Sonrisas como condición para ser buen candidato

Señor Director:
Más de un lector debe haberse detenido a observar la foto de ciertos candidatos a las próximas elecciones (en agosto y octubre), todos ellos con una sonrisa que se diría impostada. Cualquier foto de gente en campaña preelectoral. Por caso, la que estaba en la página cuatro de nuestra edición del pasado sábado.
Lo cierto es que cada vez se hace más difícil dar con una foto con el gesto grave de candidatos o pretendientes de no tan solo cargos públicos.
Ahora hasta en los comercios el que entra es recibido con un aviso: “Sonría, lo estamos filmando”. Desde luego que en este caso no se pretende arrancar sonrisas a todo cliente, sino de hacerle saber que hay una cámara que está registrando sus movimientos porque el comerciante está preocupado por mecheras y mecheros, que parecen haber proliferado al mismo ritmo con que suben los precios. Tan impetuosa es esta suba que cada día son más los que escapan de nuestro alcance, por exceder nuestra capacidad de compra.
En el caso de los políticos la sonrisa no es de creer que intente acompasar la subida del dólar ni la de la desocupación o el cierre de comercios, sino que resulta de una sugerencia de los asesores de imagen, profesionales éstos cada día más solicitados. Sonreír, siempre sonreír. No precisamente por aquello de “al mal tiempo, buena cara”, dado que este dicho recoge algo de la actitud del estoico ante una existencia que sabe acotada pero, con todo, se propone un plan de vida edificante. Tal es, en efecto, la propuesta de los clásicos del estoicismo y del estoico de cualquier tiempo, pues siempre haberlos los hay. En el caso de quienes se proponen para un cargo público la sonrisa y las frases con las que repiten la promesa de alguna forma de felicidad universal, son producto de los asesores de imagen, los cuales advierten que todos los humanos o al menos una mayoría consistente, tiene puesta su esperanza en algo así como un golpe del destino y por eso son propensos a creer lo que les sugiere la sonrisa promisoria del candidato.
La propaganda se adelantó a la política en esto de convencer que toda felicidad es posible si se sabe escuchar el consejo y aceptar la oferta del oferente. O sea que la felicidad y la plenitud de las satisfacciones (más de esto que de felicidad real) están ahí, esperando que vayamos a buscarla, ya comprando determinada crema y no otra o eligiendo a tal candidato sonriente y no al que viene a recordarnos nuestras penurias.
Una consecuencia de esta convocatoria a la felicidad universal se ha instalado en las llamadas plataformas o conjunto de propuestas de una estructura política: ya casi no cabe hablar de partidos en nuestras latitudes, sino de armados para tal o cual ocasión. No tengo presente alguna argumentación que dé cuenta de la causa de esta mutación, de este tránsito del partido a la estructura ad hoc. Puede ser que el partido que se prolonga en el tiempo elabore su imagen para transmitir la seriedad de la empresa y relate su historia como se hace en las historias nacionales, destacando al héroe y, del héroe, sus acciones reveladoras de una autoridad, una austeridad y un desinterés personal o de facción realmente estatuarios. No parece estar mal proponer tales modelos porque la historia científica del hombre revela que éste se distingue por la capacidad de proponerse a sí mismo modelos ideales y que justamente tenemos una historia en la medida en que podemos dar cuenta de cambios en el comportamiento, con el rasgo de que lo ideal siempre está adelante pero que nos incita.
La sonrisa impostada del candidato (de unos más que de otros, cierto) ha sido satirizada por los observadores críticos de la realidad, en especial por el caricaturista. Alguno de ellos, al dibujar el hombre detrás de su sonrisa, ha preguntado en el globito explicativo que acompaña a esa imagen: “y éste, ¿de qué se ríe?” O de quién se ríe. Aunque “el horno no esté para bollos”.
Atentamente:
Jotavé