Sin palabras

Ningún gobierno llegó tan lejos en el uso sistemático de la mentira política como el macrismo. Ahora lo acabamos de corroborar los pampeanos en la reciente visita del ministro de Transportes de la Nación. En pleno rostro de los periodistas que lo entrevistaban y sin ruborizarse el alto funcionario negó que el gobierno nacional haya suspendido los subsidios al transporte público de pasajeros. Más todavía, le echó la culpa a las provincias de esa decisión y, en el colmo de la impostura, se permitió decir que hablaba en nombre del federalismo.
Este abuso de la mentira como arma política despierta el rechazo de un amplio sector de la población que, con todo derecho, se siente estafado en su buena fe. Porque observa que se rompe el contrato de la comunicación que establece que, si se quiere alcanzar un mínimo de entendimiento, debe haber entre las partes un compromiso con la buena fe. Y no es que el ciudadano desconozca que en el juego de la política se toleran ciertas dosis de mentira, sino que este gobierno nacional transgredió todos los límites en cuanto a su uso.
Una cosa es que un gobernante exagere sus realizaciones y ponga en su haber logros que no le corresponden. O que, en sentido contrario, minimice sus yerros culpando a sus adversarios de sus propios errores. Hay ejemplos a montones en la vida política de la provincia y el país. Pero hay límites para esas argucias o “avivadas”.
Lo que ha venido a hacer el macrismo es romper con esos límites al instalar el uso de la mentira como su principal estrategia comunicacional. Del Presidente para abajo, todos los integrantes del gobierno nacional, han usado y abusado de la mentira a extremos nunca antes vistos llegando a quebrar toda capacidad de asombro. La alianza con los medios de comunicación más poderosos ha resultado crucial para poder expandir impunemente el despliegue del engaño. Son tantos los ejemplos que no alcanzaría esta columna para mencionarlos a todos.
Lo que consterna es que existe una porción nada despreciable de la sociedad que no rechaza esta forma de estafa política. Que no parece inmutarse y la acepta pasivamente. “Mentime que me gusta”, suele decir un conocido periodista para referirse a este fenómeno. Cierto que, como se dijo, los grandes medios aportan músculo a esta estrategia que tiene claras raíces goebbelianas. Recordemos que el responsable de la propaganda nazi decía que “una mentira repetida mil veces se convierte en verdad”.
Ahora bien, nunca antes los argentinos se habían encontrado con una fuerza política que apelara en forma tan desembozada al uso del embuste. Desde luego, hay que decir, en defensa de los que se “comen” tantas falacias sin reaccionar, que no son improvisados ni proceden sin método. Al contrario. Un ejército de expertos en marketing, asesores de imagen, consultores, especialistas en psicología de masas, comunicadores, etc. está al servicio de esta estrategia. El ecuatoriano Jaime Durán Barba es solo el más conocido, y cotizado, de todos ellos.
La recorrida del ministro se realizó a espaldas del periodismo salvo un fugaz contacto en el aeropuerto al momento de partir en donde prefirió hablar de la “revolución de los aviones” antes que de las rutas destrozadas, un problema mucho más acuciante para los pampeanos. Más de lo mismo.