Sabiéndolo o no, se hace prosa y política

Señor Director:
Mi memoria vuela hacia 2001-2002 en Santa Rosa. Entonces surgieron grupos juveniles, estudiantes muchos de ellos, que se pusieron a hacer algo no habitual: crear un lugar de comidas gratuitas o acudir a pintar una escuela o ayudar a que el trueque, que estaba renaciendo, tuviera un ordenamiento. Algunos de esos grupos han continuado su quehacer, con las adaptaciones que va exigiendo el desarrollo de la realidad. Otros han recalado en organizaciones de barrio o de sector y por ahí pintan un monumento o encaran alguna empresa de interés para la comunidad o para sectores menos favorecidas del vecindario. Ahora aparecen más grupos juveniles con definición partidaria que se proponen hacer ese tipo de cosas o de divulgar conocimientos que la escuela no imparte o que no llegan a quienes no se escolarizan. Esto parece estar pasando en todo el país y provoca algunos recelos.
La universidad (la UBA) ha acentuado su presencia en las cárceles y posibilita que los internos puedan completar estudios de tercer nivel. La cárcel dejó de ser un recinto prohibido. En esto interviene gente de toda edad; en particular, jóvenes. Los jóvenes están ganando presencia desde hace unos pocos años. No hacen nada que no tenga precedentes; sí hacen más en más lugares. Mi memoria me avisa que yo mismo hice algo de esto cuando era normalista. Un maestro de primeras letras, músico de alma, me invitó a acompañarlo en algunos de sus quehaceres extracurriculares en la Colonia Penal. Fui con él y todavía hoy me parece escuchar las voces de los presos cuando empezaron a cantar a pleno pulmón, como si eso los restableciese en el lugar de los hombres libres. El maestro quiso que yo pusiese letra a un motete y lo hice, incluyendo el nombre de Pincén. Cuando lo escuché no me dije que eso demostraba que mi destino era la poesía o hacer de letrista, pero ese ¡pincennn! prolongado, profundo, es algo que no olvido. Dije que yo era alumno normalista entonces; también era militante en el socialismo, pero no me pasó por la cabeza mi preferencia política y nadie objetó mi presencia. Esa experiencia influyó en mi vida porque comprendí que tenemos una obligación: la de pasar ciertas barreras si podemos provocar o compartir momentos que dan otro sabor al vivir, porque nos vincula al Otro, sobre todo a quien veíamos distinto o temible. No es sólo lo que damos, sino lo que ganamos.
Algo estructural puede estar cambiando ahora en la sociedad humana. La secuencia de crisis económicas lo hace notorio. Pero, no conocemos cuánto queda por recorrer ni qué es lo que se establecerá o se restablecerá en la casa comunitaria (el hogar, la ciudad) que construimos y reconstruimos sin cesar, a veces también para volver atrás o para condicionar la dirección del cambio. Lo único seguro es que lo que sobrevenga dependerá del protagonismo de cada vecino, habitante, ciudadano, y de la lucidez con que pueda definir su papel.
De modo que se puede decir que por eso hay que rescatar el sentido y el valor de la política con un alcance a la vez básico y abarcador. Porque el vivir es, dicen, conflictivo, y la política es la gestión del conflicto, una tarea sin fin. Todos hacemos política, sabiéndolo o no. Como M. Jourdain hacía prosa, según Moliere.
No temerle a la política. Ni al joven que no da la espalda al problema y va hacia quienes se hallan en situación más comprometida o desprotegida. Se dice que cada vez más jóvenes salen de la indiferencia que pareció signar a la mayoría durante los crueles años que le tocó vivir a nuestra sociedad. No son jóvenes de un solo partido ni todos tienen partido. La indiferencia, en este proceso mundial de cambio, sería fatal. Hacer política es hacer docencia. Valga recordarlo: política es también cuidar que se cumplan las reglas democráticas; una de ellas, la más determinante, es la posibilidad de que la información sea libre y fluya por una pluralidad de canales.
Atentamente:
JOTAVE