales, un régimen fascista, y el inicio del auge de las izquierdas. La experiencia cinematográfica es deliciosa, el elenco está plagado de estrellas, pero el tono político y la duración la hacen poco palatable para los actuales «milenials».
Mucho más cercana al gusto contemporáneo está la llamada «trilogía oriental» en la que Don Bernardo pareció dejar un poco de lado los grandes temas políticos y psicoanalíticos. Las tres películas cuentan con música del japonés Ryuichi Sakamoto -sólo ese detalle justifica verlas- y comparten un hálito épico. La primera, «El Ultimo Emperador», fue su mayor éxito artístico, arrasó con nueve premios Oscar, y se ocupa de China, por entonces un enigma y para nada una amenaza. La siguiente, «El cielo protector» -aquí atrozmente rebautizada «Refugio para el amor»- se basa en la genial novela de Paul Bowles y transcurre en el Magreb africano. Finalmente, «El pequeño Buda», no menos conmovedora, aprovecha una historia contemporánea para contar la vida del fundador de aquella religión (?) oriental.
Pero como casi siempre ocurre, toda una vida de trabajo y talento puede verse eclipsada por un momento de escándalo. Eso es lo que nuestra cultura consume y adora.

Pásamela.
Se ha dicho mucho sobre «El último tango en Paris», musicalizada por el argentino «Gato» Barbieri: que era pornográfica, misógina, escatológica. Y no hay dudas que, con sus escenas explícitas y sus posteriores prohibiciones -en Argentina se estrenó recién una década más tarde- representaba una ruptura en el tratamiento cinematográfico del sexo. Bertolucci había manifestado su interés por el tema a partir de su experiencia psicoanalítica. Estaba convencido de que el sexo era «un nuevo lenguaje» y «la única cosa que todavía parece verdadera».
Es acaso la mejor película existencialista jamás filmada. Pero al día de hoy se sigue hablando de una sola escena. Siendo ésta una columna dominical, bástenos decir que la secuencia en cuestión involucraba el uso no convencional de un producto lácteo.
La protagonista del filme -fallecida prematuramente- había manifestado sentirse traumatizada por la experiencia. Bertolucci luego confesó que al filmar la famosa escena le ocultó detalles de lo que iba a ocurrir, porque no quería que ella actuara, sino que sintiera efectivamente la furia y la humillación. Nada raro en épocas del «Método Strassberg», cuando los actores se sometían a verdaderas ordalías para encarar sus papeles. Meses de ostracismo, cirugías, bruscos cambios de peso…
Pero en épocas del #metoo, lo ocurrido en 1973 es visto bajo otra luz.

Lo que queda.
No hay mayores dudas de que la conducta del director italiano en la ocasión ingresó en el terreno del abuso. No es un secreto que los cineastas suelen ser autoritarios y malhumorados. Pero ahora bien: ¿cómo se refleja ese acto en esta película, o en su obra en general?
Hace pocos meses una afamada crítica de cine del New York Times se tomó el trabajo de reanalizar varias películas de Woody Allen -verdadera joyas como «Hannah y sus hermanas» o «Crímenes y pecados»- desde la perspectiva que proveen hoy de las acusaciones de pedofilia que pesan sobre el director, que ha caído en desgracia. De pronto Woody tenía que volver a rendir un examen ya aprobado.
El tema no es nuevo. Seguimos sin decidirnos sobre qué hacer con la obra de varios artistas geniales, cuyas ideas políticas y raciales eran excecrables: Richard Wagner, Louis Ferdinand Celine, Ezra Pound, y hasta nuestro poeta Leopoldo Lugones.
Ardua tarea ésta de buscar ejemplos. La mejor estatua se puede resquebrajar desde la base. ¿No sería mejor contentarnos con que el buen arte -como la flor de loto- pueda florecer incluso entre la podredumbre?

PETRONIO