Problema de aprendizaje y un debate no definido

Señor Director:
El tema del aprendizaje del niño propone problemas no resueltos y deja abierta la posibilidad de que la propia escolarización pueda ser cuestionada.
La reciente aprobación de un proyecto de ley sobre Dificultades Específicas de Aprendizaje (DEA), hay expertos que advierten que el debate sobre este problema, el de la dislexia, no está cerrado.
Empecemos por decir que la dislexia es el nombre que se da “a la dificultad en el aprendizaje de la lectura, la escritura o el cálculo, frecuentemente asociada con trastornos de coordinación motor y de la atención, pero no de la inteligencia”. Así lo expone la RAE. Se estima que afecta del 10 al 15 por ciento de la población escolar y se destaca la importancia de detectarla a tiempo, si es posible no más allá de los 9 años, porque en este caso puede superarse el problema con un tratamiento corto. Lo que se subraya es que no se trata de falta de interés o de motivación ni de una incapacidad señorial. El disléxico no es un niño descuidado, perezoso o desatento. Se estima que es un trastorno de base genética o neurológica. La demora en detectar el problema puede generar trastornos emocionales, por cuyo motivo el tratamiento incluye este aspecto.
Traigo el tema a esta columna porque me ha interesado lo que observa Fabiana Neisman a propósito de la ley DEA. Esta psicóloga y psicoanalista dice que la ley atribuye estas alteraciones de los procesos cognitivos relacionados con el lenguaje, la lectura, la escrito y, en casos, el cálculo matemático. No se debe a causas externas, sino que tienen que ver con la base neurológica de cada individuo, aunque dice que no hay evidencia científica del origen neurológico y que por eso “no hay programas educativos ni tratamientos de aplicación universal, Los programas y tratamientos existentes están referidos a cada niño en particular. Llega a decir que “el fracaso escolar es muchas veces desencadenado por las estructuras del sistema educativo”. Entre los niños existen diferencias en sus tiempos, su modalidad de aprendizaje, modo de interactuar con los contenidos, conocimientos previos, procesamientos, reflexiones y producciones”. Y afirma que “la diferencia entre normal y patológico es un construcción social, no es natural de la persona”. Dice más: la escuela adopta un tratamiento “porque tiene un propósito homogeneizador desde su creación”. Está claro lo que expresa: las personas nacen con diferencias naturales y la escuela ha sido concebida, diríamos (con lenguaje crudo), para elaborar un producto homogéneo.
Esta psicóloga dice también que la ley ha sido elaborada como si el debate sobre este problema estuviese cerrado en el ámbito científico. Hay un debate pendiente que se refiere “al dispositivo escolar vigente, estructurado para grupos homogéneos”. Y advierte que el respeto por la singularidad es el respecto debido a cada niño, por cuyo motivo termina recomendando “revisar con urgencia el concepto de normalidad”.
Observo que está volviendo a plantearse el tema de si la escuela puede estar pensada sobre la base de la necesidad social de formar individuos aptos para la convivencia social, lo que supone la posibilidad que se pueda estar ejerciendo un grado de violencia que reduce o eventualmente aniquila la singularidad de cada ser humano. Este es un tema tampoco agotado y que probablemente sea inagotable. Lo valioso de plantear este tipo de discusión consiste en la advertencia implícita de que no estamos dando forma a una materia plástica que puede ser modelada según un proyecto o tipo predeterminado para que pueda integrarse sin mayor dificultad. El tema es, como se aprecia, tan profundo como interesante y lo que hace es reconocer que la singularidad es distintiva de nuestra especie. Si bien es probable que estas reservas que expresa Neisman no puedan ser superadas, discutirlas es una manera de evitar la conformidad fácil.
Atentamente:
Jotavé

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