Serán olvido así que pasen años

SEÑOR DIRECTOR:
Dos retos a la memoria se encuentra en la información de estos días finianuales: las lámparas eléctricas conocidas como bombillas (vulgo, bombitas) y las bolsas de polietileno.
Las bombillas estarán prohibidas en nuestro país a partir del 31 de diciembre de 2010, pero ya están viviendo un proceso de veloz desaparición. Los senadores acaban de dar sanción a la ley que prohíbe importar y comercializar lámparas incandescentes de uso residencial. Se trata de lo que el diccionario define como globos de cristal en los que se ha hecho el vacío y que llevan en su interior un hilo de platino, carbón, tungsteno, etc., que al paso de una corriente eléctrica se pone incandescente, y que se usan para alumbrar. En reemplazo de ellas entran unas lámparas con tubos, de bajo consumo. Greenpeace apoyó esta ley y el gobierno apuró el paso ante el riesgo de que la demanda de energía sobrepase la capacidad de provisión. Se estima el ahorro anual, solamente en el sector residencial, en unos 4200 GWh, casi el doble de la energía que produce la central Atucha I. Cuba está mandando más de cuatro millones de estas lámparas económicas, a cambio de alimentos y maquinaria agrícola. Se espera acelerar la producción local. De hecho, la gente se ha sumado al recambio en vista de la economía. O sea que la familiar bombilla se va por el mismo camino que han seguido tantas cosas familiares a generaciones: la carreta, la diligencia, el sulky, el mateo y el caballo de reparto en centros urbanos, por citar lo más reciente. Probablemente perdurará la vela, que saca de apuros en los cortes, aunque tiene reemplazo para muchos de los usos hogareños.
Las bolsas de polietileno se van por otro motivo. Son económicas y no existe alternativa más barata. Pero, duran demasiado. Tardan más de un siglo en descomponerse en sus elementos y, cuando son quemadas (como sucede en los basureros), afectan al ambiente y contribuyen a deteriorarlo. Además, su presencia en el paisaje suburbano y en los caminos, es desagradable y denuncia la despreocupación de los usuarios. Todavía no se sabe qué las reemplazará. Se piensa en envases no contaminantes, biodegradables, de modo que se espera en un retorno de papeles y cartones, así como de bolsas de hilo o de fibras. Hablan de la vuelta de “la bolsita de las compras”, pero esto no parece que vaya a andar en los supermercados, donde se compra en cantidad. Algunos de estos almacenes ya tienen servicio de envíos de domicilio cuando la compra supera ciertos márgenes.
En mi memoria están estampados sendos recuerdos. Uno, es el asombro del niño que yo era cuando mi familia pasó de una casa iluminada con lámparas, faroles y velas, a otra en la que terminaban de poner unos cables toscos, no embutidos, que remataban en esa maravilla que se hacía luz o se hacía sombra con solamente apretar una perilla. El segundo recuerdo pertinente corresponde al paisaje de las orillas de un lago sureño, donde flameaban bolsas de polietileno que habían sido rescatadas del viento por el asilo de arbustos y alambrados. La evocación de aquella sorpresa y desagrado incorpora las repetidas imágenes de la salida (o la entrada) a los poblados, cuando uno va de camino por las rutas principales: esos basureros humeantes, que parecen vomitar bolsas de plástico, ofreciéndolas a la impiedad de los vientos. Hay, además, una escena de playa atlántica, surcada por la marcha disparatada de estos envases. Es cierto que la gente fue aprendiendo a recoger su basura y a colocarla en los depósitos ofrecidos, pero en algunas playas he asistido a la acción de brigadas de voluntarios que recogían residuos y perseguían a las volanderas bolsitas.
Hace mucho ya que se fueron “los últimos gauchos” y tantas imágenes que parecían estar consignadas a eternidad. Tenemos la ilusión de ser espectadores de esta mudanza, sin caer en la cuenta de que también nosotros estamos siendo mudados.
Atentamente:
JOTAVE