Pujas que carecen de valor ante los hechos

El narcotráfico no es novedad en el mundo. Es una de las calamidades contemporáneas, a la par de la venta de armamento y la trata de personas.
Tampoco es novedad en la Argentina. No lo es desde hace tiempo en cuanto es lugar de tránsito hacia destinos en el hemisferio norte y desde hace menos tiempo, para la comercialización en el país. Simultáneamente es lo que impulsa el lavado de dinero, también fomentado desde la prostitución, las varias expresiones del contrabando y operaciones marginales tales como algunas formas de triangulación de productos de exportación (granos).
Las novedades más llamativas de los últimos meses, en nuestro país, han resultado de una sensible mejora de los medios federales. En Santa Fe la acción de organismos federales de investigación y de justicia, permitió que se descubriera el grave compromiso de la policía provincial con bandas narcos. Bandas locales, pero con fuertes conexiones internacionales. Lo mismo sucedió en Córdoba en cuanto al papel de organismos federales de investigación y judiciales y la relación delictuosa entre jerarquías y organismos especializados de la policía provincial (justamente Drogas Peligrosas). La disponibilidad creciente de radares (pues ahora se hacen enteramente en el país) y un mayor despliegue de gendarmería en las zonas fronterizas ha mejorado sensiblemente la capacidad operativa. Pero, tenemos una frontera muy extensa en el norte y los países limítrofes producen coca y marihuana. Además, se ha puesto en evidencia que esa mayor capacidad operativa contrasta con la falta de adecuación de las instancias judiciales y la disponibilidad de cárceles.
Lo importante es que se ha puesto en evidencia que la acción contra los operadores finales (los que distribuyen y venden la droga en las provincias) es necesaria pero de valor secundario. Al mismo tiempo se advierte que siempre hay individuos dispuestos a desempeñarse como si el fraccionamiento y venta de droga fuese un negocio honorable. Una vez más se comprueba que sigue vigente aquello de “poderoso caballero es Don Dinero”. Gente que probablemente se presume honesta, hace de escalón final y necesario para que culmine una empresa criminal que corrompe y mata. La suma del poder destructor de la droga y del poder corruptor del dinero genera una relación explosiva.

Reacción
Lo que se ha notado en las últimas semanas es que se está manifestando una reacción, que ya ha producido manifestaciones importantes de parte de la iglesia católica y de la Suprema Corte de Justicia. Los obispos se han sumado al esfuerzo por lograr que la sociedad toda entienda que estamos ante un problema que está comprometiendo la salud de la comunidad: la salud de las personas que se hacen adictas; la vida de quienes aparezcan como obstáculos para el narcotráfico; las víctimas inocentes de la acción descontrolada de adictos; y la salud moral, porque derriba resguardos que se suponía suficientes y corrompe hacia arriba tanto como hacia abajo. La Corte ha pedido la intensificación y coordinación de esfuerzos.
Como pasa casi siempre, todos comienzan por ver la paja en el ojo ajeno y luego se pierde el tiempo en reproches cuando lo que hace falta es integrar esfuerzos. Estamos ante un problema nacional y de toda la sociedad humana. Peleamos contra un adversario que no es fácil de identificar. Nos gusta seguir pensando que el agresor viene desde afuera a hacernos daño, pero sucede que en esta guerra el enemigo está también adentro. Hay que actualizar algunos clisés mentales, ciertas ideas heredadas sobre la identidad del enemigo. Ni las mismas guerras responden ahora al dibujo que tenemos mentalizado de dos ejércitos que se ponen uno frente al otro, con uniformes y banderas bien diferentes. Las guerras de nuestro tiempo no tienen dibujo definido.

Barbas
El viejo dicho que avisa que si vemos rasurar las barbas del vecino, conviene que pongamos las nuestras a remojar, puede seguir siendo válido como metáfora. Y, además, llevamos vistas muchas barbas rasuradas. Colombia y México suelen ser los casos más citados, pero esta guerra diferente cobra víctimas en todas partes. ¿Cuánto le cuesta a los Estados Unidos controlar su frontera sur? Si hasta ha levantado una muralla, que no impide la afluencia de la droga, aunque sí cierra accesos al inmigrante corrido por el hambre del “patio trasero”. ¿Cuántas vidas le cuesta a México? ¿Cuántas a Colombia? ¿Cuánto le está costando a Evo Morales controlar la producción de coca, limitándola a los fines medicinales y otros usos lícitos? El costo en Bolivia es político, pero no lo es menor en recursos presupuestarios para crear un nuevo orden en esta materia.
Jotavé