Si hay un solo ambiente propio del cambio anual

Señor Director:
Si bien las jornadas de cambio de año transcurrieron con la habitual diversidad de situaciones en el mundo, en el país, la ciudad, el barrio, la casa propia, parece posible decir que esta vez el tránsito ha sido menos traumático.
Hubo, es verdad, el casi habitual hundimiento de un transbordador entre las islas de extremo oriente, el nada infrecuente atentado terrorista en Turquía (esta vez en la capital, Estambul, en un boliche de clases altas, con un tirador solitario que acabó con medio centenar de vidas) y también en Bagdad, Irak. No los hubo en Europa occidental ni América. Gran parte del territorio de Siria (donde la guerra ya lleva cinco años) tuvo el regalo de un cese del fuego que comenzó a cumplirse sin mayores alteraciones; oímos que Kim Jong-un, gobernante de Corea del Norte, anunciaba que su prometido misil de largo alcance “se encuentra en su fase final”; escuchamos al nuevo secretario general de las Naciones Unidas, el socialdemócrata portugués Antonio Guterres, al asumir el cargo que ocupará durante cinco años (si todo anda como se quisiera), invitando al mundo a hacer de la paz “nuestra prioridad, nuestro objetivo y nuestra guía”. Y que en las inmediaciones de San Pablo, Brasil, un hombre puso una marca muy alta en ocasión de femicidio, matando a no menos de trece personas: su ex mujer, su hijo, varios parientes y cerró el episodio con su suicidio. Que en La Pampa ya se han quemado unas trescientas mil hectáreas de pastizales y caldenales y que en Santa Rosa pasamos la nochebuena y el puente entre dos años atentos al grado de cumplimiento de la prohibición de los fuegos artificiales, que tienen también la calificación de juegos que hacen abrir la boca a personas de toda edad y provocan el pánico de todo perro que no haya perdido la capacidad de escuchar…
El conjunto de estos sucesos constituye el cuadro dominante en la información de los medios y en la charla de los vecinos.
En mi caso, me sumé a quienes tenían interés por ver cómo resultaba eso de prohibir los fuegos artificiales (tentación a la que cedí en momentos de mi pasado), Sin hacer otro censo que el de los estallidos y luminarias que se producían en el alcance de mi vista y oído, me dije, en ambas noches, que, si bien hubo desacatos, lo perceptible fue marcadamente menor que en años anteriores. Quedó claro que quienes han hecho de la pirotecnia el objeto de su comercio, observaron una conducta similar, con transgresiones más o menos desafiantes, hecho que supone que de parte del vecindario hubo una disponibilidad de personas aferradas a la idea de que sin ruido ni estallidos se falsea el espíritu de estas festividades.
Este recuento, en particular en lo que hace a transgresiones (venta, compra y uso), dejaría un saldo favorable si juzgamos con tal ánimo a quienes se han atenido a la propuesta municipal. Lo digo así, porque la ordenanza vigente de alguna manera, intencional o no, conllevaba una invitación al vecino a entender las razones del legislador. Es pensable que, de mantenerse la norma en su intención de erradicar esta costumbre, con señales claras de que fue sancionada por juzgarla necesaria y conveniente, el número de infractores disminuirá paulatinamente.
Hay otros protagonistas de este drama bastante general de controlar y eventualmente eliminar la pirotecnia en sus rasgos peligrosos. Por un lado, están las probables víctimas humanas. Además, habría que tomar en cuenta a los perros. Dado que hemos logrado, como especie, que se conviertan en acompañantes complacientes y hasta útiles, los canes sufren ciertamente y algunos, al entrar en pánico porque su capacidad auditiva no soporta tanta intensidad de sonido, huyen hasta agotar sus fuerzas, enloquecidos. El “noble amigo”, la “dócil mascota” (calificación ésta que lo cosifica), no espera por cierto una explicación. Ellos, los canes, viven un presente continuo.
Atentamente:
Jotavé