Recuerdos y reflexiones en torno a los 45 años del “Cordobazo”

Hoy se cumplen 45 años de la rebelión popular conocida como el “Cordobazo”. Afortunadamente el autor estuvo ese día en esa ciudad y sus barricadas siendo estudiante universitario. La jornada de obreros, estudiantes y vecinos hizo historia.
EMILIO MARIN
El cronista había comenzado sus estudios de abogacía en la UBA. Corría el año 1968 y a la primera marcha que concurrió, el 14 de junio, conmemoraba 50 años de la Reforma Universitaria y estaba convocada por la FUA. Gobernaba el dictador Juan Carlos Onganía y reprimió la Policía Federal.
Ese día el debutante no cayó preso. Eso ocurrió dos semanas más tarde, cuando la FUA se adhirió a la huelga de la CGT de los Argentinos, en repudio al segundo aniversario del golpe de Estado contra el presidente Arturo Illia.
Ese 28 de junio el autor conoció la persecución callejera, dos tiros al aire de un policía que lo quería detener y los golpes de varios uniformados en Paraguay y Uriburu. Era la zona de facultades, atiborrada de móviles policiales, pero el pajuerano, venido de Bell Ville, no conocía la Capital Federal y pretendía huir justo en esa dirección…
El decano de Derecho, Rodríguez Varela -luego secretario de Justicia del dictador Jorge Rafael Videla- emitió una resolución: el detenido era echado de la facultad mientras durara su proceso penal. Y así volvió a Córdoba, justo cuando fermentaba el Cordobazo a punto de explotar. Se le agradece a Rodríguez Varela tan oportuna expulsión, que lo puso en el momento justo en el lugar adecuado para quienes sin saberlo estaban entrando en la “Generación del 70”.
El 27 de mayo de 1969 hubo asambleas en las facultades de Córdoba. En la de Derecho, donde estudiaba, la gente no cabía en el edificio y llegaba hasta calle Trejo. Se decidió participar de los actos del movimiento obrero, que había convocado a un paro de 37 horas, a partir de las 11 de la mañana. La diferencia con la huelga de las dos CGT en el orden nacional, de 24 horas sin movilización, ilustraba las características más combativas del sindicalismo cordobés.
En aquél convivían también dos centrales. La “legalista” de Atilio López (UTA), afín a la CGT de Azopardo que empezaba a cambiar el “desensillar hasta que aclare” del general Juan Domingo Perón benévolo con Onganía. Y la de Miguel Angel Correa (Madera), representativa de la CGT de los Argentinos, de Raimundo Ongaro. Los independientes de Agustín Tosco (Luz y Fuerza) militaban junto con este último sector y eran su expresión más radicalizada.

Rol de la clase obrera.
Aún se discute cuál es el rol de los trabajadores en el cambio social. El cronista tiene posición desde entonces, en base a la práctica, por lo que nunca adhirió a los postulados pos marxistas y socialdemócratas de teóricos como Martha Harnecker y otros, que vieron en los “nuevos movimientos sociales” el reemplazo de la clase obrera como locomotora del cambio. No lo convencieron los esfuerzos por hallarle suplente entre los desocupados, movimientos ambientalistas y otros respetables actores.
He aquí el por qué. El 29 de mayo de 1969 el estudiante de Derecho había cumplido con lo votado por la asamblea de dos días antes: participar de un acto relámpago en los Tribunales, donde se gritaron consignas y se arrojaron panfletos, para emprender rápida retirada. Por las dudas hubiera detenidos se había organizado una “cita de control” en un estudio jurídico amigo, el único que contaba con teléfono como para reportar novedades. Y allí estaba a punto de ingresar cuando por la calle Belgrano al 700 vio a numerosos obreros de IKA, luego Renault, cantando consignas contra la dictadura. Para ser precisos, entonaban: “Y luche, luche, luche y no deje de luchar, por un gobierno obrero, obrero y popular”.
La fuerza de esas voces era porque venían de ser reprimidos por la policía en su trayecto desde la planta de Santa Isabel hasta el centro, unos 8 kilómetros. Había habido varios enfrentamientos y esos mecánicos y de otros gremios sumados en el camino no pudieron ser detenidos. El ariete principal del Cordobazo fue la columna del SMATA, con 4.000 trabajadores que se pusieron en marcha a las 10 horas, munidos de gomeras, tuercas, miguelitos, etc. A la vera de las avenidas fueron recogiendo, a medida que lo necesitaban, algunos elementos más de autodefensa puestos allí el día anterior por delegados.
El Smata quería llegar, sí o sí, al centro, a 27 de abril y Vélez Sársfield, a metros de la CGT, donde sería el acto central. Una columna importante, nutrida por los empleados de EPEC y dirigida por Tosco, venía desde la otra punta de la ciudad. Y en el medio, como quedó dicho, los actos relámpagos de los universitarios con un rol distractivo de las fuerzas policiales.

