Si los de mil hubiesen atraído a Viejo Gómez

Señor Director:
La pregunta del título se origina en la noticia del pasado sábado, que daba cuenta de la próxima aparición de los billetes de mil pesos moneda nacional. Y la consiguiente decadencia de los de cien, hasta hace poco líderes.
El antecedente data de los años 30, cuando la crisis internacional conmovió toda la estantería del sistema económico imperante en Occidente y se sintió con fuerza en el Buenos Aires de l929, cuando gobernaba Yrigoyen, y en la década siguiente, luego del golpe militar que inició el penoso y duradero proceso de inestabilidad institucional. Según una versión el Viejo Gómez era un asesor de Uriburu, el presidente golpista que sucedió a Yrigoyen.
Por entonces lo cantaba Tita Merello. Eran sus autores Ivo Pelay y Francisco Canaro, letra y música, con ritmo de ranchera.
Lo llamativo para nuestro tiempo es que el “mango” por el que pregunta Pelay era el peso moneda nacional, que había perdido valor. Había sido vaciado. La letra parece dar cuenta de la angustia de alguien que venía del tiempo en que el peso servía para comer (morfar), por lo que puede pensarse es que Ivo Pelay no buscaba justamente un mango sino que quería saber qué había pasado con él hasta el extremo de habérselo visto ingresando en la lista de “desaparecidos”.
Tita cantaba en el Maipo, con su gesticulación característica y su tono arrabalero: “Viejo Gómez vos que estás /de manguero doctorao / y que al mango descubrís / aunque lo hayan enterrao / definime, si podés, /esta contra que se ha dao, /que por más que me arremango /no descubro un mango /ni por equivocación, /y por más que la pateo /un peso no veo en circulación”. Y seguía, acelerando el decir: “¿Dónde hay un mango /viejo Gómez? /los han limpiao /con piedra pómez…”.
También ahora, en nuestro tiempo y desde la crisis general de 2008, el peso se ha vaciado y no es raro verlo olvidado a su doble (dos pesos) en algún cajón de la casa, tan venido a menos en su valor y su aspecto. Nada digamos de las monedas metal. Están ahí como están los finados en el velorio. Presencias ausentes, si cabe el oxímoron.
Hace poquísimo hasta el de cien, que tuvo un reinado si se quiere prolongado dentro de los vaivenes de nuestra moneda, ha perdido prestancia. Tanto que sus sucesores recién aparecidos, hasta el de 500, ya no ponen próceres sino seres de nuestra fauna, lo que puede pensarse como expresión de respeto. O vergüenza.
Que ahora se anuncie la aparición del de mil pesos no impresiona salvo como medida de la velocidad que va alcanzando el actual proceso de la desvalorización o, por mejor decirlo, de la aceleración del proceso inflacionario, fenómeno que anula la apariencia de la moneda circulante, que algunos tienden a creer que tiene un valor por sí misma cuando siempre vale por lo que puede comprar. Se dice, incluso en nuestros días, que las Lebacs (Letras del Banco Central) hacen de aspiradoras de la decaída moneda papel, cuando lo que protagonizan es lo que los expertos llaman “la bicicleta financiera”, porque no han permitido aumentar la disponibilidad de dólares debido a que ni hubo hasta ahora la anunciada “lluvia de dólares” y los que hay aceleran su marcha hacia los paraísos artificiales, al tiempo que enriquecen en tiempo record a los especuladores, muchos de ellos efímeros visitantes.
No hace tanto que pasamos por una experiencia parecida, que se ha repetido en el escenario nacional. Los de a mil, por aparecer, corren el riesgo de impresionar por poco tiempo. Lo que cabe desear con fervor es que no lleguemos a imprimir los de millón para repetir la experiencia de la Alemania de entreguerras.
El Viejo Gómez de nuestros días puede ser también alguno de los asesores financieros. Lo cierto es que la moneda corriente pierde entidad, porque hasta los “giles” empiezan a entender que lo que hay que hacer es lo difícil: parar la inflación, hacer que el salario no pierda poder de compra con tanta premura.
Atentamente:
Jotavé