Recuperando el tiempo perdido

El exitoso lanzamiento de un “nanosatélite” argentino, el primero de esa condición, amerita algunas reflexiones de interés. En principio acentúa la reinserción del país en el uso pacífico del espacio, y con tecnología propia. Un hecho poco conocido del gran público es que la Argentina inició su actividad espacial alrededor de medio siglo atrás, tanto en los aspectos teóricos que impulsaba el precursor ingeniero Teófilo Tabanera como en los prácticos, a través de los lanzamientos efectuados desde El Chamical, en el desierto riojano. De hecho, hace cuarenta años se obtenían fotografías de nuestro territorio desde la estratósfera a través de vectores diseñados en el país. El paso siguiente -la colocación de un objeto orbitando la Tierra- por entonces no parecía tan lejano.
Lamentablemente vinieron después los años de subordinación de los gobiernos argentinos a las políticas y los intereses de Estados Unidos y poco a poco fueron anulándose las posibilidades de desarrollar la tecnología nacional, que comprendía también el lanzamiento de cohetes. Hay un caso que es paradigmático y que debe constituir uno de los pocos ejemplos en el mundo en los que, estando los militares ejerciendo el poder en forma casi absoluta, acabaron con los productos independientes que daban sustento a su actividad, como ocurrió con el Tanque Argentino Mediano (que había demostrado ser mejor que sus similares norteamericanos y europeos), las fábricas militares y las promisorias manifestaciones en cohetería. Estas últimas recibieron el golpe de gracia durante el gobierno de Carlos Menem, que accedió a desmantelar el vector Cóndor, un vehículo apto para la exploración espacial pero también de alcance medio para fines bélicos. Hoy, aquel vergonzoso episodio es solo un mal recuerdo de las “relaciones carnales” que el menemismo promovió en su relación con Washington.
Desde hace algunos años, con la revalorización de la ciencia a nivel oficial, el país volvió a estar entre los socios del “club espacial”, aunque ya muy retrasado con respecto a aquellos comienzos de hace medio siglo. El avance se vio en la confección de los satélites registradores y emisores propiamente dichos y no en los vehículos impulsores, que fueron y son propios de potencias militares que han encarado el tema bajo un aspecto comercial que, obviamente, les resulta favorable. Precisamente llama mucho la atención que este nanosatélite haya sido lanzado en un vehículo chino, lo que permite deducir que nuestras relaciones con el país asiático se amplían y profundizan, al tiempo que evidencian el afianzamiento de China como potencia en la materia.
El satélite puesto en órbita se denomina CubeBug-1, pero se lo apoda “Capitán Beto” en homenaje a la canción del recientemente fallecido Luis Alberto Spinetta. Es el primero desarrollado en su tipo en el país; pesa sólo dos kilos (de allí su condición de “nano”, es decir: pequeño) y puede cumplir las funciones de los grandes equipos que orbitan la Tierra, pero con un tamaño y un costo infinitamente menor. Según han explicado sus diseñadores su funcionamiento está basado en una tecnología relativamente sencilla, similar a la utilizada para fabricar computadoras y teléfonos celulares, con las modificaciones del caso impuestas a los fines del diseño.
Las capacidades del satélite están disponibles para aficionados, universidades e institutos de investigación, refirmando sus fines educativos y científicos que fundamentalmente servirán para demostrar el funcionamiento de esta tecnología en órbita. Ha sido financiado por el Ministerio de Ciencia, Tecnología e Innovación Productiva y concebido, diseñado y producido por una empresa nacional en colaboración con el INVAP, la empresa científica rionegrina de la que tanto tendría que aprender nuestra provincia que, increíblemente, no cuenta con organismo efectivo alguno en materia de ciencia y técnica.