Espontaneidad y organización.
Mucho se ha discutido en estos 45 años si el Cordobazo fue espontáneo u organizado. Uno de los que más opinó a favor de la segunda opción fue el abogado Lucio Garzón Maceda, asesor de Elpidio Torres (Smata). Lo suyo es verdad a medias. Verdad hasta el mediodía de aquel 29 de mayo, porque efectivamente las fábricas abandonaron a la hora prevista, las columnas marcharon en la dirección convenida y hubo elementos de defensa para que la policía no pudiera abortar la movilización.
Pero el Cordobazo no fue sólo una huelga exitosa y organizada. Con el asesinato por bala policial del obrero de IKA, Máximo Mena, en proximidades de la Estación Terminal, las cosas cambiaron. Empezó el Cordobazo propiamente dicho. De una huelga combativa contra el gobernador Carlos Caballero y el dictador Onganía se pasó a una rebelión popular o ensayo pre-insurreccional, con la ocupación de 150 manzanas de la ciudad y derrota de las fuerzas policiales represivas.
El joven estudiante dejó de lado su cita de control y se zambulló en las columnas que bajaban al centro. Estuvo con ellas en la vieja Terminal de Omnibus. En la clásica foto de ese enfrentamiento con la Guardia de Caballería se lo ve tirando piedras hacia los caballos de dos patas. Los cuadrúpedos volvieron grupas pero las bestias de arriba seguían tirando con sus 45. Al conocerse que habían matado a un mecánico se dio lo que los filósofos llaman “salto de calidad”; en cordobés llano era ocupar la ciudad y echar al gobernador y si se podía al general.
De allí el estudiante, entusiasmado por lo que aprendía en la universidad de la calle, se fue a hacer barricadas más al centro, a Corrientes y avenida Chacabuco. Con otros jóvenes fue llamado por un obrero afiliado al SUPE, de cortafierros en la mano, con el que volteaba con facilidad los grandes carteles y los convertía en parte de las barricadas. El obrero les preguntó si sabían hacer molotovs. Todos dijeron que no. Entonces formó un grupo para ir a pedir, bah a exigir, nafta en la estación de servicio más próxima. Se la dieron gratis. Y en un baldío hubo una clase express de cómo se llenaban esas botellas y se cerraban con corchos y trapos embebidos, todo aportado por los vecinos, que eran una poderosa base de apoyo.

Los blancos de la jornada.
Y de allí el activista, un poco cansado, se fue hasta el barrio Clínicas, porque suponía que allí iba a haber más resistencia cuando a partir de las 17 horas entrara el Ejército, según había informado un comunicado oficial.
En ese tránsito pudo ver los restos humeantes de Tecnicor, la concesionaria de Citroën, y de las oficinas de la Xerox, estadounidense. En ellos, como en otras empresas y blancos atacados, apedreados y en algunos casos incendiados, se notaba la evolución política de la jornada. Los enemigos no eran solamente los uniformados que habían reprimido, como lo venían haciendo desde que en setiembre de 1966 asesinaran al estudiante Santiago Pampillón. También lo eran lo que hoy se llama establishment o más vulgarmente la oligarquía y los monopolios. Nadie se robó un Citroën ni una fotocopiadora. Simplemente se las arrojó a un fuego colectivo e indignado.
Entre el aparato policial y los trabajadores había un río de sangre separándolos. La lista oficial informó de 13 muertos y 173 heridos, muchos de gravedad, y 600 detenidos, de los que 350 fueron sometidos a Consejos de Guerra. A Tosco le impusieron 8 años de pena, a Torres la mitad y a Jorge Canelles 10 años, etc. Se los llevaron a cárceles alejadas, justamente en La Pampa, porque de lo contrario los trabajadores hubieran ido a reclamar sus libertades. Lo hicieron lo mismo y los liberaron mucho antes de esas pretenciosas condenas.
Esos sindicalistas, sobre todo Tosco, se convirtieron en algo más que gremialistas. Se hicieron referentes populares en el país, ratificando que la proyectada huelga de 37 horas ya era una rebelión política. Y no sólo eso. Había abierto una situación revolucionaria que barrió con Caballero y Onganía, y luego con sus sucesores Levingston y Lanusse. Se abrió el tiempo del sindicalismo combativo, los curas del Tercer Mundo, los artistas de la nueva cultura, una Universidad que quería ser del pueblo, la nueva izquierda y las propuestas revolucionarias. Se quería poner el Hospital de Niños en el Sheraton Hotel…
Por eso el golpe de 1976 fue tan criminal y genocida. Fue el Contra-Cordobazo. Venía a ahogar en sangre, en La Perla y otros centros de exterminio y vuelos de la muerte a todo lo que nació ese mediodía cordobés en base a la unidad obrero-estudiantil, con el humor de siempre y cuando no se tomaba fernet.