Si todos somos Charlie y seguimos diferentes

Señor Director:
El domingo, en París, la movilización humana por el atentado contra una revista de humor fue un hecho diferente y algunos no vacilan en considerarlo histórico atendiendo a su magnitud.
Estimo que en este caso la medida, el número, asumió una significación protagónica. Que tantos millones de personas hayan sentido la necesidad de estar ahí (en París y en otras ciudades del mundo), integrándose, desdibujando su condición de individuos para acentuar los rasgos y el reconocimiento de una pertenencia a un modo de aceptarse fundiéndose en la multitud para expresar un ser multitudinario, hace que la cantidad se identifique con la calidad y que lo emocional se ordene con la racionalidad.
Lo primero a tener en cuenta es que no fue una manifestación contra algo opuesto o a favor de algo contra un algo diferente. Fue, principalmente, una manifestación sin contrarios. Para entenderlo hay que recordar que Francia, desde la Edad Moderna, representa para el mundo algo a la vez singular y señero, que quedó expresado con las palabras libertad, igualdad y fraternidad. En el atentado se entendió que ha sido agredido el principio de libertad (de expresarse, de opinar, de dar cuenta de diversidad). Los integristas (islámicos esta vez) quisieron sancionar la diversidad y la respuesta que llegó desde otros integristas fue inicialmente el pedido de restablecer la pena de muerte. Los integrismos son siempre totalitarios y simétricos cuando se oponen entre sí. La respuesta que constituyó la atmósfera de esa movilización fue ajena a una idea de venganza. Fue una afirmación de la sustancia espiritual que el mundo ha visto representada y liderada por Francia. El mundo, al menos el mundo occidental, ha idealizado una Francia y esa idealización es la que se sobrepuso a los raptos pasionales y acalló las voces que hablaban de venganza. Al sentirse herida en lo que constituye su representatividad histórica, Francia respondió masivamente con la reafirmación de esos valores. Y puede creerse que los franceses de hoy se reencontraron con el designio que esa colectividad ha elaborado históricamente.
No todos los que participaron de esa especie de procesión cívica representaban lo mismo, como han hecho notar algunos cronistas. También es conjeturable que el proceso político tome ahora rumbos contrarios a esa tradición. El gobierno del socialdemócrata Hollande ha quedado momentáneamente fortalecido porque supo captar el sentido profundo del desafío que afronta su nación, pero eso no quita que siga condicionado por la política dominante en la Unión Europea.
La pancarta dominante dice que Todos somos Charlie. Fue la mejor opción. Charlie expresaba la diversidad. Su humor estuvo regido por un sentido político y también un sentido para expresarse por la imagen, no necesariamente compartidos por todos los manifestantes. Lo que muchos no terminan de entender es que lo que llamamos diversidad es una suerte de precondición: somos diversos los seres humanos y toda propuesta que quiera uniformarnos con la engañosa promesa de una unión solamente puede significar la abolición de opciones, la imposición de la idea única. Por lo tanto es totalitaria y de hecho produce la abolición de la libertad. El tema es mantener la diversidad (el derecho a ser distintos o sea libres) y convivir en paz, ya no solo dentro de un país sino, ahora más que nunca por la globalización, con la entera humanidad. Eso es lo que expresaba el Todos somos Charlie. Todos queremos tener la libertad que ejercitaba Charlie para decir, representar y proponer. Mao, cuando intentó abrir el proceso chino, lo que suponía reconocer y acatar la diversidad, lo dijo poéticamente: “Que florezcan mil flores”.
El acontecer nos irá revelando si hemos dado un paso adelante o si solamente, en el dolor ante el hecho criminal, hemos podido rescatar un momento de lucidez.
Atentamente:
JOTAVE