Sigue la apuesta a solución final

La noticia no ha tenido gran acogida en los medios, pero da cuenta de hecho para meditar.
Lo que se informa es que un tribunal internacional de las Naciones Unidas (ONU) terminó su tarea en el proceso por el caso Uganda, de 1994. El coronel ugandés Theonese Bagosora y sus dos principales lugartenientes, fueron condenados a reclusión perpetua.
Bagosora se había instalado en el poder en Ruanda, en 1994, en un rápido movimiento de los fanáticos racistas concertado para evitar que se concretara un gobierno de integración entre los tutsis y los hutus, las dos etnias predominantes en aquel país. Los tutsis son principalmente agricultores; los hutus, ganaderos. Bagosora fue hallado culpable de haber organizado y ordenado la ejecución del programa de eliminación de los tutsis. En cien días de terror inenarrable, fuerzas especialmente entrenadas mataron a más de ochocientos mil tutsis y, puestas en la tarea, también eliminaron a cientos de hutus que se opusieron a ese genocidio. Los mataron a machetazos.
Bagosora, como tantas veces en la historia, entendió que los tutsis eran el nudo gordiano a cortar con la espada. La “solución final” consiste en aniquilar a todos los miembros de una etnia o a quienes comparten determinada religión o cierta ideología. Dado que son ‘el mal’ (denominación ésta que revela el origen religioso de esta conducta) su eliminación asegura la vigencia perdurable del bien.. Bagosora no entró en estas explicaciones, por tratarse de cosa bien sabida. Tampoco expresó arrepentimiento y puede creerse que piensa que fue soldado de una causa trascendente y de sustancial justicia y que hizo lo que debía.
La captura de Bagosora en 1999, por las fuerzas de la ONU, no significó la paz ni la seguridad para Uganda ni para el Congo ni para Urundi ni para África en general. En la frontera de Uganda y Congo han proseguido las matanzas. Desde los Cien Días de Bagosora, en 1994, se han computado cinco millones de muertes en la región. Este año no menos de trescientas mil personas han perdido sus hogares por las acciones bélicas de algunos grupos. Los cascos azules de las Naciones Unidas estaban en el lugar en 1994, pero nada pudieron hacer.
Hube de deliberar conmigo mismo antes de incluir este tema en mis notas a publicar en los días de fin de año, tan propicios para pensar en la paz, la fraternidad, la conciliación, los consensos. Sin haber llegado a una conclusión acerca de esta situación dilemática, me encontré dando forma a esta columna. Y seguí, porque me digo que está bien cantar los villancicos, imaginar un Santa Claus o Papá Noel capaz de hacer justicia total en la distribución de juguetes, sin excluir a niño alguno, pero que no por eso está mal mostrar un estado de cosas contrastante. Debe ser porque creo que la manera de procurar la paz y la convivencia y la justicia entre iguales, es tener presente la naturaleza y fuerza de las dificultades por vencer. Supongo que no todos los lectores de esta columna sabían de Bagosora y sus Cien Días ni están al tanto, con detalle, de los ensayos de “solución final” que se superponen y se suceden en el mundo. No son cosas de un ayer remoto. Son de todos los tiempos del hombre. No marcan un límite que hayamos dejado definitivamente atrás y todo induce a pensar que están esperándonos por delante, al menos como tentación y como prueba. Los hutus procedieron de la misma forma que lo hacían los incas cuando avanzaban sobre tierras ocupadas por otras culturas. Lo que los araucanos cuando se encontraron con los tehuelches. Lo que Roca cuando avanzó sobre “el desierto”. Lo que los bandeirantes cuando fueron sobre las reducciones guaraníticas. Lo del capital atado a la ganancia. Lo de Bush por el petróleo iraquí.
Los balances de fin de año no tienen por qué ser complacientes. Bagosora es un hombre en una situación que, con variantes externas, se ha repetido y antes y después de Uganda.
Atentamente:
JOTAVE