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Si no sos del primer decil, con Macri no existís

Lo dice la realidad, pero también las estadísticas del Indec: a los únicos que les va bien con Mauricio Macri son a los muy ricos. El primer decil se lleva el 32,6 por ciento de los ingresos y vive muy bien. El resto apenas sobrevive.

SERGIO ORTIZ

Los números del Indec hacen pelota el relato macrista, ya triturado por la realidad. Si en 2017 el decil de mejores ingresos se llevaba el 31 por ciento de los ingresos, en 2018, ajuste mediante, su porción aumentó al 32,6. Y en otro rincón de la sociedad, el decil más pobre, apenas detente en 2018 el 1,6 por ciento, cuando antes tenía un cachito más, 1,8.

Estas estadísticas hay que tomarlas como punto de referencia, no al pie de la letra. Es que incluso al interior del decil más rico, hay gente que se va para arriba y otros que retroceden.

Así lo indican los balances de grandes empresas. Varias están ganando menos y algunas han perdido en 2018 respecto al año anterior. Molinos Cañuelas, Arcor, Molinos Río de la Plata y Mastellone tuvieron números en rojo por 2.620 millones de pesos, 1.876 millones, 2.191 millones y 2.346 millones respectivamente.

Incluso los estados contables de la siderúrgica Techint van a reflejar la recesión macrista y el parate económico, aún tratándose de un pulpo que tiene 20 plantas en 18 países y que no depende de lo que ocurra en nuestro país. La limitación de los subsidios que hasta ahora embolsaba del Estado en Vaca Muerta, por medio de Tecpetrol, debe haber acentuado el mal humor de Paolo Rocca para con el gobierno de Cambiemos. Y eso que está lejos de perder sus posiciones como el mayor multimillonario local en el ranking mundial, donde figura con una fortuna 4.300 millones de dólares.

Cuando habían transcurrido los primeros dos años del gobierno de Macri, luego inmortalizado con las estrofas del Hit del Verano, el famoso MMLPQTP, se popularizó la verdad de un gobierno de ricos, para los ricos. Ya en tránsito a completar sus cuatro años de desastroso mandato, se puede puntualizar que gobierna para los muy ricos.

Aquellos balances contables identifican a los ganadores del modelo. Son los bancos, en primer término, cuyos resultados en 2018 mejoraron 76 por ciento, y las energéticas, que lo hicieron aún más, 125 por ciento. Éstas cuentan entre sus propietarios y controlantes a amigos y socios presidenciales como Nicolás Caputo y Marcelo Midlin.

Esas brechas en el sostén de clase del gobierno también existen entre los grandes propietarios y exportadores del sector agropecuario, que fueron los padres de la criatura-monstruo, concebida en su lock out patronal de 2008. Últimamente hasta los dirigentes de la nunca enterrada Mesa de Enlace Rural se quejaron amargamente de su realidad, un tigre que por supuesto no es tan overo como lo pintan.

Los recambios.

Esos balances empresarios pueden tener una consecuencia electoral en octubre. No todos los que sienten afectados van a adoptar el temperamento macrista y conformista del ex presidente de la Unión Industrial “Argentina”. Héctor Méndez dijo que “este gobierno fue un fracaso rotundo, las mentiras que ha utilizado el Presidente hace que todo pierda valor. Tenía otra expectativa de este gobierno y me equivoqué fiero. Me arrepiento de haberlo votado”. Pero, en vez de apostar a un cambio, Méndez concluyó: “sin duda es el peor equipo de los últimos 50 años. Sin embargo en un balotaje entre Cristina y Macri votaría a Macri”.

Otros empresarios, en cambio, comienzan a otear nuevos horizontes, no en principio por el lado de CFK sino por candidatos que naveguen en aguas centristas entre los dos que más chances tendrían, según las encuestas.

Esa luz de esperanza para Sergio Massa y Roberto Lavagna, en vez de aumentar sus acuerdos para explotar esa “tercera vía”, parecen haber generado más cortocircuitos. El exministro de Economía hasta 2006 tuvo declaraciones muy despectivas hacia Massa, atribuyéndole estar en un armado partidista y peronista, mientras él se ufana de buscar un frente de más amplitud donde a ese color justicialista quiere añadirle radicales, socialistas y otras agrupaciones.

Por su parte el exintendente de Tigre confirmó su candidatura presidencial y lanzó una serie de propuestas generales que supuestamente superarían el fracaso del gobierno actual y mejorarían la vida de los argentinos.

