Solo falta el saludo de quienes han de morir

Señor Director:
En días recientes se han producido nuevos casos de los llamados de “justicia por mano propia”.
Los más recientes se relacionan con intentos de robo: la víctima por disponer de un arma se convierte en victimario. En Zárate un carnicero fue asaltado y robado, luego de lo cual los delincuentes huyeron en moto. El carnicero los persiguió con su camioneta, los alcanzó y los embistió, estrellando la moto contra una columna. Uno de los que huían quedó en el suelo malherido (moriría poco después) y el otro logró huir. Entre los vecinos que se agolparon en el sitio, algunos pisaron y patearon al caído.
En San Martín un remisero ultimó al ladrón que quería quitarle el vehículo, luego de desarmarlo.
Éstos y otros episodios recientes motivan comentarios diferentes, pues las opiniones se dividen entre los que se hacen solidarios con el homicida y los que creen que excedió los límites de la legítima defensa
El punto de controversia (si el homicida tiene o no justificación) hace que el comentarista deba tomar posición para dar una opinión fundada. En mi caso, sé que cuando se es víctima de robo se produce un estado emocional que los jueces deberán tomar en cuenta para decidir si se excedió o no y en qué medida, la legítima defensa.
Aparte de este problema, tomo en cuenta que parece acrecentarse el número de casos. Y me pregunto si hay alguna relación con otro fenómeno actual, el terrorismo, que incluye con frecuencia la pérdida voluntaria de la vida por parte de quien comete el acto o que, como en los casos que son frecuentes en Estados Unidos, pero no solamente ahí, aparece uno o más individuos armados que comienzan a disparar contra alumnos de una escuela o universidad o frecuentadores de lugares de diversión, luego de lo cual suelen suicidarse. El conjunto de estos hechos puede avisar que algo ha cambiado o está cambiando en la sociedad, en todos los países de los que hay noticia. Los mismos terroristas vinculados con organizaciones ideológicas o religiosas ahora aceptan ser víctimas de su propio acto y se convierten en hombres (o mujeres y hasta niños) bomba. En la suma de estos casos, la vida propia parece perder su antigua significación y la vida ajena se presenta como algo de lo cual se puede disponer a voluntad.
En un análisis del fenómeno actual de terrorismo, la psicoanalista argentina Nora Merlin (de la UBA y autora del libro Populismo y psicoanálisis) sostiene que los actuales fenómenos de terrorismo constituyen una nueva modalidad de la “pulsión de muerte”, en la que cualquiera puede constituirse en blanco o en suicida. Sostiene la tesis de que también “los actos terroristas están ligados a la época en que se producen”. Propone llamar biomercado a esta situación, que da como comenzada a fines de la década de l980. Lo característico del biomercado de nuestra época se debe, en su opinión, a que el mercado ha tomado un comando absoluto sobre los cuerpos y somete a la subjetividad (la de cada persona), dejándola sin protección ante una pulsión de muerte. Observa que el mercado decide y administra el modelo de vida y de muerte de la población, quiénes y cómo han de vivir o morir y tiene resuelto que una parte de la población no tiene lugar, “no entra”. El mercado (por predominio del capital financiero) abarca todas las expresiones de la cultura, se apropia de los Estados, se disfraza de ley y en lugar de regular el consumo lo exige cada vez más.
O sea, que Merlin estima que en el notorio predominio del mercado en esta era del poder financiero, éste no solamente decide sobre distribución de la riqueza, sino también domina los cuerpos y condiciona la mente de todas las personas.
Dejo esa idea, al tiempo que puedo decir que al leer sobre todo este problema me ha venido a la mente una frase que, según Suetonio, decían los que iban a lidiar en el circo romano: “Ave, Caesar, morituri te salutant” (Salve, César, los que van a morir te saludan).
Atentamente:
Jotavé

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