Quedan muchos, pero la vida indígena es penosa

Señor Director:
La conferencia mundial sobre pueblos indígenas en las Naciones Unidas se cerró con una declaración.
En la reunión un miembro del Foro Permanente sobre la Cuestión Indígena (también de la ONU) dijo que la situación indígena contemporánea es “una historia de agravios y vejaciones interminables” y que ahora “hay millones de indígenas en el mundo con pies descalzos, estómagos vacíos, sin escuelas, sin centros de salud, sin trabajo, sin tierras, sin techo digno y con limitada esperanza de vida”. Rigoberta Menchú, indígena guatemalteca y Nobel de la Paz llamó a una lucha frontal contra el racismo y la discriminación.
El texto de la declaración, aprobado por todos los gobiernos presentes en la asamblea general, establece una agenda global cuyo mandato básico es el derecho al consentimiento libre, previo e informado; o sea, que los Estados deben lograr la aceptación de los pueblos indígenas en cualquier decisión que pueda afectarlos. Los ejes para la acción que queda propuesta son salud, educación, vivienda y, principalmente, respeto al territorio.
Se sabe que “de buenas intenciones está alfombrado el camino del infierno” y esto vale en particular con referencia a los pueblos indígenas sometidos por “la carga del hombre blanco”, dicho de Rudyard Kipling. Vale la pena detenerse en este poema del también autor de El libro de la selva. El poema de 1899 (“La carga del hombre blanco”) fue celebratorio del triunfo de Estados Unidos sobre España, que tuvo como fruto el dominio de Cuba y Filipinas. Kipling a veces se dejaba desbordar por un patriotismo elemental. La idea que se rescata del poema es una visión claramente eurocéntrica y de predominio del hombre blanco, cuya misión consistiría en redimir a los pueblos salvajes: “Para servir con equipo de combate, /a naciones tumultuosas y salvajes”, dice en unos de los versos iniciales. La “carga” puede entenderse en dos sentidos (y quizás Kipling lo entendía así): como una carga militar para tener el dominio y como una carga moral, para que ese dominio sacara a tales pueblos de su condición y los elevara al nivel alcanzado por el hombre blanco. Este es un tema que puede discutirse largamente tanto porque la carga militar fue implacable y destructora (no pocos pueblos fueron aniquilados) y porque los pueblos quedaron largamente sometidos y algunos sólo pudieron liberarse con su propia carga, afrontando la guerra. Asimismo, es cierto que en muchos de los pueblos dominados se logró comunicar la cultura europea y blanca, pero esto sucedió principalmente en aquellos dominios que conservaron una mayoritaria población blanca. Y lo que se observa hasta hoy en estas naciones es que los grupos económicamente dominantes no dejan de acosar a los indígenas que quieren permanecer en su cultura y en su tierra, dato que permite pensar que la independencia lograda con respecto a las sucesivas metrópolis coloniales no lo fue, en términos de igualdad, para el indígena sobreviviente. En nuestros días se puede ver qué acontece en el Africa luego de haber concluido los dominios británico, francés, portugués, belga, alemán, musulmán… Si bien Sudáfrica parece emerger con buenas perspectivas para lo inmediato, la suerte de otras comunidades negras continúa siendo predominantemente penosa. Nunca falta hambre, sida ni ébola.
La ONU no es igualmente sospechable, aunque su poder está fuertemente limitado por las naciones que salieron victoriosas de la última guerra mundial: EEUU, China, Inglaterra, Alemania y Rusia tienen poder de veto. Lo cierto es que se acaba de realizar la primera reunión plenaria de alto nivel de la asamblea general de la ONU y de ella salen las recomendaciones que hemos mencionado. Allí se informó que quedan 370 millones de indígenas en el mundo de los cuales 45 millones están en América, distribuidos en 826 pueblos. Démosle lugar a la esperanza.
Atentamente:
JOTAVE