Si no estás en la tevé, no existís

SEÑOR DIRECTOR:
He mencionado que los que estudian el tema de la comunicación han salido de sus reductos (el aula o el lugar de sus investigaciones) y están difundiendo algunos secretos del mensaje.
Digo secreto en un sentido limitado, porque el trabajo de quienes analizan los signos y los lenguajes es conocido por lo menos desde los tiempos de Charles Sanders Peirce o Ferdinand de Saussure. Sucede que la comunicación ha emergido, desde ellos, hasta un nivel estelar y que, al serle reconocida su importancia en las relaciones humanas y en la sociedad, se ha creído necesario analizar los mensajes para depurarlos o para crear una ética de la comunicación que vete el engaño deliberado y detecte las anomalías inintencionales.
Días atrás leía un artículo de María Laura Pardo (titular en Análisis de los lenguajes en los medios de comunicación, Filosofía y Letras -UBA) y me confirmaba en una observación que he expresado en estas columnas: la novedad de la presencia del “pobre” en los medios masivos. Pardo pone esa novedad en su contexto. Dice que hasta hace pocos años era raro el pobre que aparecía en la pantalla de televisión, pero que hoy abundan los programas en que los pobres cuentan sus historias de vida. Explica que éste es un fenómeno propio de la posmodernidad y que “la pobreza se ha convertido en un objeto estético, al igual que el terror”. Esto se debe, añade, a que en nuestros días la vida no tiene más sentido que el presente. Cuando el hombre llega a una situación en que sólo lo efímero interesa, donde la pavada no tiene interés si no se hace en público (blogs y fotoblogs), se produce una estetización, no en el sentido de producir algo bello, sino en el objetivar algo que colocamos afuera y lo podemos observar. Por eso -añade- hoy es estético que los extranjeros puedan hacer un tour de pobreza, es ‘cool’ ver cómo las personas viven en la miseria.
Todos lo hemos visto. El pobre tiene cámara para contar sus padecimientos: la falta de agua, de cloacas, de techo. En mi caso, había observado cómo estos pobres han estado mejorando rápidamente su discurso. Creo que, en parte, se debe a que son mandados adelante los que mejor hablan (de los problemas del barrio, por ejemplo), pero también a que todos ellos están atentos a las cámaras y van aprendiendo el discurso para cuando se les dé la oportunidad de pronunciarlo. La profesora Pardo decía también, en esa nota, que los medios de comunicación representan a los pobres con un discurso que, a través de estrategias, de jerarquías y de presentación de la noticia, los asocia al delito y a la violencia. Los delitos que son realizados por gente que no es pobre, tienen otro tratamiento y más bien tienden a derivar hacia formas complejas, que tienen otra valorización en el imaginario social. Quienes leen regularmente la información sobre hechos delictivos, tienden a pensar que el delito es un subproducto de la pobreza y que es, más bien, un accidente de la riqueza. El pobre es chorro por definición.
Lo que creo importante es que el lector aprenda a leer de una manera que le permita reconstruir mentalmente el hecho que ha dado lugar a la noticia. Este es el cometido del mensaje: comunicar esos polos de lo fáctico, de lo que sucede, y de lo humano (a quien interesa y afecta conocer lo que ha ocurrido tal como ocurrió, sin deformaciones culturales que lo induzcan a entenderlo en un contexto fabricado). Es difícil que el comunicador pueda sustraerse a su ambiente cultural y a la posición que toman los valores según el lugar y la posición en la sociedad, pero también sucede que la comunicación puede estar amañada de modo de orientar las sospechas hacia ciertos sectores o individuos y alejarla de otros sectores o individuos. Leer es un trabajo arduo y esto hace que muchas personas tiendan a ubicarse como receptores pasivos, dejando sin tarea a su memoria, su imaginación, su aptitud de razonar y de sacar conclusiones.
Atentamente:
JOTAVE