Salman, el nuevo rey saudí del terror

EL NUEVO ALIADO DE EEUU EN MEDIO ORIENTE

Nafeez Ahmed* – El nuevo rey de Arabia Saudí, un aliado clave de EEUU en esa región, ha sido uno de los mandatarios de ese país que ha contribuido a la financiación de grupos fundamentalistas, en algunos casos para no ser atacados. Su vinculación con el 11-S.
Cuando Salman bin Abdulaziz accedió al trono saudí a finales del pasado mes, los dirigentes occidentales no podían haber corrido a mayor velocidad a rendirle tributo. El presidente Obama llegó incluso a cancelar su visita a la India para saludar al nuevo rey, quien desde 2013 y bajo el reinado de su predecesor, el rey Abdullah, había ejercido como ministro de defensa y viceprimer ministro saudí. La visita más reciente ha sido la del príncipe Carlos, quien expresó su alarma por el alcance en el que las organizaciones extremistas estaban atrayendo a jóvenes musulmanes británicos.
“Las consignas deberán ser continuidad, cohesión y consolidación”, pronosticó el embajador Richard LeBaron, ex funcionario del Departamento de Estado y del Consejo Seguridad Nacional, cuya última misión en el gobierno fue la de embajador de EEUU en Kuwait. LeBaron dijo que el rey Salman mantendrá el legado del rey Abdullah, del que hizo encendidos elogios.
Funcionarios estadounidenses por todo el espectro político manifestaron su confianza en el nuevo rey. James B. Smith, que desempeñó el puesto de embajador de EEUU en Arabia Saudí entre 2009 y 2013, dijo lisonjeramente: “Conocemos bien al rey Salman… No preveo ninguna ruptura en la relación entre EEUU y Arabia Saudí”.

El mito del antiterrorismo.
Mucho se ha hablado en la prensa de la reciente “reorganización” del gobierno llevada a cabo por el rey Salman, incluyendo el despido del príncipe Bandar bin Sultan que dirigía el Consejo de Seguridad Nacional saudí, donde se trazó la estrategia expansionista de la financiación a los yihadistas regionales. En un ejemplo especialmente vomitivo, NBC News alabó servilmente al rey Salman y a los recién nombrados en puestos destacados por tener “serias credenciales en la lucha contra el terrorismo”.
En este extraordinario frenesí para ver quién encontraba más palabras de alabanza hacia Arabia Saudí y su nuevo gobernante, la prensa ha pasado por alto el inquietante historial del nuevo rey.
La pasada semana, algo de la cuestionable biografía del rey Salman apareció a través del testimonio del miembro de al-Qaida ya condenado Zacarias Musaui, quien afirmó que algunos miembros de la familia real saudí habían facilitado una amplia financiación a esa organización a lo largo de la década de los noventa, entre ellos el príncipe Turki al-Faisal y el príncipe Bandar. Musaui también describió una “reunión en Arabia Saudí con Salman, entonces príncipe heredero, y otros miembros de la familia real a fin de entregarles unas cartas de Osama bin Laden”.
Sin embargo, esto no es más que una mera fracción de las pruebas del apoyo del rey Salman a los militantes islamistas que data de la década de los ochenta, cuando EEUU estaba coordinando armas, entrenamiento y financiación hacia las redes de muyahaidines islamistas en Afganistán que luchaban contra la Unión Soviética.
Según el ex agente de la CIA Bruce Riedel, Salman “supervisaba la recogida de fondos privados destinados a apoyar a los muyahaidines afganos en la década de 1980… En los primeros años de la guerra -antes de que EEUU y Arabia Saudí aumentaran su apoyo financiero secreto a la insurgencia antisoviética-, esta financiación privada saudí fue esencial para ese esfuerzo bélico. En su momento más álgido, Salman facilitó a los muyahaidines unos 25 millones de dólares al mes”.
Sin embargo, la Guerra Fría sólo fue el principio. Salman jugó después un papel clave “recaudando dinero para los musulmanes bosnios en la guerra con Serbia”, relata Reidel.

“Lo conocemos muy bien”.
En 1994, la Agencia de Seguridad Nacional (NSA, por sus siglas en inglés) estuvo escuchando conversaciones telefónicas entre miembros de la familia real saudí. Un funcionario de la NSA, familiarizado con los mensajes revelados al periodista ganador del Premio Pulitzer, Seymour Hersh, dijo: “Los mensajes interceptados muestran que el gobierno saudí, a través del príncipe Salman (bin Abdul Aziz), donó millones de dólares a entidades benéficas que, a su vez, pasaron el dinero a los fundamentalistas. ‘Sabemos que Salman estaba apoyando todas esas causas'”.
La información interceptada por la NSA demostraba, según el New Yorker, que altos dignatarios de la realeza saudí estaban “canalizando cientos de millones de dólares como dinero de protección (sobornos) hacia grupos fundamentalistas que desean derrocarles”. En 1996, la comunidad de la inteligencia de EEUU había amontonado pruebas claras de que “el dinero saudí estaba sirviendo para apoyar a la al-Qaida de Osama bin Laden y otros grupos extremistas en Afganistán, Líbano, Yemen, Asia Central y por toda la región del golfo Pérsico”.
En efecto, ese año, un amplio informe de la CIA sobre la utilización de ONG como frente para financiar el terrorismo concluía: “Seguimos teniendo pruebas de que incluso altos miembros de las agencias de cobranza o de control en Arabia Saudí, Kuwait y Pakistán -como por ejemplo la Alta Comisión Saudí (dirigida por el príncipe Salman)- están implicadas en actividades ilícitas, incluido el apoyo a terroristas”.
Los abogados que representan a las familias de las víctimas del 11-S, en una demanda contra los miembros de familia real saudí, entrevistaron en 2008 a un operativo de al-Qaida que confirmó que la entonces ACS del príncipe Salman le había contratado a él y a otros conocidos miembros de al-Qaida durante y después del conflicto bosnio, suministrándoles dinero, armas y vehículos.
Los documentos judiciales presentados la pasada semana en Nueva York por los abogados de las familias del 11-S postulan que el papel de la ACS en el armamento y entrenamiento bosnios fue “especialmente importante para que al-Qaida adquiriera las capacidades de lucha utilizadas para lanzar los ataques en EEUU”. La ACS de Salman ayudó a financiar “los propios campos de al-Qaida donde los secuestradores del 11-S recibieron entrenamiento para los ataques”, y también financió “un puerto seguro e instalaciones en Afganistán donde altos operativos de al-Qaida, incluidos Osama bin Laden y Jalid Sheij Mohammad, planearon y coordinaron los ataques”. Dos importantes secuestradores del 11-S, Jalid al-Mihdhar y Nawaf al-Hazmi, habían combatido y se habían entrenado en Bosnia con los muyahaidines de al-Qaida a principios de la década de 1990.

