Sensata recomendación para ser participante de un blog

Internet es un mar poblado de navegantes. Por momentos, mar de los Sargazos. En otros, mar Negro y también mar Caribe, pues no faltan piratas. Se puede abordar naves blogs, weblogs (bitácora digital, ciber diario, pues logbook es diario en inglés) para gozar de algún comentario o pensamiento y también para tentarse y escribir un comentario propio. O para rapiñar alguna genialidad ajena.
Quienes participan se comportan según su índole, su índole real, la que esconden al presentarse ante los otros con la imagen que suponen tener. Al lanzar su pronunciamiento resultan ser tan transparentes que el lector atento se desalienta y suele retirarse para no contaminarse. Ver la naturaleza real de tantos prójimos puede demoler las mejores esperanzas sobre progresos mejoradores de la especie a la que pertenecemos. En la Argentina actual esto es muy notorio cuando se trata de expresiones políticas, pues en ellas las personas que piensan distinto o solamente piensan, son conjuradas con denominaciones que las arrojan al mundo bestial del que la humanidad cree estar saliendo: sueña estar saliendo, hasta darse de narices con estas manifestaciones estimuladas por el anonimato. Y, se sabe, quien se comporta como bestia cuando puede hacerlo sin darse a conocer, nos propone un acceso libre a la vera efigie de su alma. El anonimato es una vacación que nos tomamos de la condición humana, tan arduamente construida.

Columna
Digo lo anterior y justifico este Dominicales por terminar de leer la columna semanal del pasado martes del escritor Rodrigo Fresán (argentino, desde hace años en Barcelona) en el diario porteño Página/12.
Fresán se presenta en esta columna como su alter ego Rodríguez, treta que lo libera de ciertas restricciones o lealtades que limitan la posibilidad de decir lo que viene en gana aunque moleste o hiera. En este caso da cuenta de algo que Rodríguez encuentra en su ordenadora (así le dicen allá a la computadora): un blog del escritor español Sergio del Molino que éste titula “Guía para comentaristas ofendidos y mojigatos”. Cuenta del Molino que se ha puesto en la tarea en un asueto “ante el tedio y la vergüenza ajena que producen muchos tuits y comentarios enfurecidos en Facebook, en periódicos y blogs, y con la esperanza de contribuir a un Internet más silencioso y confortable”. Propone un decálogo que valdría la pena transcribir completo. Ante la imposibilidad de mi espacio, diré algo que oriente al lector.
Expresa el deseo de que el autor de comentarios (comments) empiece por asegurarse de haber entendido el texto que le enfada y agrega cómo hacerlo: leer atentamente hasta el final, releerlo bisbiseando y no desistir hasta tener la certeza completa de haber entendido bien cada frase. Luego (2) repasar todos los aspectos connotativos del texto que se propone comentar, para lo cual debe saber algo de figuras retóricas y de los conceptos de ironía, parodia y doble sentido. Un buen bachillerato (3) ayuda a evitar comentarios estúpidos.
“Y sentirse aludido”, dice en 4, “sin que medie mención o señalamiento es propio de paranoicos. Pregúntate: “soy un estúpido o un paranoico”. Y puede ser (número 5 de la Guía) que esta altura “te estés preguntando si te estás enfadando por una guilipollez que ni te va ni te viene”: “La respuesta correcta en el ciento por ciento de los casos es sí”.

Adelante
Si decides seguir adelante con tu cabreo “adelante. Nihil obstat, imprimátur” (6).
En este punto (7) puedes adoptar dos actitudes: “la del mongolo cabestro, gritón y anónimo” o “la del polemista con ánimo de discutir”. Lo primero tiene mucho éxito, lo segundo demanda unas capacidades que no están al alcance de todo el mundo. No obstante le recomienda discutir. Y se puede discutir desde el anonimato si se tiene “alguna razón sensata para no dar la cara y escribir como un cobarde de mierda”. Si das la cara, asegúrate de que lo que comentas por Internet puedas defenderlo en cualquier foro público (8). “Las opiniones son respetables, lo que no quiere decir que no sean refutables… sólo las opiniones son respetables. Los exabruptos anónimos no son opiniones…” (9).
El punto décimo del decálogo pide respetar la ortografía. “Escribir con faltas de ortografía es como hablar escupiendo o como tirarse pedos en un restaurante o como cagar en la mesa de una oficina o como enseñar los genitales en un parque infantil a la hora de la salida del colegio… es fácil: recuerda lo que aprendiste en el colegio”.
“Está todo dicho”, es la expresión final de Rodríguez (Fresán). Es así y puede sospecharse que si este decálogo tuviese éxito, tanto o más que el de Moisés, el lector respetuoso se vería posibilitado de transitar la web apaciblemente, dedicado a entender y a repensar sus propios puntos de vista.
Jotavé