Superman está entre nosotros

Hace exactamente 70 años, en 1938, la historieta inmortalizó a Superman, el héroe justiciero dotado de poderes físicos extraordinarios que volaba por el mundo combatiendo a los malvados que amenazaban a la sociedad. Décadas después la televisión y el cine tomaron al personaje y le dieron movimiento en las pantallas de todo el planeta.
Se desconoce si los autores de la tira se inspiraron en una figura de la vida real, un ciudadano dotado de condiciones extraordinarias y de una fortaleza espiritual sobrehumana para llevar hasta sus últimas consecuencias la lucha contra el delito. Lo que sí resulta evidente es la matriz norteamericana del personaje, su marca en el orillo, que responde a esa concepción entre mesiánica e ingenua -a la hora de mostrar dónde está el “bien” y el “mal”- que campea en la idiosincracia del pueblo y la dirigencia estadounidenses.
De no haber sido norteamericanos sino pampeanos los creadores de esa historieta, es muy probable que hubieran encontrado por estas tierras -exactamente en el Juzgado de Instrucción 3 de Santa Rosa- al modelo ejemplar para desarrollar a su héroe: un juez que debe atender no uno sino ¡seis! juzgados al mismo tiempo, sin quejarse por tan pesada responsabilidad cívica. Haciendo lo imposible por cumplir con esa ímproba tarea y apelando a su súper resistencia, este súper juez podría muy bien haber apasionado a miles -si no a millones- de lectores y televidentes quienes se hubieran maravillado con su despliegue hercúleo y su determinación inquebrantable para combatir a los malechores que acechan desde las sombras.
Pero la providencia quiso que el juez en cuestión tuviera la desdicha de nacer en una pequeña provincia de un remoto país sudamericano en donde la lucha contra el delito no tiene el glamour de las deslumbrantes historietas y series televisivas norteamericanas. Y esa mala estrella del juez lo es por partida doble, porque en estas latitudes no ha merecido el reconocimiento por su esforzada labor -que sí obtiene Superman por sus fantásticas incursiones contra el mal- sino el castigo de los incompetentes gobernantes que abusan de su férrea voluntad y abnegación para sobrecargarlo con tareas que, ni el más poderoso súper héroe de los cómics, podría cumplir aceptable eficacia.
Por suerte en estas tierras pampas no abundan los súper villanos, los malvados dotados de poderes e inteligencia sin par pues entonces sí nuestro súper juez se las vería en figurillas para salvar a la sociedad de sus incursiones.
Lo que, seguramente, los habitantes de esta pequeña y subdesarrollada Metrópolis aguardan es que nuestros súper gobernantes y súper diputados no sigan abandonando al súper juez en su denodada lucha contra la delincuencia. Todos cobran súper sueldos -en blanco y en negro bajo la forma de gastos súper reservados- como para que se espere de ellos también la misma preocupación, diligencia y compromiso que hoy le han cargado sobre sus espaldas a nuestro admirable súper juez.
Al fin y al cabo lo que todos quieren es que haya una justicia eficiente, rápida, imparcial e independiente del poder político. ¿O no?