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Sacando de paseo a los difuntos

DOMINICALES

Durante la semana que concluye se volvió a asistir a un triste espectáculo: la investigación sobre la muerte de un ex fiscal, cada vez más lejos de ser dilucidada, volvió a salir a la luz por un detalle baladí, que supuestamente involucraría a una figura opositora. Alguien ironizó con que, metafóricamente o no tanto, cada vez que el gobierno se ve en problemas de imagen pública, no falta algún periodista solícito que saque a pasear el cadáver del infortunado fiscal.

Triste.
Fuera de la muerte en sí, hay pocas certezas sobre esta investigación. Una de ellas es que, efectivamente, hace más de cuatro años que este deceso es utilizado con fines electorales.
Otra de las lamentables conclusiones a las que se puede arribar, es que probablemente nunca obtengamos, como sociedad, un pronunciamiento claro de la justicia acerca de cómo y por qué falleció este hombre. Algo dice de nosotros como sociedad el hecho de que todavía sigamos discutiendo las muertes de Mariano Moreno o la de Manuel Dorrego, ocurridas dos siglos atrás. Pero hoy en día, con toda la ciencia disponible para la investigación criminalística (exámenes de ADN, balística, procesamiento de datos digitales en comunicaciones y ordenadores, etc.) parece mentira que los jueces se muestren incapaces de dar respuestas.
Pese a los monumentales sueldos que perciben, las inmunidades de que gozan (y a veces abusan), la inamovilidad en el cargo y las exenciones impositivas, los funcionarios judiciales no parecen ser el sector más brillante ni el más efectivo del quehacer nacional.
Lo cual no los priva, por supuesto, de meterse adonde nadie los ha llamado y donde nada tienen que hacer, como el fiscal que esta semana confesó que inició una investigación -acerca de un supuesto pago a un candidato a presidente para que desista de su postulación- aún a sabiendas de que el hecho no constituiría delito alguno. Lo hizo -dijo- por una cuestión ética y para preservar la salud del sistema. ¿Y si al menos intentara hacer el trabajo para el que fue designado? Ahorraríamos bastantes recursos, aunque este buen muchacho no hubiera salido en las noticias.

Macabro.
Pero volvamos a este ritual extraño de sacar a pasear los muertos: está claro que no formaba parte de nuestras tradiciones culturales y religiosas.
Hay, sí, religiones animistas en Indonesia que contemplan rituales por el estilo: una vez al año se estila, literalmente, sacar a los muertos de sus tumbas, y unirlos a la fiesta familiar, hasta convidándoles alimentos, bebidas y cigarrillos. El espectáculo no resulta especialmente agradable de ver -ni de oler, suponemos- pero por suerte esta gente está bien lejos nuestro, del otro lado del globo.
Se suponía que entre nosotros los muertos estaban bien guardados en sus moradas finales, donde eran, al fin, dignos de respeto. Hasta la costumbre decimonónica de fotografiar a los muertos y moribundos (ver, si no, las imágenes existentes de Sarmiento y Urquiza fallecidos, o las de Mitre agonizando) ha desaparecido. A comienzos del siglo XX era tolerable y acaso usual, que la prensa publicara las fotos de un prócer en su lecho de muerte. Sobre fines de ese siglo, cuando la revista Gente hizo lo mismo con Ricardo Balbín, sufrió un repudio extendido, y una gruesa condena económica por los daños ocasionados a la familia.

Imagen.
Y es que, en todo caso, los muertos son de sus deudos, no son mercancía electoral.
Los romanos, cuya estructura social se basaba en el linaje, solían salir de procesión usando las máscaras de sus antepasados. Estas eran figuras de cera, extraídas directamente por contacto con el relieve del rostro del difunto, y llevaban el nombre de imago (tal el inquietante origen de la actual palabra «imagen»).
Sólo los difuntos célebres se transformaban en imago, y poseer una gran cantidad de estos adminículos en la casa era señal de status. Desde luego, no cualquiera tenía derecho a exhibirlos, ya que la alcurnia no podía ser fingida: este era el alcance inicial de lo que hoy se conoce como «derecho a la imagen».
Esta costumbre ancestral fue desapareciendo con la decadencia de Roma, que coincidió -entre otros vicios- con la mercantilización de las imágenes.
A no dudarlo, también en nuestro caso este meneo obsceno de los difuntos denota una degradación de las costumbres, y un adormecimiento de la sensibilidad social. ¿Cómo es que no se alzan voces de protesta, especialmente teniendo en cuenta que al ex fiscal lo sobreviven dos hijas pequeñas?

PETRONIO