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Se consumó el golpe racista en Bolivia

OTRA VEZ EL ARMA PREFERIDA DE LA DERECHA: LA VIOLENCIA

Los golpistas destilan racismo y odio por los indígenas pero sus mandantes van por el litio, los hidrocarburos y todos los recursos bolivianos. El rol de Washington.
ALVARO VERZI RANGEL
El golpe de Estado en Bolivia se ha consumado. Las bandas fascistas recorren las calles de las principales ciudades, con apoyo de las armas de la policía, cazando indígenas y militantes del Movimiento al Socialismo. La derecha, con el apoyo de Washington y la manipulación de la Organización de Estados Americanos (OEA), acaba de asestar un mazazo al futuro de la institucionalidad y la democracia.
El presidente Evo Morales anunció su salida del gobierno para «buscar la paz» en medio de la escalada de violencia desatada por la derecha, que rechazó el llamado a nuevas elecciones. Morales remarcó que su renuncia es «para que Mesa y Camacho no sigan persiguiendo a dirigentes sociales» y expresó: «mi pecado es ser dirigente sindical, ser indígena, ser cocalero».
La ofensiva derechista que en años recientes amenazó por extenderse por América Latina con Mauricio Macri, Sebastián Piñera, Lenin Moreno, Jair Bolsonaro y varios otros, viene tropezando con el muro del repudio popular. Pese a ello, el neoliberalismo sigue tratando de imponer sus políticas en la región.
Ahora lograron terminar mediante un golpe de Estado con un gobierno progresista que logró los mejores resultados económicos y sociales. Durante la última década Bolivia creció a un ritmo anual de 4,9 por ciento, el más alto del subcontinente. Y en ese lapso, el índice de pobreza se redujo en 25 por ciento y la pobreza extrema bajó 23 por ciento desde 2006 hasta ahora.

Avances indiscutibles.
El gobierno de Morales garantizó la soberanía alimentaria para toda la población, redujo el analfabetismo (de 13,3 por ciento en 2006 a 2,4 en 2018); hubo una mayor participación de la mujer en las actividades políticas, económicas y laborales, y el reconocimiento y revalorización cultural de las poblaciones indígenas. Y creó empresas estatales de gran capacidad productiva y fuentes de empleo. Pero la descalificación fue insistente en los medios hegemónicos, que lo acusan de querer perpetuarse en el poder, de no proteger el medio ambiente y de machista y homófobo.
La excusa del golpe fue un supuesto fraude electoral. Evo Morales obtuvo 47,08 por ciento de votos y su principal adversario, Carlos Mesa, consiguió 36,51, con una diferencia de más del 10 por ciento, desvaneciendo el sueño de la derecha de ganar en la segunda vuelta. En su comunicado de prensa respecto del informe preliminar de la auditoría al cómputo electoral, el secretario general de la OEA, Luis Almagro, dijo que no debe ser interrumpido el mandato del presidente Evo Morales
Bolivia posee la triste plusmarca de ser la nación latinoamericana que más golpes de Estado sufrió en el siglo XX: 12; seguida por Chile y Argentina, con seis cada uno. Lo cierto es que resulta muy difícil hallar motivos económicos o sociales que alimenten una real y legítima desaprobación de los bolivianos con su gobernante.

Violencia opositora.
Una vez más, la Constitución y el Estado de derecho de Bolivia fueron violados interrumpiendo un mandato constitucional. Fuerzas de la oposición desencadenaron movilizaciones políticas acompañadas de actos de violencia, humillación de autoridades democráticamente elegidas, invasión, saqueo y quema de casas, secuestro y amenazas de familiares para llevar a cabo un golpe de Estado.
El Grupo de Puebla recordó que todas las iniciativas de diálogo y negociación ofrecidas por el gobierno del presidente Morales fueron rechazadas. Las recomendaciones de la OEA de una nueva contienda electoral fueron aceptadas por Evo Morales, dirigidas al Parlamento boliviano, incluso con la recomendación de una renovación completa de los órganos electorales y la posibilidad de contar con nuevas candidaturas.
Pero la oposición optó por la intransigencia, la radicalización y la ruptura democrática. Particularmente grave fueron los comportamientos ilegales e irresponsables de las fuerzas policiales y finalmente, de las propias Fuerzas Armadas que acompañaron al golpe. Los sectores destituyentes no tienen siquiera la representación total ni mayoritaria de la oposición, aunque sí un poder de daño que les permitió hasta ahora consumar su objetivo con el respaldo del poder uniformado de militares y policías.

Made in USA.
El golpe contra la institucionalidad es parte de la contraofensiva de Washington para desbaratar a los gobiernos progresistas de la región. Contra el proceso de cambio todas las acciones de desestabilización se han desplegado desde 2005. El primer intento de derrocar a Morales se produjo a principios del período 2006-2009; el segundo entre diciembre de 2015 y febrero de 2016; y el tercero en 2018.
Funcionarios del Departamento de Estado acreditados en Bolivia como Mariane Scott y Rolf Olson mantuvieron reuniones con altos funcionarios diplomáticos de Brasil, Argentina, Paraguay, Colombia, España, Ecuador, Reino Unido y Chile para que colaboraran en la organización de las acciones de desestabilización contra el gobierno y lideraran las denuncias de fraude en las elecciones, lo cual sería más creíble y genuino que si lo hace directamente EEUU o la OEA.
Poco antes de las elecciones, Evo Morales dijo tener pruebas de que algunos grupos de dirigentes cívicos y exmilitares preparaban un golpe de Estado para bloquear el proceso de cambio, lo cual deja al descubierto la profunda debilidad de la oposición interna, que no pudo recapturar el poder por los votos.

Van por el litio.
Una de las metas del plan diseñado por EEUU era fragmentar las instituciones armadas del Estado, principalmente a la Policía Nacional y las Fuerzas Armadas, lo que al final lograron. La tercera fase del plan, tras el golpe, es llamar a nuevas elecciones prescribiendo al MAS. Ni Carlos Mesa ni Oscar Ortiz, los contendores de Evo Morales en las elecciones, son quienes tienen la batuta.
El argumento de la oposición es el de la defensa de una sociedad occidental y cristiana en una cruzada de la fe, con reminiscencias de la conquista española por la cruz y la espada. Se apoya en el fantasma del comunismo como en la peor época de la Guerra Fría y pone en evidencia el racismo y el odio a los indígenas. Pero sus mandantes van por el litio, por los hidrocarburos, por todos los recursos bolivianos. (Extractado de Rebelión. CLAE).