Sobran motivos para producir una matanza

Señor Director:
Si se está atento al acontecer se puede llegar a pensar que es mejor no asomar la cabeza, aunque el vivir escondido es una posibilidad para gente de recursos.
Si bien es verdad que los medios de prensa acogen preferentemente las noticias de sucesos no rutinarios (lo corriente no es noticia), cabe preguntarse si la frecuencia de los casos de asesinatos masivos, sea por acción de terroristas o de sujetos desequilibrados, puede estar dando cuenta de un fenómeno singular, como si algo se hubiese roto en el entramado de la sociedad humana. Sea porque las guerras actuales no tienen un escenario más o menos circunscripto sino que se reproducen en cualquier lugar y momento, sea porque estamos viviendo el momento crítico de un proceso de cambio cultural profundo, lo cierto es que se trae hasta nuestra vecindad, cualquiera sea nuestra instalación, la demostración de que matar al prójimo tiene un no sé qué de atracción que habría estado ahí siempre pero que ahora se habría tornado incontenible.
Si bien el acto terrorista ha pasado a ser un aspecto inseparable de la guerra actual, el caso del japonés que ingresó en la noche a un alojamiento de personas discapacitadas y tuvo tiempo de acuchillar y matar a diecinueve de ellas antes de entregarse a la policía, diciendo que es conveniente eliminar a todo discapacitado, guarda cierto paralelismo con los femicidios que se multiplican, seguidos o no por el suicidio del criminal. No resulta excesivo ni obsesivo, creo, preguntarse qué se ha roto o se está rompiendo o ha perdido eficacia para constituir la sociedad humana. Por qué hay tanto individuo que ante un fracaso de su vida de pareja no opta por cambiar de aires y salir en busca de una nueva oportunidad, sino que cede ante el impulso asesino, como si el otro, el prójimo, fuese portador del mal absoluto, como en otro tiempo se decía de las “brujas”, a las que “no había otra” que achicharrarlas en la hoguera o dejarlas oscilando con una soga al cuello y con la presencia de una multitud que aprobaba la acción.
Suele decirse que alguien “muestra la hilacha” (la hilacha como sinónimo de índole o naturaleza, como mostración de lo que se prefiere ocultar, pero que está ahí y que siempre ha estado ahí) cuando realiza un acto que cuestiona o niega todo el empeño por hacer del hombre un ser moral, por demostrar que se es bueno y que la maldad nos es impuesta desde afuera por un espíritu maligno. Al mostrar la hilacha vendríamos a reconocer que esa cosa oscura no está afuera, sino adentro, y si aparece con demasiada frecuencia es porque algo se está rompiendo o está roto en el tejido de contención que constituye lo que llamamos civilización y cultura, lo que hemos querido ser cuando nos asumimos como entes libres de comportamiento previsible.

Sangre.
El caso del cazador de liebres muerto por bala policial en un camino rural de La Pampa, ha sido ampliamente informado y comentado por nuestro diario.
Nada habría que agregar, a la espera de que sea la justicia la que complete su tarea y se pronuncie. Que no será tarea fácil. Lo que este suceso trae a mi memoria es la frase que dice que “la letra con sangre entra”, atribuida a quienes ejercieron la tarea de maestro en un tiempo ajeno a la pedagogía, llamado de “oscurantismo”. Que nunca ha estado confinado a etapas de siglos atrás, pues maestros amantes de la violencia se han estado repitiendo y se repiten, aunque se los visualiza ahora como seres no aptos para la función. La pedagogía ya no cree en el camino de la sangre para adentrar un conocimiento o corregir una costumbre. Ni siquiera presume ya que el saber se introduce en cabeza ajena desde afuera, pues ha entendido que todo saber ha salido de la mente humana y que de lo que se trata es de solicitarle al individuo que abra la suya libremente, por gusto y decisión propios. Porque la libertad se construye desde la libertad.
Jotavé