Servicio que no se presta pero bien que se cobra

Es sabida la enorme difusión que han pasado a tener entre nosotros las tarjetas de crédito y débito, tanto por la facilidad de financiamiento que permiten las primeras como por el hecho de evitar la portación de grandes sumas de dinero. Esas ventajas no son, en modo alguno, generosidad de las empresas que las otorgan, ya que las mismas cobran un interés -muchas veces cuestionado en su porcentaje- y un gasto por su administración, además de prever otros aspectos que hacen, en definitiva, a la seguridad del recupero del dinero que financian y al resguardo de sus ganancias. Uno de los servicios por el que se cobra una costo fijo al cliente es el de la entrega de los resúmenes de cuenta mensuales en papel en el domicilio. Si esa suma se multiplica por el número potencial de clientes arroja cifras siderales, sin riesgo alguno. El procedimiento forma parte de “las reglas del juego” y aparecería como incuestionable si no fuera por un detalle tan singular como molesto: el cobro de ese canon no se efectiviza en la prestación del servicio anunciada. Y esto más allá de que ahora se quiera imponer, y se está masificando, el uso del resumen electrónico.
Son numerosas las quejas y los casos denunciados en la ciudad sin que haya habido mejora alguna al respecto. Situaciones ha habido, en que quienes solicitaban vía telefónica, al dirigirse a alguna promocionada sección de reclamos de la casa central de un banco o una firma del sector, han tenido por toda respuesta la indicación de dirigirse a otro número telefónico, donde nadie responde. Lo mismo ocurre para los reclamos por carta, que quedan sin respuesta. La excepción -que evidencia la posibilidad de corregir esta falencia- la marca uno de los supermercados locales, quien atiende esas irregularidades y las soluciona con descuentos en los resúmenes venideros.
Este mal servicio parece ser un rasgo frecuente, paradójico en la tan promocionada “atención personalizada” que merece el cliente de cualquier empresa, más allá de su tamaño y el rubro en que gire.
Una variante de ese abuso a los usuarios ocurre, también, con una conocida tarjeta de crédito, mayoritariamente atendida por el banco pampeano: sus resúmenes mensuales rara vez llegan a tiempo con relación a la fecha de vencimiento. En varias ocasiones se han acercado quejas a esta redacción en ese sentido, con el agravante de que, en el orden local el banco culpa al correo particular que distribuye las facturas y éste, por más que promete controlar y mejorar, continúa en la misma morosidad, alegando a veces que es la casa central emisora de las tarjetas la que no envía los resúmenes en plazos lógicos. El resultado final, en esta suerte de juego del Gran Bonete, donde nadie se hace responsable, es el perjuicio para el cliente, que se ve obligado a pagar fuera de término, con los problemas del caso. Y no se trata de lapsos de poca significación: algunos de los -con razón- quejosos clientes señalan que la situación lleva un par de años, lo que es una vergüenza, además de un descrédito para la entidad local.
Aunque existen leyes de defensa al consumidor para quienes resultan perjudicados en casos como los señalados -y últimamente se han sancionado otras dignas de ser tenidas en cuenta- el cliente juzga que los reclamos que puede hacer no valen el tiempo que invertirá en los mismos, máxime con el evidente desinterés con el que atienden algunas empresas. Lo que reproduce el abuso.