Si hay final abierto para contradicciones

Señor Director:
En la filmografía reciente (aunque no exenta de precedentes en la literatura) suele sorprender que el drama no concluya, que el cine no dé una respuesta.
A esto se le llama “final abierto”, cuya razón de ser no está siempre clara, puesto que puede deberse a que el guionista sincere su propia perplejidad y opte por incitar a que sea el espectador quien tome una decisión al respecto. También puede ser una estrategia para hacer de la perplejidad del espectador un atractivo adicional, sobre todo si motiva que cada uno debata consigo mismo o con un grupo qué respuesta daría y se vea forzado a dar las razones de su elección. Sería ésta una manera de cambiar la tendencia de no pocos espectadores a no complicarse en explicaciones propias, por tomar la propuesta como “natural”. O por evitarse la incomodidad de pensar.
Hace un momento, mientras leía un artículo de Jorge Majfud, que escribe desde Estados Unidos, me encontré con que, al final de su escrito sobre un aspecto del momento actual en aquel país, dice lo siguiente: “Sólo cabe esperar algo peor. Nuestro tiempo presenciará la lucha entre la Ilustración y la Edad Media. A largo plazo no sabemos cuál de las dos fuerzas vencerá”.
Majfud, hasta donde lo he leído, se pronuncia por la Ilustración, lo que no impide que admita la duda acerca del vencedor final. No considera la alternativa de este no saber, pues si bien puede haber un vencedor y un perdedor, también puede ser que la trama del acontecer en la sociedad humana prolongue esa puja sin provocar definición. ¿Acaso no es éste el planteo de la antigua oposición entre el Bien y el Mal, Dios y el Diablo? Dado que el futuro es casi flatus vocis, palabras sin objeto correspondiente, algo conjetural, la definición del conflicto no llegaría nunca. La existencia humana se reduciría a esa lucha, a esa agonía, en la cual tomaríamos partido según nuestra índole y nuestras opciones.
Hubo un pensador, Juan Bautista Vico, que dejó dicho que la historia (el relato del acontecer humano) revela un ir y un retroceder, que sin embargo no genera ciclos repetidos porque cada uno de los momento ha incorporado alguna novedad. El corsi e ricorsi de Vico no califica de estéril el empeño de quienes libran combate por sus creencias y si bien los ciclos pueden prolongarse al infinito el empeño de los luchadores no sería estéril. De todas maneras el final seguiría abierto, como invitando a que cada uno se acepte como agonista del acontecer. Esto pasa porque no tenemos manera de conocer el futuro, porque aún no es ni dependerá solamente de nuestra voluntad.
Es posible que quienes, ante el acontecer actual, que no se da solamente en los Estrados Unidos sino que se configura como un rasgo global, hallen dificultad para mantener su voluntad de luchar por lo que creen y quieren, pero no es ésta la actitud de nuestra especie, como se puede observar con relación a la certidumbre de la muerte individual. A pesar de saber que hagamos o no hagamos, luchemos o no por un ideal, la parca cortará nuestro hilo en algún momento, justificamos el existir al luchar por lo que consideramos verdadero o justo o siquiera digno como la manera de darle contenido valioso a nuestro estar aquí. Hemos llegado a decir, incluso, que una manera de digna de afrontar la muerte tiene el poder de honrar todo el existir (un buen morir toda la vida honra).
Se ve la confirmación de este modo de entender el proceso histórico porque si bien en este momento de los Estados Unidos (y no solo allí) hay quienes se expresan como la contrafigura de la política triunfante y salen a la calle, manifestándose y exponiéndose. Aunque también es real el retorno del Ku Kux Klan, ahora sin taparse el rostro, para ensayar otra vez el exorcismo de matar al otro, sea negro, o latino o árabe o gitano. Previamente los piensan como depositarios de la culpa, del pecado y, al mismo tiempo, se asumen como los únicos dignos de existir.
Atentamente:
Jotavé