Miercoles, 10 de Marzo de 2010, actualizado a las
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Raulito, el desvelado
I - Sobre el fin de semana se extinguió la vida de Raúl Celso D'Atri. Raulito se fue sin despedirse pues no creía, ni él ni sus familiares y amigos, que estaba llegando a término su vida. Así, su partida fue, en cierta forma, fiel a su estilo de hacer las cosas a su manera.
Su método era confiar en que el pensamiento dominaba la acción y le precedía, pero que era la acción lo que hacía la diferencia y lo libraba del incómodo mote de idealista con el que, desde chico, tuvo que toparse cuando su afán de transformar el mundo en un lugar mejor lo llevó a no quedarse callado. Confiaba en la capacidad de pensar y discutir, de exponer y, con más esfuerzo, de escuchar. Al fin, era dialéctico como su temprana formación marxista le había enseñado a ver las cosas, pero no era fácil de convencer, ni de cambiar de opinión, y él lo admitía.

II - Para quienes lo vimos desde chicos en esa apasionada búsqueda, -del bien, la verdad, la justicia- su lucha era como un deporte que le servía para probar sus armas. Comprendimos luego, ya grandes, que esa necesidad de afirmarse en sus ideales y en construir un relato del mundo que fuera racional, era de una urgencia vital pues vivía llevando a la práctica sus ideas. Su filosofía se basaba por entero en creer con Hegel, pero más con Marx, que todo lo "racional es real", esto es, que el mundo puede pensarse y luego construirse. Que el mundo social y económico -y también el político y personal- puede diseñarse en el pensamiento y es posible -y necesario- hacerlo real. Por eso fue comunista y cooperativista, naturista y seguidor de doctrinas de meditación oriental. Por eso se apasionaba desarrollando proyectos productivos para los paisanos del Oeste acuciados por la falta de capital o se metía con patas y todo a desarrollar la permacultura o se animaba a ser el primer poblador de Casa de Piedra. Vivió convencido de que ocupaba un lugar y que era necesario que desarrollara su pensamiento y su impulso creador.

III - Pese a que su oficio de periodista lo enfrentaba a la tentación de ser un espectador, no cabía en él la posibilidad de ser sólo un testigo. Pudo serlo y hubiera cumplido. Pudo ser un testigo comprometido de su tiempo y su lugar hubiera sido, con mérito, la columna periodística. Pero eligió, además, el camino arduo de la militancia política y social. En ese camino, confiando en su propio valor y la fuerza de sus ideas, avanzó con sus banderas. No vio -era uno de sus defectos- las piezas negras que se movían en el tablero de un país que se había vuelto un lugar peligroso para su entusiasmo transformador. Cayó, fue golpeado y encarcelado, separado de su familia, torturado y, sin embargo, hasta en ese punto extremo puso su fe en la infalibilidad de su método de confiarle a su pensamiento la suerte de su cuerpo. Pudo así sobreponerse o, al menos, intentó hacerlo.
Pero no hay dudas que ante los demás hizo como que se sobreponía al vendaval de pesares que lo aplastaba pues era para él imprescindible sostener, aún a costa de su propio sufrimiento, su teoría de que aún en ese extremo era posible racionalizar y transformar. Hubo, lo vimos quienes lo visitamos en la cárcel en esos años oscuros, mucho de docencia en su esfuerzo por demostrar que se sobreponía a sus circunstancias. Había también algo de obcecación en demostrar que su mente estaba más allá de su cuerpo. No sólo para salvar a su familia y a los suyos del dolor de verlo encarcelado pero nunca vencido, sino además, para enfrentar con esa dignidad construida a pura teoría, a la calaña de delatores locales. Llevada a la práctica, fue su forma de librarse de sus carceleros. Con el silencio luego, enfrentó el desgarro de perder a su hijo más pequeño estando en prisión.

IV - Es posible que nadie pueda decir que lo conocía del todo. Es posible que, metido en su papel, nunca haya mostrado realmente a nadie sus temores, sus miedos, sus dudas, sus derrotas, todo lo que le costaba personalmente, sicológicamente, esa autorrepresentación que lo llevaba a inventarse y reinventarse a sí mismo a pura razón. Es posible que haya sido ese cumplimiento a rajatablas de su propio programa lo que dificultaba a quienes lo acompañaban, acompañarlo en su camino. Así mirado, la soledad -soledad acompañada por los suyos, pero soledad al fin por esa distancia que le llevaba a todos- fue un precio inexorable que terminó pagando.
Murió sin darse cuenta. Sus ojos tuvieron la suerte de ver, antes de partir, a su compañera y a su hijo. Desde algún lugar ahora, nos mira a todos tratando de adivinar si alguien levantará al menos uno de sus desvelos. (LVS)




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