¿Qué vendrá para Europa tras el triunfo del “Brexit”‘?

LA UNION EUROPEA NECESITA UN REDISEÑO INSTITUCIONAL

El sueño de una Europa democrática, social y solidaria es solamente eso, una fantasía. El “Estado del
bienestar” que se construyó tras la segunda guerra, hoy prácticamente está desmantelado.
ARIEL NOYOLA RODRÍGUEZ *
Aunque las principales encuestadoras publicitaron durante varias semanas que los británicos estaban convencidos de su permanencia en la Unión Europea, la postura a favor de la salida del Reino Unido (el llamado “Brexit”) se impuso finalmente en el referéndum celebrado el pasado 23 de junio por un margen de diferencia de casi cuatro puntos: 51,9% votó a favor frente a 48,1% en contra.
Sorpresivamente, el primer ministro, David Cameron, anunció su dimisión momentos después, la libra esterlina registró su peor cotización desde 1985 y las principales plazas bursátiles se desplomaron. Tanto en la región de Asia-Pacífico como en el continente europeo, los mercados de valores retrocedieron entre 6% y 10%. En definitiva, la salida inminente del Reino Unido de la Unión Europea abrió un nuevo escenario de gran incertidumbre en un momento de extrema vulnerabilidad para la economía mundial.

Turbulencia global.
A principios de junio, el Banco Mundial redujo de nuevo su previsión de crecimiento para la economía global para el año 2016, de 2,9% a 2,4%; el Fondo Monetario Internacional (FMI) por su parte, advirtió recientemente de que el nacionalismo económico puede socavar la libre movilidad de los flujos de comercio e inversión entre países, en tanto que el Banco de Pagos Internacionales (BIS, por sus siglas en inglés) vigila con lupa los riesgos subyacentes a una nueva “guerra de divisas”.
Es que la cooperación monetaria internacional atraviesa actualmente uno de sus mayores desafíos y, por eso, ante el peligro de que los mercados de crédito se contraigan de un momento a otro, el Banco Central Europeo (BCE), a cargo de Mario Draghi, y el Banco de Inglaterra, a cargo de Mark Carney, salieron a la palestra para dejar en claro que no escatimarían recursos para garantizar la estabilidad financiera.
A lo largo de la jornada, pero sobre todo tras las primeras señales de que el “Brexit” había triunfado en las urnas, el BCE intervino violentamente en el mercado de deuda soberana para evitar una escalada de las primas de riesgo (“risk premiums”) de los bonos de las economías de la periferia: Grecia, España, Italia, Portugal, etc. Mientras, el Banco de Inglaterra ya tenía preparada una poderosa batería de 250 mil millones de libras esterlinas para defender el tipo de cambio frente de los ataques de los especuladores.
El sistema de la Reserva Federal (FED) por su parte, bajo el mando de Janet Yellen, puso en marcha una serie de líneas de crédito (“swap”) para proveer liquidez adicional junto con otros bancos centrales del Grupo de los 7 (conformado por Alemania, Canadá, Estados Unidos, Francia, Italia, Japón y Reino Unido) en caso de que la volatilidad en los mercados financieros se saliera de control.

Fuga masiva.
Pero los planes de contingencia de las autoridades monetarias fueron insuficientes. Las bolsas de valores mundiales registraron pérdidas por más de 2 billones de dólares en menos de 24 horas. Cabe destacar además que la debacle de la libra esterlina precipitó la fuga masiva de capitales de cartera de la bolsa de valores de Londres, que de inmediato se refugiaron en Wall Street. De cara a la turbulencia financiera, los inversionistas bursátiles buscan protección en títulos financieros más seguros, básicamente en el dólar y metales preciosos que sirven como reserva de valor, el oro y la plata, por ejemplo.
No obstante, la compra masiva de dólares no hizo sino profundizar la debacle de los precios del resto de las materias primas (“commodities”), ya de por sí muy bajos en comparación con los años previos a 2009. Por ejemplo, los precios de referencia internacional del petróleo, el West Texas Intermediate (WTI) y el Brent, que habían registrado una buena racha durante los meses de abril y mayo, cayeron de nuevo.
Los precios de los hidrocarburos están ahora por debajo de los 50 dólares por barril, situación que agudiza la deflación (caída de precios) y que, combinada con las tendencias de bajo crecimiento del producto interno bruto y el desplome de los beneficios del sector financiero, incrementa exponencialmente los riesgos de que estalle una nueva crisis bancaria en Europa.

