Si el chico de 14 años es distinto y cómo así

Señor Director:
En estos días el gobierno nacional ha instalado el tema de una posible o necesaria disminución de la edad de imputabilidad de los 16 años actuales a 14 (menores de ambos sexos).
Es posible que, como dicen voceros de la oposición política, el tema haya sido puesto en la expectativa pública con motivo del año electoral. Lo cierto es que el propio ministro de Justicia y Derechos Humanos ha dicho que se quiere poner el tema en debate, pero que todo cambio deberá hacerse por ley y “en base a conceptos de Unicef y todo el arco público”.
La referencia a Unicef suena singular en el caso, porque este organismo de la ONU se ha manifestado en contra de dicha medida.
He leído manifestaciones del “arco público”, en particular del sector político de oposición. No he hallado opiniones favorables a ese tipo de medida, pero sería ingenuo desconocer que no es poca la gente que tiende a creer que hay que encarcelar a los delincuentes, incluso a los de 14 años o, en el mejor de los casos, instalarlos en institutos especiales diferenciados de las cárceles.
La ley penal juvenil vigente no excluye la detención y retención de menores de 16 años. Impone penas de restricción de la libertad a todos cuantos violen la ley. También hay normas de protección y promoción de los derechos de niños y adolescentes.
Dejo el debate legal a los mejor informados. Me he detenido a pensar, por haberla leído, en la afirmación de que el niño de 14 años de edad de hoy es diferente al de tiempo atrás. Es decir, que ha cambiado. Creo que efectivamente ha cambiado. Su cosmovisión no es la de algunas décadas atrás. Y sigue cambiando, como puede observar cualquier adulto que intente entender la conducta de sus niños y de los menores de su entorno. No me asocio, en cambio, al pensamiento de que este cambio es regresivo, porque sé que el mundo (la sociedad humana) cambia regularmente. Creo que vivimos un momento de aceleración del cambio, tema que he comentado con frecuencia. Lo que infiero es que el cambio que notamos probablemente es la manera que tiene la generación joven para adecuarse a lo que está viniendo y que la mayoría de los adultos no veremos en su plenitud. Creo que los cambios de los niños y de los que ingresan a la adolescencia son equivalentes por sus causas a los que se manifiestan en la mujer con respecto a la posición que ha tenido en la sociedad, juzgada como de desigualdad de opciones o negación de algunos derechos humanos (principalmente el de la igualdad). Asistimos diariamente a episodios trágicos que tienen relación con este cambio de la mujer. Los femicidios, por lo menos su incremento, dan cuenta de la reacción que este hecho provoca en personas del otro sexo. Sin embargo, lo que se llama empoderamiento femenino es, a la vez, el resultado de cambios importantes que se han producido en la sociedad. Si alguna vez pudo explicarse la desigualdad por singularidades de la etapa histórica por la que pasaba la humanidad, ellas ya han sido reemplazadas por otras que hacen casi natural que la mujer avance hacia el desempeño de roles que se reservaba el varón, ya sin justificación, como es el caso el vigor físico, que prácticamente ha dejado de pesar para las ocupaciones actuales. Ignoramos hasta dónde seguirán estos cambios, pero no puede sorprender que el que está entrando en la vida adulta modifique o adecue algunos tipos de comportamiento.
En el caso de menores que delinquen no se puede omitir el estado de la estructura social, con creciente desigualdad económica ni puede desconocerse la vida en barrios marginales y la frecuencia de los casos en que el menor delincuente tiene su propio deus ex machina en un adulto, incluso de algunos responsables de la seguridad pública. Si se tiene conciencia histórica puede verse la similitud de las reacciones ante la abolición de la esclavitud y el trato al aborigen. Todo cambio genera resistencia y no toda resistencia es justa.
Atentamente:
Jotavé