Si la verdad es cosa a enseñar o por buscar

Señor Director:
Días atrás la Suprema Corte de Justicia escuchó opiniones sobre si la enseñanza religiosa que ha sido impuesta en las escuelas públicas de Salta viola o no principios constitucionales´.
La Corte escuchó a quienes han planteado la inconstitucionalidad, así como a los representantes del gobierno salteño, que defendieron la ley aunque reseñaron cambios que ellos han introducido en su forma de aplicarla.
En otras columnas daré cuenta de esta audiencia y expondré algunos rasgos del problema (Caldenia, domingo 17-9).
Traigo el tema a esta nota por algunos pensamientos de los que el escritor Guillermo Saccomanno expuso recientemente ante un grupo de docentes. En esa ocasión, dirigiéndose en particular a los maestros, dijo que se supone que ellos deben transmitir a sus alumnos no la enseñanza de la verdad sino su búsqueda, porque lo que el docente enseña no son respuestas sino preguntas.
Si enseñar es lo que dice Saccomanno y la religión propone conocer la “verdad revelada” por una deidad, los maestros tendrán todo un problema si lo que a ellos corresponde no es enseñar respuestas sino formular preguntas. Si, como también dice el novelista, la educación no consiste en enseñar la verdad sino enseñar a buscarla, ¿qué actitud debe adoptar el docente cuando lo que debe enseñar es una “verdad” fuera de toda discusión, dado el supuesto de que quien la ha revelado es un ente con facultades sobrehumanas y no puede equivocarse ni tener intención de inducir al error . Es omnisapiente y es bueno o, mejor dicho, es el Bien. En esa situación, no habría nada que buscar y la misión del docente, como la del sacerdote, consistiría en presentarla y convencer de que la única actitud posible es la de asimilación de lo que se ha revelado para condicionar toda la conducta personal a este saber absoluto y final. Bien se puede ver que no se trata de un problema de la constitucionalidad de una ley provincial sino de tratar de acomodar la conducta personal a lo que es revelado a los discípulos. Nada habría que buscar: solo se trataría de condicionarse personalmente para no vivir en pecado.
Parece inapropiado al saber específico de los integrantes del más alto tribunal de justicia someterles un problema que no consiste en interpretar una ley ni su relación con los principios constitucionales adoptados por la nación.
Lo que ha propuesto Saccomanno en su disertación tampoco es tan original, puesto que es el tema que se debate en el terreno de la educación desde hace ya bastante tiempo. Nuestro novelista coincide con las direcciones que ahora procuran predominar para cambiar aspectos importantes de los planteos básicos de la profesión docente. Prácticamente todas las experiencias que se vienen realizando suponen la superación de la figura del “dómine empecatado y déspota”, expresión ésta que ha sido gestada para hacer referencia a un docente que llegó a ser tradicional y que se presentaba ante los discípulos munido de la facultad de disciplinarlos, incluso con castigos físicos, a partir de la idea según la cual “la letra con sangre, entra”. Y aun sin llegar al extremo de este “dómine” y de su facultad disciplinaria, tampoco hoy la representación del docente consiste en suponer que él es portador de todo el saber necesario o conveniente y que basta la clase magistral, sin lugar a preguntas ni repreguntas, para dar por cumplida dicha misión. En general, la tarea constante por actualizar la docencia tiende a presentar al maestro como alguien que viene en nombre y representación del saber existente para presentarlo y referir cómo se llegó a ese saber y su provisoriedad, porque la historia de la ciencia lo que realmente muestra es la caducidad frecuente de lo que se tenía por verdad y cómo, cada paso adelante que creemos dar, nos trae la certidumbre de lo que lo que ignoramos y sabemos que ignoramos crece exponencialmente luego de cada avance.
Atentamente:
Jotavé