Una fantasía.
El voto a favor del “Brexit” puso de manifiesto el enorme rechazo de la integración europea. La política económica aplicada en el Reino Unido ha seguido básicamente la misma pauta que el resto de los países de Europa continental: liberalización indiscriminada del comercio de bienes y servicios, desregulación del sector financiero y una política en materia laboral que mantiene estancado el incremento de las remuneraciones salariales y que pretende suprimir las prestaciones sociales de los trabajadores.
Está claro que el sueño de una Europa democrática, social y solidaria es solamente eso, una fantasía. El “Estado del bienestar”, ése que se construyó tras la segunda posguerra, hoy prácticamente está desmantelado. La calidad de una democracia no puede evaluarse únicamente por la celebración de un referéndum y por el respeto de sus resultados de parte del gobierno. La democracia significa, sobre todo, la participación directa en las principales decisiones que atañen a una sociedad, tanto en el ámbito de la economía como en el campo de la vida política.
Y es aquí donde la construcción de la Unión Europea tiene sus principales fallas: el diseño del proyecto de integración se ha convertido en un asunto reservado para las élites empresariales. Las grandes corporaciones han sido las principales beneficiarias de la puesta en marcha de un mercado común, son ellas las que insisten en aprobar cuanto antes el Tratado Transatlántico de Comercio e Inversiones (TTIP, por sus siglas en inglés) promovido por el gobierno de Estados Unidos, son ellas las que promueven la ofensiva de la Organización del Tratado del Atlántico de Norte (OTAN).

Retórica xenofóbica.
Es cierto que Europa necesita de forma urgente un rediseño institucional, sin lugar a dudas. De hecho, luego del triunfo del “Brexit”, en varios países se ha propuesto llevar a cabo referéndums para abandonar la Unión Europa; sin embargo, hay que tomar en cuenta que la mayoría de los países de la Europa continental forman parte también de la Eurozona, no es éste el caso del Reino Unido, que siempre se resistió a adoptar la moneda común.
Y hasta el momento las fuerzas progresistas en Europa no se han propuesto precisamente abandonar el euro. Recordemos por ejemplo el caso de Grecia en 2015: con un gobierno de izquierda, la Troika (integrada por el Banco Central Europeo, la Comisión Europea y el Fondo Monetario Internacional) rechazó todas las propuestas del programa económico de Syriza. Y aunque el gobierno griego convocó a un referéndum para rechazar las condiciones leoninas del tercer programa de rescate, finalmente la austeridad fiscal volvió a imponerse.
El primer ministro, Alexis Tsipras, siempre se mostró reacio a que Grecia abandonara la Eurozona (el llamado “Grexit”), que hasta la fecha se ha revelado imposible poner en marcha una política económica alternativa y, al mismo tiempo, cumplir con las exigencias de la Troika. A mi juicio, el gran drama que vive Europa en estos momentos es que quienes proponen la salida del euro y, luego entonces, de la Unión Europea, son dirigentes de partidos políticos de extrema derecha, aquéllos que utilizan la retórica xenofóbica para desviar la atención de las verdaderas causas de la crisis y que, digámoslo con claridad, no tienen ninguna intención de conseguir el renacimiento de Europa. (RT).

* Economista egresado de la Universidad Nacional Autónoma de México (Unam).

Compartir