La complicidad de EEUU.
En un artículo escrito para Foreign Policy, el experto neoconservador David Weinberg despotricó contra Salman en un parcial artículo de opinión que se centró en las pruebas del apoyo saudí a los militantes islamistas. Pero Weinberg evita cuidadosamente cualquier mención al papel de EEUU facilitando, cuando no protegiendo, el apoyo saudí a los terroristas. No sólo el Pentágono era consciente de la canalización saudí financiando el terrorismo; también facilitó activamente su apoyo a las redes militantes islamistas tras el final de la Guerra Fría, en busca de miopes objetivos geoestratégicos.
En un apéndice del informe de la investigación oficial de la masacre de Srebrenica, varios archivos de la inteligencia holandesa, revisados por el profesor Cees Wiebes de la Universidad de Amsterdam, mostraban que en el mismo período en que Arabia Saudí estaba canalizando armas y dinero hacia los combatientes bosnios, el Pentágono se estaba encargando del transporte aéreo de miles de muyahaidines de al-Qaida desde Asia Central a Europa para combatir junto con los musulmanes bosnios contra los serbios.
Fuentes de inteligencia de la época dijeron que los muyahaidines estaban “acompañados de Fuerzas Especiales de EEUU dotadas con equipos de comunicaciones de alta tecnología”. La idea era que el Pentágono utilizara a los militantes vinculados con al-Qaida como tropas de choque para “coordinar y apoyar las ofensivas de los musulmanes bosnios”.

Los chantajes del 11-S.
Tras el 11-S, un antiguo jefe de inteligencia de los talibán, Mohammad Jaksar, hizo declaraciones bajo juramento ante la inteligencia de EEUU afirmando que en 1998, el príncipe Turki (entonces al frente de la inteligencia saudí) había concertado un acuerdo con bin Laden. Arabia Saudí aceptó proporcionar ayuda material a los talibán y a al-Qaida, además de continuar financiando a bin Laden a través de empresas e instituciones benéficas saudíes. A cambio, al-Qaida aceptó no atacar objetivos saudíes.
Según un antiguo alto funcionario de la inteligencia estadounidense, desde el interior de instancias saudíes se le había dicho que Salman, como gobernador de Riad, había proporcionado apoyo financiero a al-Qaida en Afganistán durante toda la década de 1990, el mismo período en el que EEUU estuvo coordinando el apoyo hacia los talibán.
El príncipe Turki y otros funcionarios saudíes negaron enérgicamente esas afirmaciones, y hasta hoy día insisten en que el Reino no ha jugado papel alguno en el apoyo de los terroristas islamistas.
Sin embargo en los años anteriores al 11-S, numerosos funcionarios de la inteligencia y el ejército de EEUU, incluido el encargado del contraterrorismo del FBI, el difunto John O’Neill, se quejaron de que las investigaciones de inteligencia sobre los vínculos con el terrorismo de la familia real saudí estaban siendo “bloqueadas” desde Washington por razones políticas. “Siempre hubo restricciones para investigar a los saudíes”, pero eso empeoró con la administración Bush.
Según un ex alto funcionario del Departamento de Estado especializado en los Balcanes, la financiación de las elites saudíes fue el factor preeminente del aumento de los grupos militantes islamistas en la región, tanto antes como después del 11-S y hasta el día de hoy. “Estamos hablando de un nivel inmenso de corrupción”, dijo a condición de mantener el anonimato. “Ese dinero no solo fluye hacia los militantes. También sirve para comprar a dirigentes políticos, incluidos funcionarios de los gobiernos europeos y estadounidense; es un hecho que debería conocerse bien. Las agencias de inteligencia han rastreado miles de millones de dólares de la financiación saudí a los extremistas, pero se les obligó a poner punto final a sus investigaciones. La administración Bush fue un horror pero bajo la administración Obama nada ha cambiado en realidad”.
La Investigación Conjunta llevada a cabo en el Congreso en 2002 sobre el 11-S, cuyo informe oficial fue parcialmente clasificado por la administración Bush, destacaba el vínculo saudí con el 11-S. Entre las secciones clasificadas había 28 páginas del informe donde se describía la investigación del senador copresidente Bob Graham, que aportaba una impactante confirmación del papel de altos funcionarios saudíes no sólo patrocinando a al-Qaida, sino también proporcionando apoyo financiero específico a los secuestradores del 11-S y a la misma operación.
*Periodista de investigación, experto en seguridad internacional que trata de rastrear y profundizar en lo que denomina “crisis de la civilización”. Middle East Eye