Ser mujer siempre ha tenido una desventaja

Señor Director:
Tengo por costumbre empezar mis notas por el título,, porque en ellas condenso la idea matriz que me ha llevado a comentar determinado tema. Rara vez he cambiado el título una vez agotados los caracteres que permite este espacio.
En esta ocasión empiezo por decir que la desventaja de que hablo no se refiere a una cuestión de género. Se refiere a una cuestión social, de cómo se ha estructurado la sociedad en el largo proceso que nos trajo hasta estos días, cuando presentimos que estamos al final de algo, sin saber qué es lo que concluye ni si habrá un después sobre cuya naturaleza podamos conjeturar.
Conocí esta cuestión social en mi propia infancia cuando el escenario dominante era la casa, los padres y los hermanos. Sobre esto escribí en Infancia en Santa Rosa, va para tres décadas. El centro de mi atención estuvo en la madre, sobre todo luego de la temprana muerte del padre. Ser testigo de cómo ella afrontó la pérdida del compañero (con un dolor que me hizo temer, en mis atentos quince años, que se comprometiese su razón) y luego con una reacción determinante de mi reconocimiento hacia ella, porque se hizo cargo de su nada pequeña tropa (siete hijos, uno de ellos de meses), sin casa propia ni pensión ni jubilación y la supo organizar como una suerte de equipo con el que pasamos sin mella los años duros. Pero no es solamente esto la experiencia personal que relato porque es de la que puedo hablar con conocimiento cierto. He visto y sigo viendo la peripecia de mujeres madres que repiten esa conducta en circunstancias tanto o más duras. Lo menos que cabe esperar ante esta conducta es que nos nazca el respeto y hasta la admiración por las que “se hacen cargo” como si respondieran a un mandato secreto que está inscripto en sus genes. La misma admiración que tengo por el varón cuando, ante una circunstancia similar, también “se hace cargo”, lo que supone cancelar proyectos propios para elaborar una nueva respuesta. Y la admiración por la pareja humana que quiere y puede hallar en su unidad la respuesta a las contingencias que depara la vida. No es que piense que todos los que no dan esta respuesta son traidores a algún mandato recóndito, cuando ellos, aun en la separación, hallan la manera de seguir cumpliendo el deber moral que nace de la indispensable participación de los dos sexos en el misterioso plan de la vida.
El tema que me motiva es el que llamamos femicidio, cuya intensidad y frecuencia crecientes es nuestra actualidad. Ya lo había sentido así cuando el caso de una niña de General Pico, cuyos restos aparecieron y permitieron descubrir al autor del crimen. Volví a sentirlo con el caso de Candela, tanto por el asesinato como porque puso en escena a personajes secundarios (los primarios eran la víctima y sus victimarios), que quisieron hacer de su papel incidental, un rol de espectáculo: periodismo, jueces, fiscales, policías, fenómeno éste que luego he visto repetirse a pesar de que ahora está claro qué es lo que importa, en este caso la muerte de mujeres a un ritmo de no menos de un caso por día, como sucedió en el pasado abril, aun sin tener en cuenta que no todos los casos llegan al periodismo. Lo sucedido en Villaguay, Entre Ríos, repetido ahora con lo de Loma Hermosa, partido de San Martín, cuya víctima ha sido Araceli Fulles, de 22, entre los cuales aparecen rasgos similares, pues parece que estamos ante un crimen cometido por un grupo de varones.
Vuelvo a la idea de la “desventaja” de la mujer, que no es de responsabilidad propia sino de cómo se ha estado estructurando la sociedad humana, colocándola en el lugar más expuesto, incluso por el papel que la naturaleza le ha asignado en el proceso de prolongación de la vida de la especie. Por eso es inteligente la reacción femenina, sobre todo cuando plantea un proyecto de igualdad de oportunidades, necesario para desmontar el escenario construido en el proceso de la vida asociada.
Atentamente:
Jotavé