Rutas pampeanas: una trampa mortal

Otra vez los accidentes de tránsito enlutan las fiestas de fin de año. Como un destino trágico, imposible de evitar, nuevamente los pampeanos fueron sacudidos por una seguidilla de siniestros viales que significaron la muerte de, nada menos, doce personas en unas pocas horas. En uno solo de esos siniestros perdieron la vida seis habitantes de la capital pampeana, tres niños entre ellos, en el cruce de las rutas nacional 5 y provincial 7. La causa fue un tremendo impacto entre dos vehículos provocado -como estiman las fuentes policiales que intervinieron en el caso- por una maniobra negligente. Al momento de escribirse estas líneas llegaba la noticia de dos muertos más en el norte pampeano a causa de un choque frontal.
Los restantes accidentes en diversas rutas de la provincia no tuvieron su origen en colisiones sino en vuelcos ocasionados por la pérdida de control de los automóviles por parte de sus conductores.
El factor humano aparece como el desencadenante de todos estos desenlaces fatales lo cual obliga a la reflexión tanto a los conductores como a las autoridades. El problema no es nuevo, en absoluto. Hace mucho tiempo que las rutas pampeanas se han convertido en trampas mortales, y lo peor es que en la inmensa mayoría de los casos no son causas mecánicas o climáticas las responsables de estas tragedias sino las conductas humanas.
Pareciera que ni siquiera el dolor provocado por tantas muertes obra como disuasivo en muchos conductores que circulan por las carreteras sin el imprescindible cuidado por la vida propia, la de sus acompañantes y la de los que se cruzan con ellos en otros vehículos.
Pero las autoridades, provinciales y nacionales, no son ajenas a este drama. El escenario del terrible accidente que se describe al comienzo de esta columna es un cruce de rutas que hace mucho tiempo debió haberse convertido en rotonda. Es muy alto el tránsito que circula por ese lugar, no pocos accidentes se han registrado allí y las advertencias hace mucho que se vienen escuchando. Es una vieja deuda de ambas jurisdicciones, la provincial y la nacional, que se demora en concretar y no sin consecuencias.
La pérdida de control de los vehículos por parte de sus conductores es -como se vio en los restantes casos de esta jornada luctuosa- otras de las razones más frecuentes de los accidentes mortales. En estos casos hay dos factores que, por lo general, tienen incidencia directa: el exceso de velocidad y la súbita pérdida de conciencia producto del sueño o la ingesta de alcohol. En ambos casos se trata de conductas de alto riesgo que subestiman la tarea de guiar un automotor por una carretera.
Controles y campañas son los únicos antídotos. No aseguran eficacia total, desde luego, porque las acciones humanas no pueden predecirse sin margen de error. Pero contribuyen a generar conciencia entre quienes suelen tomar las rutas como pistas de carrera en donde vale todo.
Hay un tercer factor, y también muy importante aunque todo indica que no estuvo presente en esta serie fatal de accidentes, y es el estado de las rutas. Una materia sobre la cual tiene mucho que decir en nuestra provincia el Estado nacional.