Retorna el protagonismo de los zapatos y botines

El periodista Muntadhar al-Zeit, de Irak, ganó súbita fama en el mundo y se convirtió en héroe para sus vapuleados compatriotas, cuando disparó sus zapatos contra el presidente Bush, de visita de despedida en la tierra que ordenó invadir hace más de cinco años. Es posible que el efecto de su acto llegue mucho más allá. Los videojuegos, inventados al día siguiente (uno de ellos invita a darle con el zapato a Bush), y la difusión internacional de la noticia del hecho, darán perdurabilidad al gesto.
Si Muntadhar hubiese llevado un arma de fuego y disparado contra Bush no hubiese producido el mismo efecto. El magnicidio taparía otros aspectos. El asesinato hubiese ingresado a la crónica del terrorismo, seguido por una conmoción diplomática. Tampoco hubiesen faltado efectos bélicos. No se sabe si el periodista pensó en todo esto o si sencillamente no tuvo otra opción. Le llamó “perro” a su blanco y disparó uno y otro zapato. La velocidad de estos proyectiles es poca, de modo que Bush los vio venir y le sobró tiempo para agacharse.

Tírale un zapatazo
En nuestra cultura el zapatazo tiene también su tradición. Es, en la casa donde se habita, a veces el elemento más a mano para aplastar una cucaracha o para arrojarle al cónyuge y cerrar una discusión. Es frecuente el uso del zapato, el botín o la bota, para castigar a un perro molesto y también se suele hacer puntería contra los gatos que maúllan su amor en el patio, en el tapial o en el techo. Ha habido conflictos por zapato que erró al blanco y dio en la humanidad de la mujer que descolgaba la ropa del tendedero vecino.
En los comics los zapatos vuelan con muchas frecuencia, en especial contra los gatos. A veces, también, contra los ratones. En la literatura el zapato juega un papel protagónico muchas veces, aunque no tanto como arma arrojadiza: lo más frecuente es que sirva para que la mirada calculadora estime el nivel económico de quien lo calza. Llegar al zapato, en los niveles económicos más bajos de la sociedad, es una hazaña. Algunas personas de buen pasar solían regalar el zapato usado al pobre que llamaba a su puerta. Recuerdo que en una escuela primaria de Santa Rosa una maestra regaló los zapatos de su marido a un alumno que pertenecía a una familia que había quedado en severas dificultades. Lo recuerdo porque el marido de la maestra era un señor de callos y juanetes, que había impreso al zapato la forma de su pie. El muchacho usó esos zapatos, que eran de calidad, y los sufrió largamente. Le producían dolor, pero, ¿cómo ir de alpargatas a la escuela, al grado de la generosa maestra?
Recuerdo también un librito que leí en mis primeros años de lector. Era de Herbert George Wells, de sus años tempranos de militancia en el socialismo. Se titula Esta calamidad de los zapatos y cuenta de un joven empleado, obligado a trabajar en un sótano, en condición esclava, sin salidas. Una abertura con reja le permitía ver la vereda, pero sólo hasta la altura de los tobillos de los que pasaban. A partir de registrar la calidad del calzado, el muchacho aprendió a definir a la totalidad del poseedor de tales pies y cuales zapatos. G.H. Wells alcanzó fama como escritor, especialmente por su novela La máquina del tiempo (llevada al cine en una variedad de adaptaciones). Esta misma novela le permite desplegar su concepción socialista, pues narra una victoria final de los Morlock (proletarios) sobre los Eloi, descendientes de gente opulenta.

Le arruinó la enmienda
El periodista iraquí, prolijamente golpeado por la guardia luego del hecho, pero que más de cien abogados se ofrecieron para defender, le arruinó el final que Bush intenta dar a su doble mandato. Si bien no era candidato, fue el gran derrotado por Obama en la presidencial. Mandó a su secretaria de Estado a recorrer sorpresivamente las zonas de conflicto y ensayaba repetir esta presencia sorpresiva con la esperanza de recoger alguna forma de reconocimiento.
El periodista le gritó “perro” y le tiró con sus zapatos, doble ofensa en la tradición de muchos países musulmanes. Tal vez Muntadhar lo pensó en función de esas tradiciones, pero lo más probable es que haya improvisado en atención a las circunstancias. Lo cierto es que sus zapatazos hicieron más ruido que una ametralladora o que una bomba. Incluso la pantalla de televisión, al mostrar a Bush esquivando zapatos, aumenta el ludibrio.
JOTAVE