Además Massa lo corre a Lavagna con el argumento democrático de que quien aspire a ser el presidenciable de este sector opositor debe ganar la competencia interna de las PASO, un requisito que su adversario rehuye. No quiere correr en el barro con sandalias…

Como sea, con esas zancadilla recíprocas, estos dos precandidatos (Lavagna ni siquiera ha confirmado que competirá en octubre) aparecen como opciones para los defraudados por Macri. Pueden ser más o menos atractivos para el espectro empresario nucleado en la UIA y otras cámaras patronales. Son sus prioridades, más claramente son la prioridad para el exministro de Economía, de sintonía fina con Techint y la plana mayor de la Unión Industrial, aunque allí también moja Massa. Con él milita otro expresidente de la entidad, el vasco De Mendiguren, diputado del Frente Renovador.

Los otros candidatos que aparecían poco tiempo atrás dentro de estas opciones de centro-derecha travestidas como opositoras, como Miguel Pichetto y Juan M. Urtubey, vienen perdiendo aire y quedan bastante atrás.

El problema de todos ellos, incluyendo a quienes lucen mejor en las encuestas, o sea Massa y Lavagna, es que ninguno goza de popularidad por abajo, entre los realmente damnificados y afectados por el ajuste macri-fondomonetarista. Una forma de medir esa falta de sintonía se vio el jueves 4, cuando decenas de miles de trabajadores, desocupados, cooperativistas y Pymes marcharon contra el ajuste. Reclamaban por trabajo, mejores salarios y reactivación económica.

Los dirigentes de la CGT burocrática, como Héctor Daer, se pueden referenciar en Massa o Lavagna, pero apenas marcharon unas pocas cuadras y se borraron. Tienen temor al reclamo de las bases de un paro general activo, que vienen demorando desde la última vez, el 25 de septiembre del año pasado.

¿Y Cristina?

Si bien el grueso de los manifestantes del 4 de abril no son todos kirchneristas ni todos apuestan a la candidatura de Cristina, se sienten más próximos a esta idea. Los gremios de la Fuerza Sindical por el Modelo Nacional, los de la Corriente Federal, las dos CTA, las entidades de la Ctep y las del universo de Pymes, más unos cuantos gremios de la CGT, cuyos afiliados y no afiliados son las víctimas mayoritarias del ajuste -vía suspensiones, despidos, atraso salarial, inflación y tarifazos – tienen más sintonía con un candidato o candidata que se plante con más firmeza ante Macri.

Y en ese imaginario colectivo, esa figura no es otra que Cristina Fernández de Kirchner. Esa idea se basa en algunas buenas medidas que ella tomó siendo presidenta, en la percepción de que es víctima de denuncias y persecución judicial al igual que su familia (particularmente hoy su hija Florencia), en sus discursos en el Senado sobre temas varios, etc.

Ese público trabajador y nutrido por sectores populares también lee encuestas y ve allí que Cristina podría ganarle a Macri. Y se ilusiona con esa posibilidad.

Naturalmente que ese no es un resultado cantado ni asegurado. Ese público también sabe, y lo remarcan las encuestas, que la expresidenta tiene un alto porcentaje de imagen negativa, o de gente que no la votaría, un segmento muy envenenado por las campañas de Clarinete durante años.

También es notorio que los ideólogos del segundo mandato para Macri especulan, con el libreto de Durán Barba, con que mejor sería enfrentarlo a CFK para polarizar y captar el voto de aquel sector social que no la quiere ver otra vez en la Casa Rosada. Allí aparecen incluso los socios y operadores de Cristina, como Felipe Solá entre los primeros y Alberto Fernández entre los últimos, que apuestan a un cristinismo sin Cristina.

Son los eternos y hambrientos comensales que no entienden que para hacer una tortilla hay que romper los huevos. No hay otro modo. No se puede salir de semejante crisis en que hundió al país el macrismo sin una polarización con la derecha y gritándole fuerte cuántos pares son tres botas.

Para salir de la profunda crisis de endeudamiento, pobreza, recesión y alta inflación, tan alta como el dólar, la corrupción y espionaje que revela la causa Stornelli, hace falta un liderazgo político que hable y actúe sin medias tintas.

Se necesita un presidente o presidenta dispuesta a formar un gobierno de unidad nacional antifondomonetarista y antimonopolios, de recuperación de los niveles de ingreso y ocupación, con estatización del sector bancario y energético, un replanteo a fondo de una ley de medios audiovisuales y digitales, apertura del debate de una nueva Constitución, etc. Esa Argentina debe regresar a las mejores tradiciones latinoamericanistas y malvineras en política exterior, opuestas por el vértice a la macri-bolsonarización afín a Donald Trump y el imperio de la OTAN.

¿Será Cristina esa candidata que imaginan tantos argentinos? Ojalá. Por ahora no lo es, sumida como está en un atronador silencio. Esta hora política-electoral reclama definiciones y hablar alto y claro.