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¿Quién le cree a Virginia Woolf?

DOMINICALES

Cuando tenía apenas trece años, Virginia Woolf fue abusada por un medio hermano, George Duckworth, que la doblaba en edad, y que supuestamente contribuía a su cuidado tras la muerte de su madre. Virginia intentó denunciar el abuso. No le creyeron ni sus biógrafos.

Privilegio.
Duckworth era un joven bien parecido, de muy buena posición social en la Londres victoriana. Así como los ricos gobernantes argentinos «no necesitan robar», él no tenía necesidad de acudir al abuso para satisfacer su libido. Al menos eso era lo que pensaba la sociedad circundante. El relato de la joven Virginia quedó sepultado por la incredulidad general, agravada por sus tendencias literarias y por algunos signos que se interpretaron como incipiente locura, aparecidos tras quedar huérfana.
Las señoras de Kensington y Belgravia solían decir que Duckworth era como «un padre y una madre» para Virginia y su hermana Vanessa -que por cierto, también sufrió el abuso-. Aunque Woolf escribió claramente sobre el tópico, no existieron consecuencias legales ni sociales.
Peor aún, tras su muerte, los biógrafos de la escritora pusieron en duda estas denuncias. Lyndall Gordon, que publicó su biografía en 1984, destaca la belleza física del abusador, y deja entrever que Virginia, o bien inventó el episodio, o bien lo propició. Otro biógrafo, Quentin Bell -sobrino de VW- termina atribuyendo el abuso al carácter tímido de su tía. Por su parte, y para completar el podio, un tal Jean P. Love interpretó que «como Virginia deseaba y gustaba del afecto de George, (ella) imaginó que él la había abordado eróticamente, cuando éste sólo estaba siendo amable e inocentemente afectivo».

Te creo.
De los muchos avances impuestos por la revolución feminista en curso entre nosotros, acaso la consigna «Yo te creo» sea de los más efectivos y trascendentes. Porque si hay algo con lo que los abusadores han contado hasta ahora para asegurar su impunidad, es precisamente con lo inconcebibles que resultan sus actos. ¿Cómo podría un hombre aparentemente normal y hasta «exitoso» abusar sexualmente de una mujer, más si es una niña, y más aún si es un miembro de su familia?
El propio Sigmund Freud, contemporáneo de Virginia, que fue quien atisbó el rol crucial del sexo en la psiquis humana, y a quien no se le escaparían los vínculos entre sexo y poder, jamás desarrolló estudios sobre la cuestión del abuso sexual doméstico, que a no dudarlo habrá aparecido reiteradamente en la casuística presentada por sus pacientes. En cambio prefirió extenderse sobre la «histeria» femenina. Aún cuando sus escritos fueran revolucionarios y liberadores, aparentemente no se atrevió a cortar con el patriarcado.
Y es que hasta nuestros días, incluso ya entrado el siglo en curso, hay quienes siguen prefiriendo culpar a las niñas de los «deslices» de sus abusadores, antes que ver a estos hombres «respetables» perder su prestigio.

Piedras.
Lo que su sobrino interpretaba como «timidez» era, en realidad, una justificada aversión hacia el sexo masculino, que llevó a Virginia Woolf a rechazar varios pretendientes. Uno de ellos, un joven economista llamado Maynard Keynes, uno de los ideólogos fundamentales del llamado «estado de bienestar» del que abominan los neoliberales hoy en boga.
Pese al abuso sufrido, y las indudables consecuencias psíquicas que el mismo produjo, Virginia se las ingenió para terminar siendo una de las escritoras más originales no ya del siglo XX, sino de cualquier época, lengua o género. Fue también una intelectual activa y progresista, que junto a su grupo de militancia en Bloomsbury, se oponía a la guerra mundial en curso, y esbozó, con su «Un cuarto propio», un ensayo capital del feminismo. Hasta se dio tiempo para mantener una fructífera correspondencia con la argentina Victoria Ocampo, que promovió las primeras traducciones de su obra al castellano.
Nunca sabremos hasta qué punto aquel abuso influyó en el trágico final de la escritora. Era marzo de 1941, y llevaba un largo tiempo deprimida, en medio de los bombardeos alemanes que habían destruido su hogar en dos ocasiones. Dejando tras de sí dos cartas escuetas, cargó su abrigo de piedras y se arrojó al río.
Habrá acudido a las piedras para asegurarse que su cuerpo se hundiera en el agua. En la Biblia se cuenta que arrojarles piedras era el método elegido para castigar a las mujeres que se apartaban de la norma social.
Y aunque ahora descanse bajo una lápida -en la que se lee el párrafo final de su novela «Las olas»- la voz de Virginia Woolf y su denuncia resuenan aquí con nuevas fuerzas.

PETRONIO