Sin carreras de galgos no faltan las preguntas

Señor Director:
La ley que prohíbe las carreras de galgos y toda raza de perros tuvo su aprobación final en Diputados: 132 votos a favor contra 17. Se castiga con hasta cuatro años de cárcel y hasta 80 mil pesos de multa a quien realice, promueva u organice carreras. El artículo que impone penas de prisión de 1 a 4 años fue el más resistido: 77 a 74 votos.
En la calle dos grupos abogaban en pro o en contra de la ley. Las asociaciones en defensa de los animales a favor, los vinculados con la cría de galgos y las carreras, en contra. Una fila de policías los separaba
No obstante estar alineado con los que pedían la prohibición, la pregunta que se configuró en mi mente fue si se prohibirá también las carreras de caballos. Al analizar el motivo de este interrogante, que me ponía en conflicto conmigo mismo, me dije que tanto perros como caballos se ven forzados a hacer algo que naturalmente no está en su programa. Salvo, me dije, que se acepte que los irracionales fueron “creados” para estar condicionados a los intereses de los racionales.
Al parecer, los perros se fueron arrimando al hombre, al principio atraídos por su comida, luego porque les resultó conveniente asociarse de manera permanente y porque se sintieron mejor que en la selva. De los caballos se sabe que resisten el sometimiento, aunque sean la cría de una especie que tiene una larga relación con el hombre. Cada caballo debe ser domado para que resulte útil. Se los doma montándolos “de prepo”, para afrontar sus artimañas para sacarse eso de encima, o se los amansa con métodos incruentos que terminan “convenciéndolos”. Lo cierto es que su primera actitud es de resistencia. En tal caso, un imperativo de justicia debería haber obligado al hombre a liberar el caballo antes que al perro de sus varios sometimientos, entre los cuales el de las carreras es uno de tantos.
Ahora, cuando se ven perros por todos lados, casi no se ven caballos, ni en las urbes ni en el medio rural. Casi han dejado de ser utilizados para el trabajo, ya de trasladar a personas sobre su lomo, ya la de hacer tracción sobre implementos de labores rurales. En cambio, sobreviven los que se han especializado en correr y en adaptarse a los movimientos que exigen ciertos juegos, como el polo. Dado que los caballos “sobrantes” tienen un destino de matadero y frigorífico, a semejanza de los demás animales sacrificados para consumir su carne (cosa que no sucede con el perro, aunque sí con el gato), la cría con este destino final tiene poca presencia.
De las carreras de galgos o de perros de cualquier raza o variedad creada por la ciencia, se dijo en Diputados que lo más reprobable es que son motivo para el cruce de apuestas y que este juego se halla fuera de control y sirve para enriquecer a unos pocos a costa de muchos. En el caso de los caballos de carrera, el incentivo de las mayorías aparentes son las apuestas, pero en este caso se trata de un juego controlado y legal. Y algo queda para la comunidad, aparte de que se contribuye a que la raza equina, tan metida en las tradiciones, no desaparezca. Hay toda una literatura al respecto, como también la hay con el protagonismo de los perros. Algunos relatos hacen que muchos no puedan contener sus lágrimas.
Hay un cuento de Benito Lynch, en De los campos porteños, donde el protagonismo es el de unos chivos, cuyos ejemplares más jóvenes generan ternura. Así, en ese relato, se cuenta del cariño de los hijos de un campesino y de los llantos con que reciben la noticia de que algunos de esos chivitos serán utilizados en un asado. En la escena final, los mismos chicos comen gustosos el asado y hasta se chupan los dedos.
Con los juegos de cualquier tipo se asiste a la misma incongruencia. Los hay legales e ilegales. Los primeros tienen el beneplácito de la ley porque, si bien enriquecen a unos pocos, rinden su tributo a la sociedad por aportes al Estado.
No he contado nada nuevo, pero, al menos, no está prohibido pensarlo.
Atentamente:
Jotavé

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