Si los ríos volverán a ser una realidad en el oeste

Señor Director:
De pronto ha tomado forma la posibilidad de que el trazado del curso de agua que atraviesa La Pampa en diagonal sea algo más que un dibujo para la nostalgia.
Lo primero que se siente ante las noticias que generan tal expectativa es el reconocimiento a quienes no se resignaron ante la paulatina y, en el parecer de muchos, quizás definitiva ausencia del fluir del Atuel y del Salado, la presencia de las grandes lagunas del sudeste y la de ese Curacó que cierra el itinerario de tales aguas en el Colorado. Al cabo, este Curacó ha venido a desempeñar un papel protagónico por la eficacia de la advertencia que se hizo de que ya La Pampa no pondrá tapón alguno que evite que la salmuera afecte gravemente a un Colorado que es importante también para Río Negro y principalmente para Buenos Aires.
Quedó advertido que, de no iniciarse un proceso de integración de esfuerzos para que haya equidad en el aprovechamiento de las aguas de la vasta cuenca del desaguadero, el Curacó se encargará de demostrar que La Pampa es un eslabón necesario y se asume como el medio para que todas las provincias de la cuenca adviertan y admitan que las divisiones políticas no deben modificar lo determinado por la naturaleza. El Curacó, al cabo, vino a mostrar que es el as de espadas que el proceso natural nos reservó para el caso extremo de un acoso que prolongase nuestro papel de pariente pobre de las provincias originarias y de Río Negro, beneficiada esta última por disponer de un curso de agua caudaloso que si se comparte, será también “para el bien de todos y para mal de ninguno”.
Decía que es el momento de reconocer el papel de los pampeanos que no aceptaron que esta provincia estuviese condenada a funcionar como patio trasero de las arribeñas y como algo molesto para la gente de Buenos Aires y Río Negro. De tales nombres, algunos están en mi memoria, pero soy consciente de que ellos solo protagonizaron momentos de una resistencia que debe ser pensada como pasión secreta de quienes vivieron y sufrieron la pampa seca sin renunciar a la esperanza. Que no han sido todos los pampeanos, sino solamente los oesteños y los pocos que, instalados en la franja oriental, entendieron que el destino de esta provincia depende de asumir el drama del oeste y se obstinaron en señalar ese rumbo como decisivo para nuestro futuro. La parte fértil de La Pampa fue poblada desde Buenos Aires y por eso la obsesión de las generaciones iniciales fue la de mirar hacia el este, hacia el puerto y, por esa vía, hacia el mundo desarrollado, con más voluntad de sumisión que de imponer el reconocimiento de una participación equitativa.
Digo lo anterior sin que dé por matado el oso ni vendida su piel. Lo que ha sucedido en el curso de este año es el fruto de los que aprendieron a mirar hacia el oeste, a contramano de la tendencia dominante (aún en nuestros días). Lo que se ha hecho ahora es clavar las señales en los lugares correctos, nunca desconocidos pero largamente eludidos o demorados en atención a otros intereses. Ahora se abre una etapa de negociaciones que no carecerá de dificultades y que podrá conocer otros momentos de desánimo, pero que ha marcado a fuego que La Pampa habla desde su disposición para la igualdad y la solidaridad. Puede que no todos lo adviertan, pero también hemos actuado para reivindicar el reclamo de igualdad y de solidaridad para el desarrollo integrado de todo el territorio nacional, pues ya llevamos demasiado tiempo soportando desigualdades notorias, algunas de las cuales se acentúan en estos días por la debilidad de la integración de lo que hemos llamado Mercosur y Unasur, que deben retomar su impulso integrador para completar la demorada verdad de la independencia.
Suele decirse que “todo está en todo” y tal es la idea que vertebra este comentario. Todo estaba en la idea de la independencia política, pero la desigualdad colonial se ha prolongado excesivamente.
Atentamente:
Jotavé

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